26 de agosto de 2026 21:34 hs

La primera vez que vi a Rubén Rada no fue sobre un escenario. Fue en la tribuna Ámsterdam del Estadio Centenario, un domingo de Peñarol. Yo era un chiquilín y estaba con mi padre, que me estaba enseñando los secretos de ser aurinegro. Unas filas más atrás estaba el Negro. Cuando salió el equipo, tiró un cohete que cayó demasiado cerca de mí. Mi viejo se dio vuelta y lo increpó. Rada pidió perdón. Entonces mi padre me dijo, con una mezcla de sorpresa y admiración: “¡Es el Negro Rada!”.

Yo todavía no sabía muy bien quién era. O, mejor dicho, no sabía quién iba a ser para mí.

Años después, en la adolescencia, su música me deslumbró. Primero con Tótem. Todo ahí parecía nuevo: el candombe, el rock, la voz, la percusión, una manera uruguaya de sonar sin pedir permiso. Cuando el grupo se separó, lo viví como una traición. A esa edad uno no acepta que las bandas terminen ni que los músicos cambien de rumbo. Cree que ciertas cosas fueron hechas para acompañarlo para siempre.

Quizás, en el caso de Rada, no estaba tan equivocado.

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Después vino Opa. Verlos en el Cine Plaza, en 1981, fue uno de esos acontecimientos que con el tiempo dejan de ser solamente un concierto. Uno guarda la música, pero también el lugar desde donde la escuchó, la gente que tenía al lado, el aire de la sala, la certeza de estar asistiendo a algo irrepetible. Aquel recital permanece entre los mejores recuerdos de mi vida. Espero que la memoria, que suele corregir, borrar o embellecer, nunca me lo toque.

Seguí su carrera en Buenos Aires. Allí lo vi un par de veces junto a mi madre, fascinada también por Rada. Eso quedó unido a su música. Hay canciones que uno no escucha solo: vuelven con las personas que estaban alrededor cuando entraron en nuestra vida. En mi caso, Rada trae a mis padres. A mi padre, en la Ámsterdam. A mi madre, a mi lado, viéndolo cantar en Buenos Aires.

Luego se fue a México y durante un tiempo le perdí la pista. Cuando regresó definitivamente a Uruguay, en 1995, yo ya era periodista. Me tocó entrevistarlo apenas volvió, para El Observador. Hasta donde recuerdo, fue la primera entrevista que concedió a un periodista uruguayo después de su regreso. Aquella nota tuvo una impureza inevitable: yo preguntaba como periodista, pero escuchaba como el muchacho que se había deslumbrado con Tótem y había visto a Opa en el Plaza.

Después lo entrevisté muchas veces. Hablamos de música, de Uruguay, de su trayectoria y también, varias veces, del racismo. Rada podía pasar de un tema doloroso a una ocurrencia musical sin que el cambio resultara artificioso. El ritmo no era para él una especialidad ni un recurso escénico. Era una forma de pensar.

Una vez, en medio de una entrevista, empezó a cantar “Cha-cha, muchacha” como si fuera una bossa nova, mientras se acompañaba marcando el ritmo con la mesa donde se hacían las reuniones de editores de El Observador. La canción cambiaba delante de mí con una naturalidad asombrosa. Incluida en Quién va a cantar, se había convertido en uno de sus mayores éxitos en Argentina. El disco fue oro allí y Rada volvía a sonar en todas partes. Pero el éxito llegó en vísperas del derrumbe económico y social de 2001. Entonces se rió y dijo: “¿Te das cuenta? Una vez que meto un hit, se cae a pedazos Argentina”.

Era muy de Rada. Convertir una mala jugada del destino en un chiste. Lo que más recuerdo, sin embargo, es cómo podía tomar una canción propia, desarmarla y hacerla nacer de nuevo en otro ritmo, casi como si estuviera jugando.

Junta Departamental de Montevideo homenaje a Ruben Rada, colocando un Sol en la Peatonal Sarandi con su nombre.

Junta Departamental de Montevideo homenaje a Ruben Rada, colocando un Sol en la Peatonal Sarandi con su nombre.

Rada tenía una virtud que no siempre acompaña al talento: no administraba su importancia. Cada vez que le pedí algún favor, una entrevista o una participación, encontraba la manera de hacerse un espacio. Nunca hizo sentir que concedía algo. Era humilde de un modo natural, sin convertir la humildad en una pose pública.

Con los años, el músico admirado y el hombre entrevistado terminaron siendo inseparables. Yo podía sentarme frente a él con un grabador, pero en algún lugar seguía escuchándolo con la devoción adolescente. Supongo que eso no me volvía peor periodista. Me obligaba, acaso, a estar más atento.

Rada fue parte de mi vida mucho antes de que yo pudiera conocerlo. Está en mi adolescencia, en mis padres, en el descubrimiento de una música uruguaya capaz de ser popular y sofisticada, alegre y profunda. Está también en mi oficio, en tantas conversaciones y en su disponibilidad generosa cada vez que lo llamé.

Su muerte duele por lo que pierde la música uruguaya, pero a mí me duele además en una zona personal. Hay artistas a los que uno admira y hay otros cuya obra se mezcla con la propia biografía. Rada pertenece a esos últimos.

Cuando pienso en él, vuelvo inevitablemente a la tribuna Ámsterdam. Siento otra vez el estruendo del cohete cerca de mí, veo a mi padre darse vuelta caliente y a Rada pedir perdón. Después vuelvo a escuchar la voz de mi viejo: “¡Es el Negro Rada!”.

Yo no podía saberlo entonces, pero aquel hombre, unas filas más atrás, iba a acompañarme durante toda la vida.

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