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El aula magna de la Universidad Católica del Uruguay llevaba un rato esperando. La impaciencia se disimulaba entre movimientos de piernas, conversaciones cruzadas y saludos protocolares. Por allí andaban las máximas autoridades de distintos partidos políticos. Luis Lacalle Pou presentaba a su novia; su padre explicaba aquel saludo que se había convertido en meme. Algunos científicos se abrazaban todavía conmovidos por la muerte de Gonzalo Moratorio. Autoridades educativas conversaban sobre la necesidad permanente de introducir cambios.
Las puertas para los asistentes ya se habían cerrado. León XIV todavía estaba en pleno Casavalle.
Hasta que una música, con ese toque de piano tan característico, empezó a salir de los parlantes. Era la señal. El auditorio se puso de pie. Casi todos levantaron sus celulares y comenzaron a filmar. A través de las pequeñas pantallas, el pontífice avanzaba por la alfombra roja, a pocos metros de los presentes, con una solemnidad que recordaba la entrada de una novia a la iglesia.
Sin que muchos lo advirtieran, el papa estaba a punto de darles una primera lección. O, más bien, un tirón de orejas en forma de invitación a la reflexión.
Cuando tomó la palabra, leyó en un español fluido: “Es urgente, entonces, que nuestra educación escolar y universitaria contribuya al uso sabio de las tecnologías y la IA, colocando a la persona antes que el algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica”.
La escena tenía algo de paradoja: mientras el auditorio registraba su presencia a través de los teléfonos, León XIV hablaba precisamente de los riesgos de dejar que la tecnología ocupe el lugar de las personas.
El doctor en Filosofía Miguel Pastorino, que jugaba de local en la casa de estudios, reconoce que él también se dejó llevar inicialmente por la tentación de filmar. Hasta que decidió bajar el celular. “Uno retiene más lo que vive con el cuerpo como experiencia” que aquello que a veces parece pensado para terminar en una publicación en redes sociales, reflexiona.
La anécdota sirve para volver sobre el discurso. Un texto de apenas dos carillas y media en el que, si se dejan de lado las referencias bíblicas, las palabras que más se repiten son educación, comunidad y humanidad.
No parece casualidad.
“La paradoja resulta cada vez más evidente: mientras se atribuye ‘inteligencia’ a los sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se juzgan según el criterio de la eficiencia y, cuando se considera que ya no son productivas, son rechazadas y descartadas”, planteó el pontífice.
León XIV hablaba despacio. Dejaba que las palabras encontraran su lugar en el auditorio, como si quisiera darles tiempo para que llegaran a quienes estuvieran dispuestos a escucharlas.
Porque, en definitiva, el diagnóstico era más amplio: “El proceso de deshumanización que estamos viviendo es un desafío para nuestras instituciones escolares y universitarias”.
Y las instituciones educativas, en ese planteo, funcionan también como un espejo de la sociedad.
Pastorino vuelve sobre esa idea. “Hay una crítica a una cultura mercantil que no está en un solo ámbito. ¿Valoramos al personal docente o es un número más? ¿A cada estudiante? Es una crítica a una sociedad en que se juzga por si produce o no produce: el anciano vale menos, el enfermo vale menos, a la discapacidad se la integra desde lo discursivo, pero luego es vista como una vida que no produce”.
El mensaje, entonces, excede las aulas. Habla de cómo una sociedad mide el valor de las personas y de qué ocurre cuando la eficiencia se convierte en el principal criterio para juzgarlas.
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Así como en su discurso en la Plaza Independencia el papa había elegido la figura de Artigas como hilo conductor, esta vez recurrió a algo mucho más elemental: los cinco sentidos.
La propuesta parte de cuestionar la separación entre lo material y lo inmaterial, entre el cuerpo y la mente. Una dualidad que se instaló en buena parte de la tradición filosófica griega y que el pontífice busca superar para pensar al ser humano como una unidad.
El magíster en Comunicación y Cultura Javier Mazza lo resume así: “Parte de un llamado a eliminar el dualismo (mente-cuerpo); luego usa los cinco sentidos como metáfora (eje analógico) para citar el evangelio y hacer el ida y vuelta entre la mente y el cuerpo como una sola cosa”.
Por eso, cuando habla del gusto —en su dimensión literal y simbólica—, León XIV plantea que “no puede ser considerado sabio aquel que reúne información, sin discernir, sin reflexionar, sin conocer el contexto”.
La frase puede parecer una obviedad. Sin embargo, encierra una de las preguntas que atraviesan hoy a la educación: ¿para qué educar en un mundo en el que la información está al alcance de todos, pero no necesariamente se transforma en conocimiento?
En el auditorio escuchaban autoridades actuales y anteriores de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), representantes de universidades y responsables de instituciones educativas. Todos, de una u otra manera, interpelados por una misma cuestión: acumular información no equivale a formar personas. El ruido de los datos no necesariamente produce pensamiento.
Juan Fernández Techera, rector de la Universidad Católica y conductor del pontífice durante la visita, también tenía algo para decirle. Pero su saludo protocolar había quedado reducido a 1.543 caracteres con espacios. No le permitieron extenderse más. Y eso que, según reconoce, podría haberse quedado horas reflexionando sobre el sentido de aquel discurso en el que el ser humano volvía a ocupar el centro de la escena.
Apenas tuvo tiempo para recordarle que la educación uruguaya, antes de convertirse en laica, gratuita y obligatoria, tuvo una historia católica que se remonta a 1680, cuando los portugueses se asentaron en lo que hoy es Colonia del Sacramento.
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El acto terminó. Las puertas del aula magna se cerraron y el protocolo volvió a ordenar los movimientos. León XIV saludó desde un ventanal a quienes lo esperaban a un costado de la universidad. Repartió bendiciones durante el trayecto. Después pidió ir al baño.
Antes de abandonar el edificio, todavía tuvo tiempo de preguntarle al rector si prefería salir por la escalera de la izquierda o por la de la derecha.
No era un guiño político. Tampoco una metáfora preparada para el discurso.
Era, simplemente, la imagen de un ser humano detrás del rol. El mismo que unos minutos antes había pedido que la tecnología no desplazara a las personas, que la educación no confundiera información con sabiduría y que ninguna vida fuera descartada por dejar de ser productiva.
El papa también tenía que ir al baño.