22 de abril de 2026 5:00 hs

En dos baños del tercer piso de un liceo de Montevideo un adolescente escribió: “Tiroteo mañana” y daba la fecha exacta. Enseguida empezaron a circular fotos, hubo miedo, hubo estudiantes que faltaron a clase al día siguiente. Y al siguiente. Pero el detrás de escena de este caso repite un patrón que está llevando a cerca de 100 amenazas de ataques a centros educativos, públicos y privados, en todo el país en menos de una semana.

La inscripción en esos dos baños la hizo un estudiante con buenas calificaciones que asiste con regularidad a ese mismo centro educativo. Después que se lo identificó, admitió la “infracción grave” (no es un delito en un adolescente) y explicó parte del fenómeno que se hizo viral.

Todo empieza con una copia de videos que circulan con amenazas similares en otros países. En Argentina sin ir más lejos. Luego el contagio (esa viralización) adquiere una especie de reto, un intento de elevar la apuesta a veces implícita. Fulano escribe que habrá un tiroteo, Mengano va por más y dice que “será una morgue” (para seguir ejemplos de mensajes verdaderos), Sultano lo circula en grupos de Whatsapp.

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Ante el pánico que esto genera (y cierta psicosis al punto que este martes llamó al 911 una abuela que había visto a sujetos armados cerca de un centro educativo de Carmelo), las autoridades de Secundaria y UTU había flexibilizado el conteo de asistencias. Hasta que en la sesión del Codicen de este miércoles se revirtió la medida y se retorna al control de lista.

¿Por qué? La consejera Daysi Iglesias es contundente: “Lo que está pasando es grave, la educación está siendo afectada, el derecho a ir a clase está siendo vulnerado”.

La Policía no encontró ningún elemento que haga pensar en un verdadero ataque (aunque tampoco puede desestimar las amenazas). Y la reproducción en medios de comunicación masivos de videos o casos concretos no hizo más que dar un espaldarazo a la viralización.

Que algo sea viral era para la Real Academia Española “perteneciente o relativo a un virus”. Pero en la era de las redes sociales sumó un segundo significado: “Dicho de un mensaje o de un contenido que se difunde con gran rapidez en las redes sociales a través de internet”.

Más allá de la tecnología

La socióloga Nilia Viscardi reconoce que el avance de la tecnología implica desafíos: en la rapidez de llegada de la información (y la desinformación) o el menor involucramiento de los adultos en qué están haciendo sus niños o adolescentes. Pero explica que no puede achacársele la culpa a internet de los fenómenos de percepción de inseguridad camino al centro educativo o dentro de él.

Lo ha investigado en el caso de Juan, un chico al que el sistema educativo lo fue excluyendo. La primera reacción a sus inconductas eran que enseguida terminaban en observaciones o sanciones. Se dormía en los pasillos y no se iba a fondo. Cuando la conducta fue amenazante y luego penalizado, terminó de comprenderse que su respuesta era el resultado del no sentirse involucrado, del no sentirse parte.

Eso era común en las antiguas amenazas de bomba cuando había un examen, en alguien a quien lo hostigan e incluso en adolescentes que están en plena etapa de construcción de identidad y se desafían a correr los límites… aunque en casa se comporten “de maravilla”.

Internet aceleró esos procesos. Lo que antes era de alcance reducido, ahora corre al ritmo de un posteo. Lo que antes era el ring-rajen para jorobar a un vecino por puro tedio, "ahora es cuestión de ciberseguridad".

Dada esa realidad, algunos liceos iniciaron campañas comunicacionales de viralizar lo positivo y demostrar como lo negativo afecta a toda una comunidad educativa.

La seguridad en el trayecto y dentro del centro educativo

Los baños son la “terra nullius” —tierra de nadie— de los centros educativos. Son esa zona fuera del ojo de los docentes, donde prospera la ley del “más fuerte”, y donde, sin tranca de por medio, varios estudiantes se sienten desprotegidos. Al menos así lo describen algunos de los alumnos.

El Instituto Nacional de Evaluación Educativa había estimado, siguiendo las pruebas Aristas, que la cuarta parte de los liceales o alumnos de UTU admite sentirse “poco” o “nada” seguro dentro del baño de la institución de enseñanza a la que asiste. Es el punto más frágil dentro del centro. Y esa sensación de inseguridad creció unos cinco puntos porcentuales frente a la medición anterior.

Tal vez por eso es allí donde se dan muchas de esas pintadas o mensajes que desafiantes, característicos en la adolescencia.

La Policía, en ese sentido, descarta que haya una organización detrás de las amenazas, sino hechos aislados que se unen en ese factor viral.

Pero si se amplía un poco más el bosque, y entendiendo que esto implicó resoluciones educativas dadas la afectación psicológica y pedagógica, el problema parece guardar vínculo con la pérdida de la confianza y los problemas de convivencia que han crecido en entornos educativos, explica la psiquiatra pediátrica Laura Canessa.

El Observador lo había contado: “El quiebre de la confianza escolar: acusaciones cruzadas, directoras citadas a la comisaría y hasta juntada de firmas para expulsar a un niño con autismo”.

O cuando trató de explicar los cuatro días sin clases: problema "entre niñas" reavivó la violencia en la que están inmersas las escuelas.

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"Cada vez es más común que se recurra a actores periféricos para solucionar los asuntos que antes se resolvían de manera más pedagógica y casera”, había señalado a El Observador el inspector regional de Primaria, Mario Ibarra. Refería a una jueza prohibiendo el acercamiento entre dos niños que se tocaron los genitales, un juez que pasó de año a una niña repetidora, padres que piden la expulsión de un chico con autismo, denuncias policiales por un problema en el comedor, amenazas de adultos y cartas a las más altas esferas “por una pelea entre gurises”.

Es parte de problemas de convivencia que también están en la sociedad, en el barrio, en la comunidad. La pandemia pudo haber incidido, aunque los problemas son anteriores. Un estudio de UNICEF y la Universidad de la República, durante la emergencia sanitaria, encontró que el 90% de las familias encuestadas dijo haber sufrido cambios en su convivencia, aumentando la frecuencia de los gritos y de los castigos a sus hijos en la época de “quedate en casa”. Y eso fue tensando cada vez más una cuerda que ya venía deshilachándose.

Los resultados de otro estudio del Instituto de Evaluación Educativa también lo confirmaron: hubo un aumento del temor camino al centro educativo después de la pandemia.

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