3 de noviembre de 2026 5:00 hs

La hija tiene 60 años. Su madre, 88. Cada mañana, antes de ir a trabajar, la llama para comprobar que se levantó bien, tomó la medicación y tiene algo para almorzar. Los miércoles la acompaña al médico. Los fines de semana hace las compras. Y cuando suena el teléfono a una hora inusual, teme que haya ocurrido algo.

La escena es hipotética, pero representa una realidad cada vez más frecuente en un país que envejece: personas que se acercan a la vejez mientras todavía cuidan a sus padres, que viven cada vez más años.

Esa hija imaginaria tiene una certeza. Quiere acompañar a su madre mientras pueda. Pero también tiene un deseo: que sus propios hijos no tengan que hacer lo mismo por ella.

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La contradicción no es exclusivamente suya.

Una nueva investigación de la consultora Cifra para la empresa Alcance, especializada en servicios de compañía, encontró que el 63% de los adultos uruguayos cuida actualmente o ha cuidado a alguien que necesitaba apoyo. Sin embargo, otro 63% preferiría no recibir ayuda de su familia cuando llegue a la vejez y resolver sus necesidades de otra manera.

Es la paradoja de una sociedad que vive más años: la familia continúa siendo el principal sostén de quienes necesitan cuidados, pero una mayoría imagina un futuro en el que sus hijos no tengan que asumir esa responsabilidad.

La investigación de Cifra, realizada entre el 30 de setiembre y el 23 de octubre de 2026, incluyó una encuesta telefónica a 803 adultos y cuatro grupos focales de personas de 50 años o más, diferenciados por edad y nivel socioeconómico.

Sus resultados permiten asomarse a una discusión que trasciende la atención médica o las jubilaciones: ¿cómo quieren vivir los uruguayos cuando ya no puedan valerse completamente por sí mismos?

Un país donde los hijos también envejecen mientras cuidan a sus padres

Uruguay hace tiempo que dejó de tener una pirámide poblacional con una base ancha de niños y jóvenes y una cima estrecha de adultos mayores.

El Censo 2023 confirmó que el país tiene 3.499.451 habitantes y una estructura demográfica marcada por la baja natalidad y el envejecimiento. Las personas de 65 años o más representan aproximadamente el 16% de la población, casi el doble de la proporción que tenían a mediados del siglo pasado.

No es solo que haya más personas mayores. También conviven durante más tiempo distintas generaciones de una misma familia.

Una persona de 65 años puede tener hijos adultos, nietos adolescentes y una madre de 90. Puede estar jubilada y, al mismo tiempo, ser quien organiza las consultas médicas, compra los medicamentos o se ocupa de que su padre no pase demasiadas horas solo.

La longevidad trae consigo una buena noticia: más años de vida compartida. Pero también plantea una dificultad que no siempre aparece en las estadísticas demográficas: las responsabilidades de cuidado pueden extenderse durante décadas.

El estudio de Cifra muestra que casi dos de cada tres adultos ya tienen experiencia cuidando a alguien que necesita apoyo.

No necesariamente se trata de una persona mayor ni de alguien con una enfermedad permanente. La pregunta comprende tanto a quienes cuidan actualmente como a quienes lo hicieron en algún momento de su vida.

Pero en una sociedad que envejece, ese resultado adquiere una dimensión particular.

Porque cuidar no siempre significa realizar una tarea física. A veces consiste en estar pendiente de que no falte nada. Y esa responsabilidad puede acompañar a una persona durante buena parte del día, incluso cuando está trabajando o atendiendo a su propia familia.

La paradoja: la familia cuida, pero no queremos que nuestros hijos tengan que hacerlo

El dato central de la investigación aparece al comparar dos respuestas.

Entre quienes necesitan ayuda, el 59% la recibe principalmente de su familia. Es decir, el entorno familiar continúa siendo la principal red de apoyo.

Sin embargo, cuando se les pregunta a los adultos cómo preferirían resolver sus propias necesidades de cuidado en la vejez, el 63% opta por alternativas que no dependan de sus familiares.

El contraste no significa que los uruguayos quieran alejarse de sus familias. Tampoco que prefieran vivir solos o renunciar al contacto con sus hijos.

Lo que aparece es una distinción entre dos formas de acompañar: la responsabilidad de resolver las necesidades cotidianas y el vínculo afectivo.

Una cosa es que un hijo visite a su madre, comparta un almuerzo o la acompañe a pasear. Otra es que deba reorganizar su vida para atender sus necesidades durante todos los días de la semana.

