3 de noviembre de 2026 5:05 hs

El 21 de octubre pasado se presentó el libro “ Escuela y Liceo Elbio Fernández: 150 años forjando la educación para la libertad”, que fue escrito por dos distinguidos referentes de la historia de la educación, Luis Rodolfo González Rissotto y Susana Rodriguez Varesse. La loable iniciativa del libro fue de la Sociedad de Amigos de la Educación Popular (SAEP) que, a lo largo de su historia, mantiene dignamente un democrático y férreo compromiso con la educación. El evento fue presidido por el Director de la SAEP, González de Toro, y contó con la participación de ilustres integrantes de la SAEP – entre ellos, el ex presidente, Julio Maria Sanguinetti, así como de personalidades de la educación, de la política, de la academia, de la sociedad civil y del periodismo. El panel de presentación del libro fue integrado por el propio presidente de la SAEP, la coautora del libro, el profesor de historia Pietro Cavallero y quien escribe esta columna.

El libro es un estimulante y esclarecedor viaje por la educación del país y en particular del Elbio Fernández que nos habla de dos fascinantes historias paralelas que se entremezclan, se diferencian, y hacen causa y obra común en aspiraciones, ideas, enfoques, estrategias y resultados. Se trata de un saber documentado y reflexivo, prolijamente escrito, que nos compromete ética y cognitivamente a profundizar en nuestra raíces históricas, para animarnos a repensar la educación bajo la tensión iluminadora e intelectualmente desafiante, de hurgar en las síntesis entre continuidad y cambio. Son 150 años de noble involucramiento con el ser y el quehacer de la educación entendida como el cimiento de una sociedad comprometida con el progreso y el bienestar individual y colectivo, y siempre velando por jerarquizar la libertad de pensamiento. En buena medida el libro es un recordatorio, por lo demás pertinente, que la educación es la base insoslayable de forjar un mejor porvenir.

El libro pone la mirada en lo esencial de la educación que es formar seres libres, pensantes y racionales, y agregamos, seres cosmopolitas, comprometidos, cooperantes, solidarios y futuristas. Sin devenir en sujetos que se sirven de su propio entendimiento, como decía el pensador universal, Immanuel Kant (1), no es posible pensar por sí mismo. La idea de forjar, diferente a la de instruir, y que se contrapone a prescribir, adoctrinar y mandatar, hace al cerno de una educación liberal abierta y contemplativa de las diversas formas de expresión de la experiencia humana.

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La Sociedad de Amigos de la Educación Popular (SAEP) es una construcción evolvente, fermental y propositiva, de impronta filosófica, cultural y social, que posiciona la educación como una prioridad en formar una sociedad de cercanías y encuentros, de animarse a ver más allá de las coyunturas y poner la mirada en la formación integral e íntegra del estudiante como persona.

El libro es una invitación provocativa, seductora y optimista, a hurgar y entender los legados y el presente para precisamente forjar el porvenir. Como dice la UNESCO no hay un futuro pre decretado sino futuros a aspirar (2) que responden a la voluntad de atreverse a pensar e idear los futuros de las nuevas generaciones enmarcados en imaginarios sociales. Los futuros demandan preguntar sobre qué educación se requiere para que tipo de sociedad, comunidad y persona se aspira lograr. No se trata de una pregunta retórica, muchas veces vilipendiada como “teórica”, sino hace a la razón de existir de los sistemas educativos.

El ilustre Ricardo Pascale nos recordaba en sus punzantes reflexiones, que “Uruguay siempre ha tenido una mala relación con el futuro y el corto plazo es el que domina” (3). Este libro es por lo demás pertinente para retemplar los espíritus y las voluntades para progresar, para vencer el quietismo y la complacencia, y para animarse a pensar el Uruguay de las próximas décadas saliéndose de lo políticamente correcto, cansino y regresivo. Una lectura que llama a la reflexión y a la acción bajo la premisa que permea históricamente a la SAEP de educación, educación, educación, siempre educación.

