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22 de enero 2026 - 12:54hs

Estrenada en cines en abril del 2025, este 22 de marzo la película Pecadores hizo historia en los Premios Oscar, al convertirse en la más nominada de la historia. La película acumuló un total de 16 candidaturas, batiendo así el récord de 14 que compartían La la land, La malvada y Titanic.

Pecadores, que está disponible para ver en la plataforma HBO Max, es una combinación de temas, influencias y géneros que funciona increíblemente bien. Una mezcla de buen hacer cinematográfico y de entretenimiento puro.

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Todo es un remix

Quentin Tarantino es una posible referencia al hablar de esta película. Su sangre es una de las tantas que se mezclan en Pecadores bajo la mano de su director y guionista, Ryan Coogler.

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En un videoensayo que se estrenó en 2010, el cineasta canadiense Kirby Ferguson impuso la idea de que estamos en una época de la historia donde Everything is a remix (Todo es un remix). Haciendo teoría aquella frase de “ya está todo inventado”, Ferguson plantea que la verdadera creatividad en el siglo XXI es tomar todas las historias, esquemas narrativos, influencias y referencias que nos alimentaron, y con eso hacer algo nuevo y diferente.

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Una noción que ya venía desde los sampleos del hip hop y la música electrónica en los años 80, y del cine de Tarantino de los 90, que agarró todas las series y películas que consumió con voracidad desde niño y las regurgitó a través de referencias, homenajes (o plagios, según a quién le pregunte), conexiones y una herencia espiritual que permea todas sus obras.

Eso fue lo que hizo Coogler, que tira en la olla a los vampiros clásicos, el cine musical, la historia real estadounidense, el gótico sureño y un espíritu pop para crear una película que siempre sorprende, que escapa a la clasificación fácil, y que más allá de que su ADN es fácilmente rastreable, termina resultando fresca y sublime, algo cada vez más difícil de ver en el cine que viene de Hollywood.

Mississippi blues

Ambientada en el delta del Mississippi en 1932, la historia arranca cuando dos hermanos gemelos, Smoke y Stack Moore (los dos interpretados por Michael B. Jordan, socio del director desde su primera película), llegan a su pueblo natal después de pelear en la primera guerra mundial y de pasar unos cuantos años trabajando para Al Capone en Chicago.

Los hermanos llegan con plata en el bolsillo y deciden invertirla en un boliche para la numerosa y sufrida población negra de la región, que trabaja en semi esclavitud en las poblaciones de algodón. La noche de la inauguración, sin embargo, se verá interrumpida por la aparición de Remmick, un vampiro de origen irlandés que se ve atraído al antro de los hermanos por la fuerza y la magia del blues que toca el primo menor de los Moore, el joven Sammie.

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La música –el blues principalmente, pero la película también resalta que esa cualidad aplica a la música en general– es una pieza clave de esta historia. No solo por la fascinante banda sonora de Ludwig Göransson, otro socio de la primera hora del director, sino también por las cualidades sobrenaturales que se le asignan en este relato, y que bien pueden aplicar a todas las ramas del arte: la capacidad de encantar al escucha y de invocar “a los espíritus del pasado y del futuro”. Una buena pieza artística toma todo lo que vino antes y lo canaliza, abriendo una puerta a que alguien venga después y la retome.

En particular, esa noción se refleja en una secuencia mágica, una toma continua dentro del bar donde todas las piezas que conforman una película encajan al milímetro para conmover y poner la piel de gallina. Como se dice en las redes: es cine.

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¿Un nuevo Tarantino?

Pecadores es, de nuevo, una película extraña. No es estrictamente una película de terror, pero tiene algunos elementos; como también los tiene de comedia, de drama histórico, de película sobre criminales, de musical. Hay vampiros, pero no aparecen y ni siquiera son insinuados hasta bien entrado el metraje de algo más de dos horas, que se pasa como un rayo.

Coogler, que viene de dirigir las dos películas del superhéroe Pantera Negra para Marvel, el reinicio de la saga de Rocky, Creed, y la impactante Estación Fuitvale, se toma su tiempo para presentar este universo sureño, a sus personajes, sus conflictos y sus relaciones. Una cuestión de guion que parece de manual, pero no siempre se cumple.

Porque son estos personajes el centro de todo, y esa construcción cuidada hace que sus destinos importen y sus devenires tengan impacto una vez que la sangre empieza a fluir a borbotones y el bar de Smoke y Stack termina asediado en una suerte de reversión de Del crepúsculo al amanecer (Tarantino de nuevo).

Este elenco de personajes está bien rodeado por la ya mencionada música de Göransson, el vestuario de época, y la imponente fotografía, amplia y maximalista como toda la película, que hace que se eche en falta la existencia en Montevideo de una pantalla en formato IMAX.

Ese maximalismo visual y temático le sacan alguna sutileza a la película, pero el producto de Coogler es lo suficientemente juguetón y divertido como para que se le perdone. Además de que ostenta un apuesta por el riesgo y una abundancia temática – la libertad, el valor de la comunidad, la codicia, el poder, el valor del arte– que la elevan por encima del mero entretenimiento, sin perder ese elemento. Una de esas películas bien redondas, como reflejan sus candidaturas al Oscar en prácticamente todas las categorías.

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