2 de julio 2024 - 12:10hs

Las urnas ya están en las sedes electorales departamentales a la espera del escrutinio definitivo. Pero no será necesario confirmar qué hay dentro de ellas para asegurar que estas elecciones internas dejaron otro récord: al menos 14 partidos políticos pasaron el umbral de los 500 votos y siguen en carrera hacia octubre. Es la cifra más alta desde que rigen las actuales reglas de juego.

Dicen que formar un partido político es un buen negocio. Por cada voto en las elecciones nacionales se consiguen 10 dólares. Y con menos de lo necesario para obtener un diputado, es posible hacerse de 200.000 dólares. Nada mal, ¿no?

Pero la puja electoral es, a la vez, una carrera de obstáculos. Como en Uruguay no se permiten las candidaturas personales —sino que tienen que darse dentro de un lema—, y como no existen las colectividades locales —sino que se compite a escala nacional—, es necesaria una ingeniería en que la mayoría cae en el intento.

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Esta vez hubo 23 partidos que intentaron inscribirse para la competencia. Solo 18 pasaron la primera prueba en la Corte Electoral. Ahora las elecciones internas dejaron a otras cuatro fuerzas políticas por el camino (aunque puede que el Partido Libertario, del Milei uruguayo, resucite tras el conteo de los votos observados). Y, como dice la evidencia, varios de los 14 caerán en octubre.

Pero el solo récord de partidos testimoniales (como le dicen los técnicos) que siguen con chance, puede ser la llave de la gobernabilidad. ¿En qué sentido? Imagínese un Parlamento tan dividido en que el Frente Amplio o la coalición multicolor necesiten del diputado de una de esas pequeñas nóveles colectividades para aprobar o encajonar un proyecto de ley. O piense que, a raíz de la ecuación de distribución de bancas, un partido menor no entre por migajas al Parlamento y esa banca le sea “arrebatada” por el partido mayoritario…

Porque el sistema electoral uruguayo tiende a favorecer a los partidos más grandes. No es una opinión, sino un cálculo matemático.

Resulta que en los sistemas de representación proporcional, como el uruguayo, los parlamentos se arman según la cantidad de votos que consigue cada partido. Pero esa proporcionalidad no es perfecta. Como las bancas son números enteros (hay 99 diputados y no fracciones), los decimales tienen que asignarse de algún modo. Y Uruguay, como buena parte de Sudamérica y la Europa occidental, siguió el método diseñado por el jurista belga Victor d'Hondt.

En 1878, el experto armó una tabla en que dividía los votos obtenidos por cada partido según el número de bancas (o cargos) a asignar. Luego, se ordenan los resultados de esas divisiones de mayor a menor. Y los escaños se reparten a favor de los promedios más altos (los partidos más grandes).

El ejemplo emblemático ocurrió en 2014, cuando el Frente Amplio consiguió la mayoría parlamentaria porque en los conscientes de esas divisiones había quedado mejor posicionado que el Partido Ecologista. Otra vez: la mayoría legislativa puede obtenerse con menos del 50%. Y este año, a juzgar por las fuerzas en disputa, puede que con menos del 47,5% que los analistas sitúan “la cifra mágica”.

La mayoría parlamentaria

Cuando la Usina de Percepción Ciudadana reveló los primeros datos de la proyección de escrutinio, a las 20.31 horas de este domingo, y mencionó que el Frente Amplio había sido la colectividad más votada, en el búnker del partido de coalición de izquierda un grupo de militantes empezó a corear: “Volveremos, volveremos”.

El viento en la camiseta, dibujado en la sonrisa del candidato vencedor, parecía que se llevaba todo por delante. Pero, ¿qué significa volver?

No es una pregunta filosófica. ¿Volver es retornar el gobierno? ¿O es obtener la mayoría parlamentaria?

Las encuestas de opinión pública muestran que el Frente Amplio está con un piso de intención de voto superior al observado en la misma altura de la campaña de 2019. Pero, a la vez, la distancia a su techo es más corta (en el sentido de que cuenta con menos margen para captar a los indecisos que cabalgan a mitad de camino entre ambos bloques ideológicos).

Y es entonces que entran en juego los partidos pequeños. No solo que puede superarse el récord de 2019, en que siete fuerzas políticas entraron al Parlamento, sino que estas colectividades menores podrían abrazar el desencanto de algunos electores que caen en la rajadura que deja todo choque de grandes placas.

Identificación política.
Evolución de la población uruguaya identificada con algún partido político (1994 a 2022)

Evolución de la población uruguaya identificada con algún partido político (1994 a 2022)

“La evidencia apunta a una caída de la identificación partidaria en las últimas décadas”, dice el sociólogo Rafael Porzecanski tras una regresión local de los resultados de encuestas de opinión pública desde 1994 a 2022.

Y esa baja en la identificación, en el marco de una elección obligatoria como la de octubre, abre paso a las nuevas opciones. Mucho más si se tiene en cuenta que, como escribe Porzecanski en un capítulo del libro Partidos y movimientos políticos en Uruguay, “a pesar de la solidez de los partidos políticos uruguayos, la identificación ciudadana con estos está lejos de ser universal. Incluso en momentos de ‘temporada alta’ (períodos electorales) hay una significativa minoría que no se identifica con ninguna fuerza política”. Cerca de la mitad del electorado no tiene un vínculo de identidad con ninguna fuerza política.

Y al mismo tiempo, concluyó el politólogo Antonio Cardarello, “como es posible que el Frente Amplio vote en octubre mejor de lo que lo hizo en 2019, sus cocientes para la definición del diputado 49 o 50 es probable, por el método d'Hondt, que sean mejores que los partidos testimoniales”.

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