El papa León XIV está en Uruguay. La trascendencia de su llegada va mucho más allá del significado que tiene para los católicos para quienes tendrá, y me incluyo, un peso espiritual incomparable. En el año y medio que lleva al frente de la Santa Sede, sus prioridades quedaron a la vista de todos: una opción preferencial por los pobres, una defensa frontal del humanismo y la paz, pero también una firmeza sin titubeos a la hora de marcar posturas incómodas.
Esta visita histórica, me sirve de excusa para, en esta entrega de EnClave, poner la lupa sobre un rasgo tan identitario como tironeado en Uruguay: esa laicidad tan particular que arrastramos desde nuestros orígenes y la forma en que el sistema político actual se posiciona frente al fenómeno religioso.
Laicidad vs laicismo
Uruguay construyó un modelo propio de laicidad, con múltiples aristas y matices. Como suele recordar el sociólogo Néstor Da Costa, especialista de referencia en la materia, el camino secularizador uruguayo tuvo singularidades que lo apartaron drásticamente del resto de América del Sur.
Nuestra "laicidad a la uruguaya" se forjó sobre una premisa tajante: desterrar cualquier vestigio religioso de la esfera pública. Por eso mismo los símbolos confesionales en espacios estatales son una rareza y, cada vez que alguien intenta colocar uno, se sacude el avispero político y social.
Para palpar la línea delgada —y a menudo conflictiva— entre laicidad (apertura, neutralidad y libertad) y laicismo (persecución o expulsión de lo religioso), te traigo algunos ejemplos:
- En junio de 2014, alumnos de dos colegios de la congregación de los Hermanos Maristas hicieron el tradicional y obligatorio juramento de fidelidad a la bandera civil dentro de la Catedral de Montevideo, como lo hicieron luego con referentes del judaísmo y del islam. La respuesta no tardó en llegar: la Masonería del Uruguay encabezó duras quejas y reclamos formales ante las autoridades educativas.
- En agosto de 2016, llovieron pedidos de renuncia sobre la entonces presidenta del CEIP, Irupé Buzzetti, luego de que autorizó al entonces obispo de Canelones, Alberto Sanguinetti, a visitar escuelas públicas con el fin de poner infraestructura de la Iglesia (como polideportivos) a disposición de niños de contextos vulnerables. Se denunció, sin atenuantes, una «persistente política invasiva e intento de colonización de la Iglesia católica al Estado».
- En 2020, el Ministerio de Salud Pública recibió una denuncia porque en la unidad de Cuidados Paliativos del Hospital de Young (ASSE) se había colocado una estatuilla de Santa Teresa de Jesús. La imagen había sido donada por la madre de una paciente y tiempo después la madre de un niño pidió que la colocaran a la vista para rezar por su hijo.
- En 2021, el entonces presidente de ASSE, Leonardo Cipriani, colgó un crucifijo en la pared de su oficina en el Edificio Libertad. Ante un pedido de informes del diputado frenteamplista Enzo Malán, el organismo admitió la presencia del elemento religioso pero argumentó que un despacho jerárquico no califica como «espacio público». La polémica escaló rápido e incluso legisladores del Partido Colorado salieron al cruce cuestionando una presunta lesión a la laicidad.
La palabra «laico» proviene del griego laikós, que remite al pueblo llano. En sus inicios designaba a los fieles cristianos por oposición a los jerarcas eclesiásticos (presbíteros, diáconos u obispos). Sin embargo, tal como explica el investigador Roberto Blancarte, hacia el siglo XIX la noción mutó hasta convertirse en el antónimo directo del clericalismo.
Nuestra separación de la Iglesia y el Estado corre por carriles muy distintos a los del resto del planeta. En Estados Unidos, por citar un caso emblemático, la frontera institucional está consagrada en la Constitución pero convive con una cultura cívica que celebra y exhibe la fe en sus ceremonias de gobierno.
En Uruguay, en cambio, los datos dibujan una sociedad atípica, la más secularizada de América Latina donde los católicos somos cada vez menos. De acuerdo con los datos de Latinobarómetro, de los que informó Tomer Urwicz en esta nota, menos de la mitad de los uruguayos se declara formalmente religioso institucionalizado, pero la gran mayoría reconoce algún tipo de espiritualidad personal. Casi el 50% de la población asegura que la religión tiene escasa o nula relevancia en su día a día, aunque el núcleo duro de quienes le dan importancia cero ha dejado de crecer.
Asimismo,el 52,5% de los orientales considera que la dimensión religiosa es «muy» o «algo» importante mientras que en Argentina esa cifra trepa al 63,5% y en Perú al 86,3%. A su vez, solo uno de cada diez uruguayos se define como católico practicante.
