23 de diciembre 2025 - 16:03hs

Un contexto tecnológico que cambia de forma vertiginosa, sistemas escolares presionados por la inteligencia artificial y un recurso humano que atraviesa un replanteo estructural —desde la falta de docentes que advierte UNESCO hasta la redefinición misma del trabajo en las escuelas—.

En América Latina, además, la educación es una de las principales llaves para combatir la pobreza y la desigualdad persistentes en la región. Según datos de la CEPAL, en 2024 Latinoamérica alcanzó el nivel más bajo de pobreza desde que existen registros. Sin embargo, el propio organismo advierte que ese avance es frágil si no se sostiene con políticas educativas sólidas. La educación explica cerca del 22,8% de la pobreza multidimensional total y aparece entre los factores decisivos para romper la trampa de baja movilidad social, empleo precario y desigualdad intergeneracional que aún atraviesa al continente.

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Urge comprender que pensar la educación sólo desde la gestión cotidiana ya no alcanza. La conversación pública se volvió parte del trabajo: producir datos, abrir preguntas, entender fenómenos nuevos y participar de la discusión sobre cómo se aprende y cómo se enseña en un mundo que se mueve demasiado rápido.

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En ese contexto, distintas organizaciones y redes escolares comenzaron a ocupar ese espacio. Una de ellas es la Red Educativa Itínere, presente en Argentina y Uruguay, que en los últimos años impulsó un modelo basado no solo en el hacer cotidiano, sino también en la investigación, la formación continua y la generación de contenidos que buscan aportar a debates más amplios. Ese recorrido se entrelaza con el de su fundador, Darío Álvarez Klar, cuya trayectoria reciente —marcada por certificaciones internacionales, investigaciones propias y reconocimiento regional a su liderazgo— es un ejemplo de cómo las escuelas pueden involucrarse en la discusión pública sin perder el foco pedagógico.

Un contexto que obliga a repensar los roles

La educación atraviesa tensiones que conviven al mismo tiempo: estudiantes hiperconectados que incorporan nuevas ansiedades y modos de aprender; docentes que requieren acompañamiento y actualización permanente; familias que también sienten el impacto de la transformación digital; y sistemas educativos que intentan adaptarse mientras el mundo cambia más rápido de lo que los currículums pueden absorber. En ese panorama, se vuelve inevitable una pregunta: ¿quiénes están ayudando a interpretar lo que está pasando?

No se trata de encontrar respuestas definitivas, sino de construir marcos de comprensión, ordenar información, producir evidencia y volver más legibles los problemas que atraviesan a las escuelas. Es ahí donde empiezan a cobrar relevancia las experiencias que articulan gestión, investigación y diálogo entre distintos actores, y que buscan iluminar lo que de otro modo quedaría disperso o invisibilizado.

Una red que investiga, gestiona y documenta

Desde la Red Educativa Itínere y sus establecimientos North Schools, con campus escolares en Punta del Este y Ciudad de la Costa en Uruguay, y otras cuatro escuelas en Argentina, si bien las acciones más tangibles son las que diariamente se implementan en cada centro educativo, forman parte de un proceso más amplio que involucra distintos niveles de liderazgo pedagógico y estratégico.

Ese trabajo se organiza a través de la investigación-acción, una metodología que permite articular experiencias, teorías y contextos para mejorar de manera continua la calidad educativa. La Red busca transformar su comprensión de los desafíos educativos formulando nuevas preguntas y generando cambios prácticos. Para eso, apuesta a gestionar con datos y a sistematizar el trabajo en fases —desde la definición del problema hasta la evaluación— que funcionan como un ciclo profesionalizado y permanente de aprendizaje.

El enfoque de investigación–acción, por ejemplo, implica trabajar sobre preguntas reales: ¿qué está cambiando en los chicos?, ¿qué funciona en un aula hoy?, ¿qué necesitan los docentes?, ¿qué desafíos trae la IA? A partir de esas preguntas, se planifican intervenciones, se documentan resultados y se evalúan mejoras. No es un proceso académico tradicional, pero sí un modo de generar datos y convertir esa información en conocimiento útil.

En paralelo, los directores de las distintas sedes trabajan juntos en una mesa de diseño compartida, donde intercambian prácticas, problemáticas y soluciones. Y la formación continua —a través de talleres, presentaciones de buenas prácticas o repositorios accesibles— se volvió parte de la dinámica habitual de los equipos.

Ese trabajo, más interno y menos visible, termina teniendo un efecto externo: produce insumos, evidencia y experiencias que pueden aportar a la conversación pública sobre educación.

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Participar de la conversación internacional

En los últimos años, algunas de estas prácticas empezaron a obtener reconocimiento fuera de la región. La Red Itínere fue el primer grupo educativo latinoamericano certificado por T4 Education como Best School to Work, y su fundador, Darío Álvarez Klar, fue nominado a la “Medalla de Educación para América Latina” en 2024, como único representante de escuelas uruguayas y argentinas. Este premio reconoce experiencias educativas innovadoras en la región. Su nominación —la única para Argentina y Uruguay— pone en valor un estilo de liderazgo que apuesta por el trabajo en red, la construcción de equipos diversos y la articulación entre lo público y lo privado.

Álvarez Klar, también director ejecutivo de HUB Educación e Innovación participa cada vez más en espacios de discusión global. En noviembre, participó del World Schools Summit, en Abu Dhabi, que reunió a responsables de políticas educativas, tecnólogos, directivos escolares y organizaciones internacionales para debatir desafíos compartidos: inteligencia artificial, bienestar estudiantil, formación docente, desigualdad, preparación laboral.

La participación de líderes latinoamericanos en estos ámbitos es cada vez más visible, y habla de una región que empieza a ocupar lugar en conversaciones donde tradicionalmente dominaban Europa, Estados Unidos o Asia.

Por qué liderar la conversación importa

En un mundo donde la información abunda pero la comprensión escasea, la educación necesita voces que ayuden a ordenar, traducir y contextualizar. No para imponer modelos, sino para aportar datos, construir criterio y hacer más inteligibles los desafíos que vienen.

Liderar la conversación educativa hoy tiene menos que ver con protagonismos y más con responsabilidad. Requiere escuchar, investigar, compartir, conectar, hacerse preguntas y aceptar que casi todo está en revisión. Implica mirar lo local y a la vez entender lo global; valorar la evidencia sin perder la sensibilidad por lo que pasa en cada aula.

Porque, al final, transformar la educación no depende solo de lo que pasa dentro de las escuelas, sino también de la capacidad que tengamos —como sociedades— de pensar la educación en voz alta.

Temas:

Educación Latinoamérica UNESCO Inteligencia Artificial

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