Ya sabemos que el fútbol es una religión. Que Dios está muerto y vuelve a resucitar en el minuto ‘89, si es que no hay alargue. Es un culto donde la figura antropomórfica tiene el rostro de la estrella de la temporada, y su nombre retumba dentro y fuera de la colmada tribuna.
Ya sabemos que la misa del domingo es dónde esté ardiendo el pedazo de carne que sacie la ansiedad previo al partido, aunque ni si quiera sea un domingo. Se sabe que como se confiesan las frases más obscenas y denigrantes jamás escuchadas, también se graban lágrimas y angustias en la ponderosa y sobre-usada camiseta.
El discípulo del fútbol es un dogmático que justificará su verdad simplemente con que los colores de la bandera han teñido su sangre. O incluso un romántico que ha sentido tanto en un partido que lo confundirá con amor. Esta adoración nace desde aquel cordón de la calle que se ha encargado de rebotar duramente la pelota, o donde voló hasta el minucioso cantero de la vecina de la derecha. Pecador es el vecino de la izquierda que la devolvió pinchada.
Es un ritual que continúa cuando el bar con la mejor cerveza hospede en la TV que cuelga del techo, ese partido que se encarga de robar la atención de la bebida y dirigirla hacia el rectángulo con el campo verde.
Esta no es una creencia más tallada en un extenso testamento. Es más simple que eso, donde haya una pelota habrá una cancha, será inevitable. El bautismo se exhibe orgullosamente en la heladera, la primera fotografía con apenas meses de edad y una camiseta exageradamente grande.
Y así como en cualquier religión, como los hay simples mortales nombrados en honor a un santo, hay quienes honran varias leyendas y cuadros del fútbol: Lorenzo, Juan Román y Victoria Aurinegra son algunos de los que caminan entre nosotros.
*Por Guillermina Bragard (@guillerminabragard) - Artista y narradora visual freelancer