El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
1 de junio 2024 - 5:05hs

El presidente de la Sociedad de Criadores de Aberdeen Angus en Uruguay, Juan Pablo Pérez Frontini, posteó en la red X: “No alcanza con mostrarle al mundo que somos la última gran estancia, hay que demostrarlo, hay que certificarlo”.

Esta semana, mientras recorría el campo con un grupo de extranjeros maravillados por el paisaje, comprendí la pertinencia de debatir este concepto que se repetía en mi cuenta de la ex red Twitter sobre qué camino debe seguir la permanente construcción del perfil de Uruguay en el mundo.

Vimos ganado gordo; terneros, vaquillonas, ovejas e incluso caballadas en un entorno verde y vibrante, con aguadas y manantiales desbordados por las recientes lluvias. También camiones cargados con soja atascados en el barro con hombres y tractores de última generación tratando de sacarlos.

Conversando con los visitantes, comprendí su entusiasmo por la oportunidad de Uruguay de convertirse en el estandarte mundial de las buenas prácticas de producción ganadera y agrícola, así como de las viejas tradiciones rurales. Mientras recorríamos el interior, nos cruzábamos con jinetes, tropeando o cabalgando junto a la ruta, con sus ponchos largos y sombreros negros. Los hombres de campo, asociados con el gaucho, esa figura tan presente y auténtica les resultaba fascinante.

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Imaginemos un lugar donde los visitantes puedan experimentar la vida de un gaucho: montar a caballo a través de vastas praderas, hacer travesías largas, cocinar y saborear las comidas locales, participar en la cosecha de la tierra y aprender las artes y oficios tradicionales del campo. Esos que han definido la identidad y el carácter de los orientales durante siglos.

Este concepto ofrece una ventana a un estilo de vida que, a primera vista simple, está lleno de riqueza cultural y humana que paradójicamente conecta con las tendencias modernas de cuidar el entorno natural y vivir en él.

Para comprender la profundidad de esta herencia, basta con recordar la célebre novela "La Tierra Purpúrea" del escritor William Henry Hudson, donde se narra la travesía de Richard Lamb en Uruguay en los tiempos de la Guerra Grande. Lamb describe un país de paisajes vastos y costumbres arraigadas, una tierra donde "la vida es simple, pero intensamente plena, con un sentido de libertad y autenticidad que es raro encontrar".

Esta esencia es lo que la última gran estancia de “aire puro y carne gorda” debería capturar y ofrecer al mundo. Por eso considero interesante ponerla en discusión.

Además, este rincón de tierra, ubicado entre Argentina y Brasil bañado por las aguas del Atlántico, es un faro de democracia y libertad. Lo que agrega un condimento más que interesante en el combo. El concepto tampoco atenta contra el “Uruguay Natural”, que Pedro Bordaberry impuso desde el ministerio de Turismo años atrás.

La fertilidad del suelo convierte al sector agropecuario en la principal fuente de divisas del país. Esta producción es la que sustenta la economía. Dato de la realidad.

En Uruguay se crían más de 12 millones de cabezas de ganado, dedicando el 85% de su territorio a la actividad del sector, con 13 millones de hectáreas de pradera natural y más de 250 especies. La cría de ganado es una tradición arraigada en la vida rural uruguaya. La producción de leche, carne vacuna y ovina no solo proporciona alimentos de alta calidad, sino que también emplea prácticas de manejo sostenible que protegen el suelo y fomentan la biodiversidad. Cada uruguayo consume un promedio cercano a 60 kilos de carne al año, lo que refleja la importancia de esta tradición culinaria.

Por su lado la agricultura incluye una variedad de cultivos de verano, como el maíz, arroz y la soja, y de invierno, como el trigo y la cebada. Estos plantíos no solo garantizan la seguridad alimentaria que el mundo demanda, sino que se gestionan con técnicas de rotación y conservación de suelos, intentando promover la salud del ecosistema.

En un tiempo donde la sostenibilidad es crucial, Uruguay lucha por destacarse en su preocupación por el agua dulce y el medio ambiente. Los productores tienen conciencia. Hay una incipiente discusión sobre la necesidad de instalar riego. Lo que también es positivo. Pero tampoco alcanza.

La protección de los recursos naturales tiene que ser una prioridad para el país y el posicionamiento planteado por la sociedad de criadores pueden ser un catalizador para que los protocolos de producción y respeto a la naturaleza de la última gran estancia se cumplan a rajatabla. Promover prácticas responsables garantiza la viabilidad a largo plazo de la matriz productiva del país.

Por otra parte, el turismo rural en Uruguay es un sector en crecimiento que ofrece hoy escasas experiencias auténticas y sostenibles. Se encuentra a años luz de ofrecer servicios de calidad para recibir volúmenes destacados de este tipo de turismo.

Uruguay, con su entorno natural tan original como desconocido y su herencia cultural, debería fomentar y promover este tipo de turismo para atraer personas que buscan de una conexión con esta naturaleza, pero también con su tradición. Todo eso requiere de mucho pienso, mejor educación, preparación para el servicio y un convencimiento nacional de que es por acá. Lo que propone La Patria Gaucha en Tacuarembó cada mes de marzo es un buen punto de partida, pero no alcanza, solo sirve como fuente de inspiración.

El concepto de la última gran estancia puede también servir de levadura para este turismo asociado a la calidad. Impulsaría la economía local, generaría empleo y oportunidades para vivir todo el año en las zonas rurales. Los turistas sofisticados buscan experiencias, no solo playas.

La globalización amenaza con homogenizar las culturas locales, diluyendo las particularidades que nos hacen únicos. Uruguay tiene la oportunidad de proteger y promover su cultura gauchesca valorizando las tradiciones asociadas a las demandas del presente.

La vida del gaucho, ahora modernizada con tecnología (drones, satélites, celulares de última generación, tractores con wifi, etc.) sigue siendo un símbolo de identidad y pertenencia que vale la pena preservar. A través de este símbolo extinto -otrora violento e indomable- se puede educar sobre prácticas agrícolas sostenibles, la importancia de la biodiversidad y el respeto por el medio ambiente.

Más allá del turismo, la idea de ser la última gran estancia puede oficiar como centro formativo que también sirva a los uruguayos a terminar de entender sus raíces, muchos de los cuales no distinguen una vaquillona de un ternero.

La figura de un hombre vestido como un gaucho, manejando un dron desde un PC con inteligencia artificial arriba de un caballo criollo frente a una pradera natural donde pasta el ganado con su debida trazabilidad individual es tan atractiva como real.

Uruguay lejos de los conflictos mundiales, con estabilidad democrática y económica, altos índices de libertad, escasa población, agua dulce, excelente conectividad digital y con el enorme potencial de la cultura agrícola ganadera de su historia debería apoyarse precisamente en su tradición para adaptarla a los tiempos que corren y volver a ser un país de vanguardia.

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Uruguay inversión en recursos naturales

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