La diferencia quedó reflejada en una frase pronunciada por una persona de entre 50 y 65 años, de nivel socioeconómico alto, durante uno de los grupos focales:

No quiero que mis hijos tengan que pasar por lo que yo pasé No quiero que mis hijos tengan que pasar por lo que yo pasé

La frase resume una experiencia que puede resultar familiar para muchos uruguayos: el deseo de cuidar a quienes los cuidaron, pero también el temor a que esa responsabilidad termine condicionando la vida de la siguiente generación.

En las conversaciones grupales surgió precisamente esa separación entre el cuidado práctico y la presencia emocional. Las tareas pueden compartirse o delegarse. El afecto, no necesariamente.

Y en esa diferencia comienza a aparecer una nueva manera de imaginar la vejez.

El trabajo invisible de cuidar: estar pendiente incluso cuando no se está

Volvamos a aquella mujer de 60 años que cuida a su madre.

Acompañarla a una consulta médica le puede llevar dos horas. Prepararle la comida, otras tantas. Pero hay una parte de su responsabilidad que no empieza ni termina con esas tareas.

Tiene que recordar cuándo se acaba la medicación, coordinar los horarios del médico, prever quién se quedará con ella si necesita salir y resolver qué hacer si aparece una urgencia.

Es lo que la investigación distingue como el trabajo visible y el trabajo invisible del cuidado.

El primero comprende las tareas concretas: preparar alimentos, realizar traslados, acompañar a consultas y atender necesidades diarias.

El segundo es menos evidente, pero no necesariamente menos agotador: organizar, anticiparse a los problemas, coordinar con otras personas y mantenerse disponible.

Los grupos focales identificaron sentimientos de desgaste y culpa, además de una responsabilidad que muchas veces termina concentrándose en una sola persona.

La culpa puede aparecer cuando quien cuida siente que no está haciendo lo suficiente. O cuando necesita descansar. O cuando empieza a considerar la posibilidad de contratar ayuda externa.

¿Hasta dónde llega la obligación de un hijo de cuidar a sus padres? ¿En qué momento pedir ayuda deja de percibirse como un abandono?

Son preguntas que el estudio no responde con porcentajes, pero que aparecieron en las conversaciones de sus participantes.

Y que adquieren otra dimensión en un país donde las familias son cada vez más pequeñas.

El Censo 2023 mostró que casi tres de cada diez hogares uruguayos están integrados por una sola persona. No todos son hogares de adultos mayores, pero el fenómeno da cuenta de una transformación en las formas de convivencia.

A su vez, la caída de la fecundidad implica que las generaciones futuras tendrán, en promedio, menos hijos y hermanos con quienes compartir las responsabilidades familiares.

La combinación plantea un desafío: si aumenta la cantidad de personas que llegan a edades avanzadas, pero se reduce el tamaño de las familias, ¿quién asumirá las tareas de cuidado?

Envejecer en casa: la preferencia de casi la mitad de los uruguayos

Hay algo que no aparece en una historia clínica: el valor de dormir en la cama de siempre, preparar el desayuno en la cocina conocida o saludar al vecino que vive enfrente desde hace décadas.

La casa puede ser mucho más que cuatro paredes.

Es el lugar donde una persona conoce los ruidos, organiza sus rutinas y conserva una parte importante de su independencia.

Por eso, cuando la encuesta preguntó dónde preferirían vivir los adultos si necesitaran ayuda durante la vejez, el 49% eligió permanecer en su propia casa.

Pero dentro de esa preferencia existen diferencias.

¿Cómo preferirían recibir cuidados en su vejez?

Es decir, algo más de una cuarta parte de los adultos preferiría continuar viviendo en su hogar con asistencia remunerada, mientras que otro 22% optaría por recibir ayuda familiar en su propia vivienda.

El resultado sugiere que la autonomía no necesariamente se asocia con hacer todo sin ayuda, sino con conservar la capacidad de decidir cómo vivir.

Porque una persona puede necesitar que alguien le prepare el almuerzo, la ayude a bañarse o la acompañe a una consulta, pero mantener intacta su capacidad de decidir qué quiere comer, a qué hora levantarse o cómo organizar su jornada.

La diferencia no es menor.

Envejecer con autonomía no significa necesariamente vivir sin apoyos. Significa que esos apoyos no sustituyan la voluntad de quien los recibe.

