El uruguayo es un bicho raro. Nos creemos moralmente superiores a la media porque tenemos una cultura democrática y una clase política que –al menos en apariencia-, mantiene elevados estándares dialoguistas y baja percepción de corrupción, siempre que la medición se lleve al barrio circundante.
Valoramos la honestidad como una obligación sine qua non para quienes dedican su vida al servicio público.
Sin embargo, muchas veces cuando suceden desvíos de la conducta esperada de nuestros líderes, los hechos suelen ser matizados o exacerbados según quien sea el involucrado, si es de nuestro agrado o no; si compartimos postura filosófica, política, o pertenencia a sectores con los cuáles nos sentimos representados.
Un episodio que ayuda a desnudar esa dualidad de criterio es el que protagonizó el gerente del Áreas de Estadística y Criminología Aplicada del Ministerio del Interior, Diego Sanjurjo.
En ocasión de la presentación de las cifras de denuncias de delitos del primer semestre de 2026, Sanjurjo realizó, entrevistado por Todo un Tema de El Observador, una serie de reflexiones sin la corrección política rayana con la hipocresía y la tibieza que campea en nuestra clase política cuando se habla de temas sensibles para la ciudadanía y no solo se trata de atacar al contrario.
Sanjurjo fue enfático en demostrar que la evidencia alrededor del mundo indica que solo con medidas represivas no se mejora la seguridad, y que la única política efectiva es la que busca rehabilitar a los delincuentes desde las cárceles. Y eso, necesariamente, implica destinar presupuesto no solo a policías y armas en las calles, sino a educar y dotar de herramientas a los que delinquen para que no egresen de la reclusión con un posgrado en crimen y sin más posibilidad que ejercerlo.
Pero lo que realmente molestó a la progresía bien pensante fue la forma en que se expresó, soslayando el fondo del asunto: “No es por empatía, no es porque a mí me interesen particularmente los derechos humanos de los que están presos, en lo más mínimo. O sea, a mí, la verdad, no me cae bien la enorme mayoría de las personas que están presas y en ningún momento sufro por ellas. Pero es que si no logramos esas personas consigan un trabajo, van a seguir delinquiendo, es que no hay otra”.
Sanjurjo dijo lo que piensa, sin matices, sin mensajes edulcorados, sin eufemismos, sin corrección política. Fue fiel a la honestidad intelectual que la ciudadanía reclama a quienes ejercen cargos de gestión política.
Y, cómo era de esperarse, hicieron fila para pegarle.
Juega en contra de Sanjurjo su trayectoria en el mundo político, que lo muestra como una rara avis en el gobierno actual.
Es prácticamente el único caso de cargo político –aunque con función técnica- que sobrevivió al cambio de signo político de gobierno. Siendo integrante del Partido Colorado, permaneció con rol de asesor del ministro del Interior en la actual conducción del Frente Amplio.
Eso, evidentemente, le ganó críticas en su propia fuerza política y reparos en el partido de gobierno.
Pero sus credenciales académicas lo convierten en un activo tan escaso como valioso para cualquier administración que pretenda tratar con seriedad la seguridad pública. No son muchos los doctores en criminología uruguayos, son menos los que actualmente elijen quedarse en el país, y -quizás único caso-, que con su nivel de formación y habiendo vivido prácticamente toda su vida en el exterior, hayan decidido volver y aportar su experiencia para atacar el principal problema de Uruguay según la percepción ciudadana.
A Sanjurjo le criticaron su “falta de empatía” con la población carcelaria que, en muchos casos, son víctimas de condiciones sociales y falta de oportunidades que los llevan a situaciones límites.
Pero, al mismo tiempo, con sus dichos empatizó con buena parte de la sociedad que se siente rehén de una situación de seguridad que no para de empeorar, y que, seguro, no marcharía en primera fila por los Derechos Humanos de los privados de libertad cuando ve los suyos pisoteados por la delincuencia todos los días.
Pero por si no había quedado claro, Sanjurjo se encargó de dejarlo cristalino en un largo posteo en el que se explayó sobre su postura:
Si lo piensa, está bien que lo diga. Por eso, más allá de las formas, deberíamos agradecer que alguien desde el sistema político se anime a afrontar el problema sin rodeos dialécticos y discursivos. El resto, es hojarasca.