28 de mayo de 2026 5:00 hs

Hay una idea que circula con insistencia en los foros de inversión: que el principal obstáculo al desarrollo es la complejidad tributaria. Si eso fuera cierto, Paraguay debería ser hoy el país más desarrollado de la región. No lo es. Y esa distancia entre la premisa y la realidad dice algo importante sobre cómo entendemos el desarrollo.

El sistema fiscal paraguayo tiene una elegancia casi matemática. La Ley 6380 de 2019 lo organizó en torno a lo que sus promotores llaman el "triple 10": impuesto a la renta empresarial (IRE) al 10%, IVA al 10%, impuesto a la renta personal (IRP) al 10%. Sin tramos progresivos superpuestos, sin regímenes especiales que convierten el código en un ejercicio de arqueología contable, sin la maraña de excepciones que otros países han acumulado por décadas. El resultado: una presión fiscal del 11,4% del PIB, la más baja de América del Sur, y el primer puesto en el Índice Integral de Impuestos para América Latina 2024 del Adam Smith Center for Economic Freedom.

Los números de crecimiento son consecuentes con esa narrativa. En 2024, Paraguay creció 4,2%; en 2025, 6,6% según el Banco Central del Paraguay (el mayor salto en doce años), mientras el FMI estimaba 5,3%. Uruguay creció alrededor del 2% en 2025, Chile en torno al 2,5%, Brasil 3,4% en 2024. Frente a esas cifras, es comprensible que economistas y empresarios del cono sur miren hacia Asunción con una mezcla de curiosidad e incomodidad. El país que hasta no hace mucho era la referencia inevitable del contrabando regional y clientelismo hoy tiene indicadores macroeconómicos que pueden generar envidia.

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Si, pero no

El PIB per cápita nominal de Paraguay ronda los USD 7.000 en 2025. El de Uruguay llegó a USD 24.380. El de Chile, USD 17.830. Tres veces más. Esa brecha no se cierra con algunas temporadas de crecimiento del 6%, por bienvenidas que sean. Se necesitan décadas sostenidas y condiciones institucionales que hoy, creo, no están próximas.

El Índice de Percepción de Corrupción 2024 de Transparencia Internacional ubica a Paraguay en el puesto 150 de 182 países evaluados, con una puntuación de 24 sobre 100. En el mismo índice, Uruguay ocupa el puesto 13 con 76 puntos, primero en toda América. Chile está en el 32. La distancia no la creo anecdótica: es el correlato de cuánto confía un inversor en los contratos, cuánto demora un proceso judicial, qué le pasa a quien compite sin conexiones políticas contra alguien que sí las tiene.

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La informalidad laboral alcanzó el 62,5% en 2025, según el Instituto Nacional de Estadística paraguayo, mismo porcentaje que en 2024: el crecimiento económico no está arrastrando formalización. Uruguay registra alrededor del 23%; Chile, 27%. Seis de cada diez trabajadores paraguayos no cotizan, no tienen cobertura previsional, no existen para el sistema formal. Eso explica, al menos en parte, por qué la presión tributaria es tan baja: no es solo que las tasas sean bajas sino que la base imponible real es notoriamente angosta. El Estado recauda poco porque no llega a la mayor parte de la economía. La eficiencia tributaria que se celebra tiene, entonces, una lectura alternativa: no es virtud fiscal sino ausencia del Estado en amplias franjas del territorio económico.

La infraestructura condensa esa contradicción. De los 78.000 kilómetros de caminos que tiene Paraguay, solo el 13,2% está pavimentado, unos 10.300 kilómetros. Uruguay cubre el 43% de su red; Argentina, el 32%; Chile, el 34%. En densidad de asfalto por territorio, la diferencia es más elocuente: Paraguay tiene 0,37 kilómetros de ruta pavimentada cada 100 kilómetros cuadrados; Uruguay, 3,53, casi diez veces más. El Foro Económico Mundial calificó la calidad vial paraguaya con 2,6 sobre 7 (frente a 5,2 de Chile y un promedio mundial de 4,07) y situó al país en el puesto 132 de 148 a nivel global, 19° de 20 en las Américas (WEF, GCI 2019).

The Economist Intelligence Unit degradó a Paraguay de "democracia defectuosa" a "régimen híbrido" en su índice 2024. El Global Organized Crime Index lo clasificó como el cuarto hotspot de crimen organizado más relevante del mundo. El tráfico, el contrabando a escala industrial y el lavado de activos no parecen ser casuales: son sectores con peso real y conexiones institucionales que el dinamismo del PIB no desinfecta ni oculta del todo.

La pobreza monetaria bajó al 16,0% en 2025 según el INE paraguayo, dato positivo, récord histórico, pero el ingreso per cápita sigue siendo menos de un tercio del uruguayo. El Índice de Desarrollo Humano 2025 del PNUD asigna a Paraguay un valor de 0,756. Uruguay supera 0,83, en el umbral de desarrollo humano muy alto. La combinación de esperanza de vida, años de educación e ingreso ajustado produce esa brecha. No es una diferencia menor en términos de calidad de vida concreta.

¿Qué concluir? El sistema tributario paraguayo es un experimento genuinamente interesante. Hay racionalidad en la simplicidad que merece análisis serio, también desde Uruguay. Pero confundir baja presión tributaria con receta de desarrollo o con modelo a replicar sin reservas es un error analítico que tiene costos. Los países con mejor calidad de vida del mundo no tienen sistemas tributarios simples ni baratos; tienen sistemas que funcionan, que recaudan lo suficiente para financiar salud, educación, seguridad jurídica e infraestructura de calidad. El Estado importa. No cualquier Estado: uno transparente, eficiente y con capacidad real de ejecutar.

Paraguay crece. Eso es real, genuino y notable en términos relativos. Pero el estadio de desarrollo al que ese crecimiento conduce, sin reforma institucional, sin reducción de la informalidad, sin un combate serio a la corrupción, sin recursos para dotarlo de infraestrcutura eficiente, no es Uruguay ni Chile: es una versión más próspera de lo que ya es. Y lo que ya es, medido en corrupción, informalidad laboral, calidad institucional y desarrollo humano, todavía está a distancia considerable de los estándares que la región identifica como meta.

El triple 10 es una fórmula atractiva. Las fórmulas elegantes son necesarias. Pero para resolver el problema del desarrollo con frecuencia no alcanzan.

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