16 de junio de 2026 14:50 hs

Antes de los ministerios de economía, educación, salud, vivienda, transporte, y todos los demás, existió una pregunta más elemental: ¿cómo vivir sin que otros te hagan daño? Las personas no se agruparon en comunidades políticas para recibir prestaciones ni para acceder a servicios. Lo hicieron, ante todo, para salir del estado de inseguridad permanente que existe cuando no hay nadie con autoridad para hacer cumplir las reglas.

Hobbes lo describió con una claridad que no ha perdido vigencia: sin un poder común capaz de mantener el orden, la vida humana es "solitaria, pobre, brutal y breve." El Estado nació como respuesta a ese problema. No como una elección entre varias buenas opciones, sino como la única salida del caos. Weber, siglos después, lo formuló de manera aún más precisa: el Estado moderno es la única comunidad humana que reclama, con éxito, el monopolio del uso legítimo de la fuerza física en un territorio. No lo define su tamaño, ni sus programas, ni su presupuesto. Lo define ese monopolio.

Tilly fue más lejos y fue más provocativo. En uno de los ensayos más influyentes de la sociología, sostuvo que los procesos mediante los cuales se construyeron los Estados modernos se parecían, en muchos aspectos, a las actividades de organizaciones criminales: eliminar rivales, extraer recursos de la población, controlar territorios y ofrecer protección frente a amenazas. La diferencia fundamental no radica en las prácticas en sí mismas, sino en el reconocimiento de su autoridad. Los Estados lograron institucionalizar y legitimar esas funciones, mientras que los grupos criminales permanecen fuera del orden legal. Desde esta perspectiva, un Estado que no puede proteger a sus ciudadanos no simplemente falla en una función más, compromete la base misma de la legitimidad sobre la que descansa su autoridad.

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Todo lo demás vino después. Los ministerios, las políticas sectoriales son conquistas históricas importantes, construidas sobre una base que debe sostenerse: la capacidad del Estado de garantizar que vivir bajo sus reglas sea más seguro que vivir sin ellas. Cuando esa base se erosiona, todo lo construido encima se vuelve más frágil. Por eso este no es un debate sobre un Estado grande o un Estado chico. Es un debate sobre si el Estado hace bien aquello para lo que fue creado.

El sistema de justicia criminal es el centro, no la periferia.

La policía, el poder judicial, la fiscalía y el sistema penitenciario no son una rama más del gobierno, son la columna vertebral del orden público y, en consecuencia, del Estado mismo. Si aceptamos esa premisa, la lógica es difícil de eludir: esas instituciones deberían tener a los mejores funcionarios, la inversión más sostenida en formación y capacitación, y los recursos que permitan hacer su trabajo de la mejor manera posible. No como un gasto, sino como la inversión más básica que un Estado puede hacer.

Esto no es una afirmación ideológica. Es lo que muestra la evidencia acumulada en décadas de investigación comparada. Los países con sistemas de justicia criminal efectivos tienen menos crimen, más confianza institucional y mejores condiciones para el desarrollo. Los países donde impera la impunidad ven cómo el crimen se expande, cómo las personas dejan de confiar en las instituciones y cómo el vacío que deja el Estado lo ocupan otros actores.

Legitimidad: la diferencia entre obedecer por miedo y obedecer porque tiene sentido.

Hay una distinción que la investigación ha trabajado con cuidado y que merece más atención en el debate público. Las personas no cumplen la ley únicamente porque temen ser castigadas. Las cumplen, sobre todo, cuando creen que las instituciones que administran esa ley son justas, imparciales y merecen respeto.

Esto se llama legitimidad. Cuando la policía actúa con equidad, cuando la justicia falla sin favoritismos, cuando el sistema penal no es percibido como un instrumento al servicio de algunos, los ciudadanos tienden a cooperar, a denunciar y a cumplir las normas. Cuando ocurre lo contrario, la desconfianza se instala. Y con la desconfianza, la percepción de que cometer un delito no tiene consecuencias reales.

La impunidad no es solo un dato estadístico, es un mensaje a la población. Le dice a quien piensa delinquir que el riesgo es bajo. Le dice a la víctima que denunciar no sirve y le dice a la comunidad que las reglas del juego no aplican de la misma manera para todos.

El problema no son los recursos, es el orden de las prioridades.

Uruguay gasta. Tiene un Estado presente, con ministerios, programas sociales y políticas públicas que funcionan. El problema no es la ausencia de recursos sino dónde van primero y con qué lógica se asignan. Si aceptamos que la seguridad es la función primaria del Estado, entonces el sistema de justicia criminal no debería competir por recursos con el resto de las políticas públicas. Debería ir primero. El resto se financia sobre ese piso, no al revés.

No porque lo demás no importe, sino porque sin ese piso funcionando bien, todo lo demás opera sobre arena. Un aula vale menos si los estudiantes no pueden llegar a clase sin miedo. Un centro de salud vale menos si el barrio donde está es controlado por quienes el Estado no puede o no quiere enfrentar. Una fábrica vale menos si sus trabajadores son extorsionados en la puerta. Un comercio vale menos si pagar un "peaje" informal es el costo de seguir abierto. Un destino turístico vale menos cuando la percepción de inseguridad supera cualquier campaña de promoción. La inseguridad no es un problema sectorial: es un impuesto invisible que pagan todos, y que recae con más fuerza sobre quienes menos pueden pagarlo.

No hace falta inventar nada nuevo. Hace falta hacer bien lo básico y financiarlo en consecuencia: una policía que investigue con eficacia y trate a los ciudadanos con respeto, una justicia que falle con independencia y sin demoras, y un sistema penitenciario que no sea una escuela del crimen sino una posibilidad real de rehabilitación. Eso no es ideología. Es la función original del Estado.

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