Hasta que un día, mientras navegaba por Facebook, encontró una publicación de un grupo argentino de maquilladoras. Entre los avisos apareció el anuncio de un curso de tanatoestética. Era la primera vez que veía esa palabra y, aunque no sabía exactamente qué significaba, sintió que estaba frente a algo que llevaba años buscando. Viajó a Buenos Aires sin demasiadas certezas, pero recuerda con claridad lo que sintió incluso antes de ingresar al salón donde se realizaba la capacitación. "Me di cuenta de que era mi mundo", cuenta en diálogo con El Observador.
No fue solamente por los contenidos del curso. Fue, sobre todo, por las personas que encontró allí. Las mujeres que participaban de la capacitación hablaban de la muerte sin incomodidad, compartían intereses parecidos a los suyos y entendían preguntas que ella había pasado años formulándose en soledad. Por primera vez dejó de sentirse un "bicho raro" y encontró un lugar donde aquella fascinación que la acompañaba desde niña no parecía algo extraño, sino una vocación.
La profesión que casi nadie conocía
La tanatoestética es una disciplina que combina técnicas de conservación, restauración y presentación estética de personas fallecidas antes de los velatorios. Su objetivo no es ocultar la muerte, sino ayudar a que el último encuentro entre una familia y su ser querido ocurra en las mejores condiciones posibles.
En Uruguay, cuando ella comenzó, prácticamente nadie hablaba de eso. Muchas funerarias ni siquiera conocían la palabra y otras no entendían por qué alguien contrataría un servicio de esas características. El camino fue lento. Recorrió funerarias, repartió folletos, pidió reuniones y explicó una y otra vez en qué consistía su trabajo. Más de una vez escuchó que aquello no tenía futuro. Sin embargo, siguió insistiendo hasta que llegó el primer llamado.
Todavía recuerda la mezcla de ansiedad y miedo que sintió ese día. Había estudiado durante meses, invertido en materiales y preparado un maletín que llevaba consigo como una declaración de intenciones. La fallecida era una mujer y ella trabajó durante horas intentando que cada detalle estuviera en su lugar.
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Cuando terminó, varios empleados de la funeraria se acercaron para observar el resultado. Algunos la felicitaron. Otros comentaron sorprendidos el cambio. Ella intentó mantener la compostura profesional, pero la escena que nunca olvidará ocurrió después. Cuando ya se había subido al auto recibió una llamada: era el hijo de la mujer. Lloraba, le agradecía y le decía que no encontraba palabras para describir lo que había significado volver a ver a su madre de esa manera.
Ella escuchó en silencio, respondió con profesionalismo y esperó a que la conversación terminara. Recién cuando cortó el teléfono se largó a llorar. "Sentí que estaba en la cima del mundo", recuerda.
El día que entendió cuál era su verdadera tarea
Aquel día entendió que no estaba simplemente maquillando personas fallecidas. Estaba ayudando a otras personas a despedirse. Desde entonces han pasado cientos de servicios y cada uno comienza de una forma parecida: intentando conocer a la persona que tiene delante.
"Entendí lo que significaba para una familia volver a ver a alguien que amaba", asegura. Antes de cualquier procedimiento pregunta cómo usaba el cabello, si se afeitaba todos los días, si le gustaba maquillarse o si existía algún rasgo que la familia quisiera preservar. Muchas veces trabaja con fotografías. Otras veces con relatos que los familiares reconstruyen entre recuerdos y lágrimas.
Porque el maquillaje es apenas el último paso. Antes hay horas de higiene, conservación, restauración y preparación. Hay casos marcados por enfermedades largas, internaciones prolongadas o accidentes traumáticos. Su tarea consiste en devolver algo de la imagen que el tiempo, el dolor o la enfermedad modificaron para que, cuando llegue el momento de la despedida, la familia pueda volver a reconocer a la persona que amó. Y es justamente ese momento el que más le importa.
