Hay una imagen que resume el final: una sala en penumbra, un proyector encendido, un entrenador que explica con convicción absoluta y un grupo de jugadores cuya atención se escurre antes del minuto diez. No hubo grito ni portazo. Posiblemente algo más silencioso, grave y clandestino: palabras que dejaron de llegar.
En este escenario2, permito apartarme de temas de abordaje habitual, aun lejos de ser experto en la materia deportiva, comprender desde una visión de liderazgo los aprendizajes que nos ha dejado el pasaje de Uruguay en la Copa del Mundo.
Marcelo Bielsa reveló, en su despedida, que el plantel le pidió terminar con las charlas y los videos tácticos porque no lograba sostener la atención más de diez minutos fraccionados en varios días (El Observador; La Tercera, junio 2026). Él aceptó: “Si dicen que algo los satura, no podía ir en contra”. Y después dejó la frase que más dolió: “Lo que yo le dejo al fútbol uruguayo es nada”.
Me detengo ahí, porque en esa escena hay un tema que excede al fútbol. Es el poder (y el límite) de las palabras.
El neurocientífico Mariano Sigman le dedicó un libro entero a eso. En El poder de las palabras sostiene que el lenguaje no solo comunica: moldea el cerebro, baja el cortisol, ordena el pensamiento. Y aporta dos ideas que iluminan este caso. La primera: la conversación es un amplificador; cuando hablamos con otros, decidimos mejor. La clave está en el sustantivo. Conversación. No monólogo, no catarata.
El amplificador funciona en las dos direcciones o no funciona, en el valor del diálogo. La segunda: las palabras trabajan en dos frentes, el que compartimos con los demás y el que sostenemos con nosotros mismos. Cuando el primero satura, contamina el segundo. El jugador que no puede escuchar diez minutos más no está apenas cansado del proyector: está peleando con su propia cabeza.
Ahí está, creo, el gran malentendido del ciclo. Bielsa fue, probablemente, el técnico que más creyó en la palabra en la historia reciente de la celeste. Charla, video, insistencia, repetición. Un hombre convencido de que la idea, bien explicada, se vuelve conducta. Y sin embargo terminó, posiblemente, separado de su plantel, entre otras cosas, por un exceso de palabra que dejó de amplificar y empezó a saturar.
Quiero ser honesto con mi propio recorrido. Fui de los que creyó que Bielsa podía hacer jugar mejor a Uruguay, obtener buenos resultados y encarar el recambio generacional que se había vuelto impostergable. En alta competencia mandan los resultados, es verdad. Pero también pesa el cómo. De los últimos nueve puntos en disputa, Uruguay hizo méritos para sacar siete; con probabilidades normales de error no forzado, hoy estaríamos haciendo el análisis exactamente al revés.
Lamine Yamal de España rodeado de cuatro uruguayos: Juan Manuel Sanabria, Rodrigo Bentancur, Federico Valverde y Manuel Ugarte en el Mundial 2026
FOTO: AFP
Y esto es lo que me interesa transmitir: las decisiones no se juzgan por los resultados, que cargan siempre una cuota de azar. Se juzgan por el proceso que las llevó a ejecutarse. Me quedo con el intento de hacer algo distinto para obtener algo distinto. Las propuestas que exigen, que forman en disciplina y esfuerzo, merecen ser valoradas y no descartadas cuando el marcador no acompaña.
Pero hay un debe. Un equipo, antes que un sistema táctico, es un grupo humano. Tejer vínculos, leer la emocionalidad, entender las motivaciones y los momentos de cada uno no es un accesorio del rendimiento: es parte de su núcleo. Ese plus tan uruguayo, que tantas veces nos puso por encima de nuestro tamaño, lo entendió como pocos el Maestro Tabárez. La palabra que abraza, no solo la palabra que corrige.
Recuerdo aquella frase atribuida a Eleanor Roosevelt: las mentes grandes discuten ideas; las medianas, hechos; las pequeñas, personas. Suena impecable. Bielsa vivió en el primer piso: puras ideas. El problema es que la frase, tan citada, esconde una trampa. Discutir personas, el chusmerío, la etiqueta, el juicio no es lo mismo que comprender personas. Precisamos consensuar las ideas para pensar en las personas adecuadas de ejecución. Discutir sobre las personas nos continua sumergiendo en el mar de la mediocridad.
Tenemos por delante una Copa América y la preparación del Mundial 2030. Un proceso integral de selecciones debería arrancar cuanto antes: uno que planifique, integre y trabaje con objetivos de trascendencia. Y ojalá arranque asumiendo la lección incómoda que este final nos deja: se puede tener las mejores ideas del mundo y aun así perder al que tiene que escucharlas.
Porque las palabras, decía Sigman, pueden bajar el cortisol o dispararlo. Pueden ordenar o abrumar. Pueden ser el amplificador que nos hace pensar mejor entre todos, o el ruido en una sala a oscuras donde alguien explica, con toda la razón y toda la soledad, algo que ya nadie está escuchando.