Se trata del fenómeno que Da Costa resumió como: "Creer sin pertenecer", dijo este viernes en Desayunos Informales. En la misma línea, el filósofo Miguel Pastorino apuntaba en La Diaria que asistimos a la consolidación de creyentes sin dogmas, volcados a una "espiritualidad a la carta" que no migra hacia otros cultos sino que camina a su propio ritmo, marcando la tasa más alta de desafiliación institucional de todo el continente.
Esa tensión no pasa desapercibida fronteras afuera. Un informe global de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada advertía que en Uruguay suele confundirse "profesar la fe con hacer proselitismo", al punto de desatar tormentas políticas si un legislador transparenta sus convicciones religiosas o si se propone un hito conmemorativo en la vía pública.
La explicación reside en la matriz histórica. La secularización local bebió directamente del jacobinismo francés más inflexible. Como subraya Gerardo Caetano, el modelo descansó en dos pilares: la privatización de lo religioso —empujado al encierro de la esfera doméstica— y la edificación deliberada de una «religión civil laicizada» que sustituyó liturgias y pasó a formar parte del ADN nacional.
Un buen ejemplo de ello está en cómo surgió una invención uruguaya: la Semana de Turismo. El cardenal Daniel Sturla lo documentó al detalle en una tesis académica que luego publicó como libro (¿Santa o de Turismo? Calendario y Secularización en el Uruguay): en vísperas de la Pascua de 1919 reinaba el desconcierto respecto a qué sucedería con el asueto laboral de Semana Santa. El diputado colorado José Salgado promovió entonces una ley que fijó feriados desde el miércoles 16 al viernes 18 de abril bajo la premisa de garantizar el descanso del trabajador.
Ni siquiera esa salida de compromiso conformó al batllismo editorial de El Día, que reprochó la coincidencia de fechas con el jueves y viernes santo por considerar que delataba "un apego demasiado estrecho para no poderlo renunciar a la celebración de la leyenda cristiana".
Esa secularización del calendario, como decía Sturla, siguió con llamar día de los Niños al 6 de enero; día de las Playas al 8 de diciembre y día de la Familia a Navidad, aunque este último no prendió entre los uruguayos.
Política uruguaya y laicidad
El presidente Yamandú Orsi puso el tema sobre la mesa durante una entrevista en el podcast Casillero Vacío, al afirmar sin rodeos que Uruguay es un país "súper laico", pero que en el camino "se fue de mambo con la laicidad".
Orsi cuestionó que, en nombre de esa tradición radical, se haya subestimado históricamente la potencia de la espiritualidad como "tabla de salvación" en contextos de vulnerabilidad social extrema, abandono o adicciones. Fue un paso más allá al admitir que las comunidades religiosas —católicas o evangélicas— contienen el drama de la pasta base y la exclusión barrial con herramientas de contención que el propio Estado muchas veces no logra articular.
El planteo del mandatario apuntó al meollo: revisar cómo concebimos la neutralidad pública para no anular ni despreciar la labor comunitaria de las instituciones de fe.
Otras figuras clave de la política contemporánea rompieron en su momento con el corset laicista tradicional. En el recordado debate parlamentario de 1987 por la permanencia de la cruz erigida en Tres Cruces con motivo de la visita de Juan Pablo II, Jorge Batlle dio una cátedra de republicanismo liberal.
Declarado agnóstico, no bautizado y sobrino nieto de José Batlle y Ordóñez, rechazó la idea de una laicidad entendida como "asepsia" o negación, y argumentó que avalar ese monumento no era un acto de sumisión al clero, sino el reconocimiento maduro a los cimientos cristianos de la cultura occidental a la que pertenecemos.
Años después, el 14 de julio de 2005, el presidente Tabaré Vázquez sentó posición durante una visita histórica a la Gran Logia de la Masonería del Uruguay. En un discurso que marcó jurisprudencia conceptual, sostuvo: "Se falta a la laicidad cuando se impone a la gente, pero también se falta a la laicidad cuando se priva a la gente de acceder al conocimiento y a toda la información disponible".
"La laicidad no es empujar por un solo camino y esconder otros. La laicidad es mostrar todos los caminos y poner a disposición del individuo los elementos para que opte libre y responsablemente por el que prefiera. La laicidad no es la indiferencia del que no toma partido. La laicidad es asumir el compromiso de la igualdad en la diversidad".
La laicidad no puede reducirse a una fría ingeniería jurídica de fronteras institucionales entre el Estado y los altares; es, ante todo, un pacto de convivencia democrática sobre cómo gestionamos la libertad y el pluralismo.
Como sintetizó lúcidamente el historiador Émile Poulat, la verdadera laicidad no consiste en "todo al César y nada a Dios", ni en "todo al hombre y nada a Dios"; consiste, en cambio, en confiarlo todo a la conciencia y a la libertad de las personas, convocadas a convivir en armonía aunque piensen distinto.