El cuidado profesional y una nueva manera de acompañar

El cambio de expectativas también se refleja en la disposición a contratar servicios especializados.

Según la encuesta, el 51% de los adultos elegiría un servicio de acompañantes si un familiar necesitara más ayuda de la que puede brindarle.

El dato es especialmente relevante porque el estudio fue encargado por Alcance, una empresa que ofrece precisamente servicios de compañía. La investigación, por tanto, permite conocer actitudes hacia este tipo de asistencia, aunque no mide cuántas personas efectivamente contratan estos servicios ni cuántas podrían pagarlos.

La preferencia declarada tampoco implica que el cuidado profesional deba sustituir completamente al familiar.

En los grupos focales surgió la importancia de que los acompañantes tengan preparación, que exista continuidad en las personas que cuidan y que se construyan relaciones de confianza.

No se trata únicamente de que alguien esté presente, sino de cómo se construye ese vínculo.

Pensemos en otra situación hipotética: un hombre de 82 años que vive solo, tiene dificultades para desplazarse, pero mantiene una vida social activa. Sus hijos trabajan y no pueden acompañarlo todos los días. Contratar a alguien durante algunas horas podría permitirle seguir viviendo en su casa, mientras sus hijos conservan el vínculo afectivo sin tener que resolver cada necesidad cotidiana.

Ese es uno de los modelos de cuidado que empieza a ganar espacio en las preferencias recogidas por la encuesta.

Pero hay una dimensión que el informe no permite resolver: el costo de esas alternativas.

Preferir asistencia profesional no significa necesariamente contar con los ingresos para contratarla. Y querer permanecer en casa tampoco garantiza que la vivienda reúna las condiciones de accesibilidad o que existan apoyos suficientes para hacerlo.

La posibilidad de elegir cómo envejecer también está condicionada por los recursos económicos, las redes familiares y los servicios disponibles.

El desafío de un país que envejece

Uruguay fue uno de los primeros países de América Latina en avanzar hacia una estructura poblacional envejecida. El fenómeno, sin embargo, ya no es exclusivo de una sociedad que tiene muchos adultos mayores: también es consecuencia de que nacen menos niños.

Esta transformación obliga a revisar cómo se organizan las familias, pero también las políticas públicas.

Uruguay cuenta con un Sistema Nacional Integrado de Cuidados que reconoce las necesidades de las personas en situación de dependencia y de quienes realizan tareas de cuidado. Su desarrollo enfrenta el desafío de atender una demanda que puede crecer a medida que envejece la población.

El problema no se limita a disponer de suficientes cuidadores.

También involucra la formación de quienes realizan esas tareas, las condiciones laborales, el financiamiento, la accesibilidad de las viviendas y la posibilidad de que las personas mayores participen en las decisiones sobre su propia vida.

Y hay una discusión adicional: durante mucho tiempo, buena parte del cuidado familiar recayó sobre las mujeres, en tareas que no siempre fueron reconocidas como trabajo.

La investigación de Cifra no presenta un desglose por sexo de las responsabilidades de cuidado, por lo que no permite determinar cómo se distribuyen entre hombres y mujeres dentro de su muestra. Pero sí identifica el desgaste que puede producir la concentración de esas responsabilidades en una sola persona.

Es una advertencia sobre los límites de un modelo que depende de la disponibilidad de los familiares para sostener la vida cotidiana de quienes necesitan ayuda.

La pregunta que está cambiando

La mujer de 60 años de la escena inicial vuelve a llamar a su madre. Esta vez no para recordarle un medicamento ni coordinar una consulta.

Simplemente quiere saber cómo está.

Quizás esa sea una de las aspiraciones que mejor resume la investigación: que los hijos puedan seguir siendo hijos, incluso cuando sus padres necesiten cuidados.

El estudio de Cifra muestra que los uruguayos no necesariamente quieren menos familia en la vejez. Lo que muchos parecen querer es una relación distinta entre el afecto y las obligaciones cotidianas.

Durante generaciones, una de las preocupaciones asociadas al envejecimiento fue quién se haría cargo de una persona cuando perdiera autonomía.

Pero en un país donde las personas viven más años, las familias son más pequeñas y los adultos mayores también cuidan a otros adultos mayores, empieza a surgir una pregunta diferente.

Ya no se trata solamente de quién nos va a cuidar, sino de cómo queremos vivir cuando necesitemos que alguien lo haga.

Y la respuesta, según esta investigación, está empezando a cambiar.

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