Muchos profesionales prefieren retirarse antes de que entren los familiares, pero ella siempre se queda. Le interesa observar esa reacción, ver cómo una hija vuelve a reconocer a su madre o cómo un nieto encuentra nuevamente el rostro de su abuela detrás de los estragos de una enfermedad. Hay algo que se repite con frecuencia: el alivio. Después de semanas o meses viendo sufrir a alguien, muchas familias vuelven a encontrarse con una imagen más cercana a la que conservaban en la memoria, más serena, más familiar.
Los casos que todavía la quiebran
Los casos que involucran niños siguen siendo los más difíciles. No porque no pueda realizar el trabajo, sino porque le resulta imposible permanecer indiferente frente al dolor de los padres. "Los niños me siguen rompiendo", reconoce.
Madre de cuatro hijos, admite que esos servicios son los únicos que todavía la obligan a bajar la guardia. Cuando termina un servicio de ese tipo suele volver a su casa y encerrarse. No atiende llamadas ni responde mensajes. Necesita silencio y tiempo para procesar lo vivido. Cree que tiene que ver con la maternidad y con ese miedo universal que comparten quienes tienen hijos.
También la conmueven los niños que se despiden de una madre o de un padre. O las familias que llegan completamente quebradas. A veces la abrazan. A veces simplemente necesitan que alguien permanezca allí. Y ella se queda, porque entendió que su trabajo no termina cuando coloca el último detalle. Termina cuando la familia logra despedirse.
"Nosotros no maquillamos muertos, trabajamos para los vivos"
Con los años aprendió que la tanatoestética tiene menos que ver con la muerte que con los vivos. Por eso estudió tanatología, ceremonial funerario, servicios fúnebres y rituales de distintas culturas. Viajó a Estados Unidos gracias a un programa para emprendedores y recorrió cementerios, funerarias y centros de formación.
Quería entender mejor qué ocurre cuando alguien muere, pero sobre todo qué ocurre con quienes se quedan. "Nosotros no maquillamos muertos, trabajamos para los vivos", suele decir cuando intenta explicar una profesión que todavía genera sorpresa.
Para ella, la verdadera tarea consiste en ayudar a que una familia atraviese una despedida menos dolorosa. Está convencida de que despedirse importa. Que ver a un ser querido en paz ayuda a iniciar el duelo. Que la última imagen puede convertirse en un recuerdo menos doloroso. Y que muchas veces el verdadero trabajo consiste en acompañar, no en maquillar. "La gente cree que trabajo con la muerte, pero en realidad trabajo con el amor que queda", dice.
El próximo sueño y la música suave
En ese recorrido, su familia ocupó un lugar central. Su esposo fue una de las primeras personas que la vio perseguir una vocación que parecía improbable. Estuvo cuando decidió viajar a Buenos Aires para formarse en una profesión que casi nadie conocía en Uruguay, cuando recorría funerarias intentando explicar qué era la tanatoestética y también cuando recibió aquella llamada que la hizo llorar dentro del auto después de su primer servicio.
Hoy, después de años impulsando una profesión casi desconocida en Uruguay, tomó una decisión inesperada: va a estudiar Medicina.
No porque quiera abandonar la tanatoestética. Todo lo contrario. Quiere ser "más escuchada", volver más preparada, con más herramientas y más conocimiento. Sueña con transformar un sector que considera rezagado y con construir algún día una funeraria diferente, una donde la dignidad, el acompañamiento y el cuidado ocupen el centro de la escena.
Mientras tanto, sigue escuchando música suave durante los servicios. A veces la misma que escuchaba la persona fallecida, según le revelan sus propios familiares. Se interesa, se interioriza, se acerca.
Son detalles pequeños, casi imperceptibles para los demás, pero para ella representan una forma de recordar que detrás de cada cuerpo hay una historia, una familia y una vida entera. Treinta años después de aquella niña que dibujaba morgues, Selene siente que finalmente encontró el lugar que llevaba toda la vida buscando. "Yo no puedo devolverle una persona a una familia, pero mi trabajo consiste en cuidar el último recuerdo que van a guardar", cerró.