A sabiendas que la obra admite múltiples entradas para su análisis – se compone de 15 capítulos que abarcan desde el proceso social y educativo de la fundación de Montevideo hasta nuestros días, nos detenemos en el Capítulo 4 La Escuela Elbio Fernández y su influencia en la reforma educativa del Urugay. Lo hacemos bajo el entendido que en dicho capítulo se esbozan ideas fuerzas de elevado calado en sus implicancias, que mantienen vigencia y que podrían nutrir el reposicionamiento de la educación como prioridad país. Entre otras ideas fuerza, mencionamos seis de ellas.

La primera de las ideas es remarcar la inextricable vinculación entre democracia y educación. El libro menciona la conferencia brindada por José Pedro Varela que lleva por título “Educación y democracia” en el Club Universitario – 18 de setiembre de 1868, y donde se suscribiera el acta fundacional de la SAEP (4). La educación entendida como el cimiento de valores, mentalidades y prácticas democráticas recobra la mayor de la relevancias en la actualidad cuando se constata una erosión de la democracia a escala mundial, y la pérdida de apoyo entre las generaciones más jóvenes. El historiador y analista político, Timothy Garton Ash, asevera “que, a finales de 2020, por primera vez en este siglo había en el mundo menos democracias que regímenes no democráticos” (5).

Agustín de Vedia, diputado por el departamento de Cerro Largo, aseveraba, en 1873, con un sentido provocador, que “la democracia no existe entre nosotros” y que “los derechos no son más que simples teorías cuando la educación no los ha grabado en el alma de los ciudadanos” (4). Se trata de llegar a lo más profundo de cada persona para contrarrestar el envilecimiento del espíritu. Difícilmente la democracia pueda apropiarse en las generaciones más jóvenes cuando no se logra comprender el sentido de un texto largo, o bien no se puede diferenciar entre un hecho y una opinión, o bien resulta difícil mantener la atención al leer un texto impreso de mediana extensión.

La segunda de las ideas es advocar por una educación personal, ciudadana y comunitaria asentada en el espíritu liberal, racional y laico que cultiva la integridad del estudiante como ser humano, el progreso moral e intelectual, su dignidad e individualidad, la inteligencia humana, la comprensión y la observación integrando sensibilidades y saberes. Educar es comprometer y hacer coparticipe a las nuevas generaciones en el desarrollo de las capacidades, los conocimientos, los valores, las actitudes y las emociones para que puedan actuar autónomamente en la vida, ejercer plenamente la libertad, con pensamiento propio, comprender y tomar posición sobre diversidad de asuntos individuales y colectivos.

Ya a finales del siglo XIX, la SAEP planteaba la preocupación curricular por integrar y hacer dialogar a los saberes a través de una mirada fina e integral en los programas – por ejemplo, “Lecciones sobre objetos que ofrecía todos los elementos fundamentales de todas las otras materias que constituían el programa de la escuela de la SAEP” (4). O la integración de saberes de física, botánica, química, fisiología, higiene y astronomía bajo la materia Ciencias Naturales y Exactas. El propósito perseguido radicaba en integrar para mejor comprender y actuar, evitando la fragmentación del conocimiento en disciplinas aisladas y enclaustradas en sí mismas. Al decir del ilustre pensador y político, José Enrique Rodó, la educación tiene que formar individuos completos con foco en la integridad de la condición humana y en contrarrestar la mutilación del espíritu “por la tiranía de un objetivo único e interesado” (6). La aspiración de la educación del pueblo por el pueblo – emblema de la SAEP - es “llevar a todas las conciencias el rayo benéfico de la educación” (4).

La tercera de las ideas pone el foco en la pedagogía entendida como la permanente búsqueda de las mejores formas combinadas de enseñar y aprender. Por ejemplo, se menciona “el sistema mixto y el método fonético de las palabras para la enseñanza de la lectura” (4). Se advierte sobre la necesidad de evitar los modismos, las ortodoxias y los ideologismos, que generalmente están lejos del sentir y vivir de la escuela y del aula. También se constata la necesidad de tener hilos conductores en la formación desde la educación primaria en adelante así como adaptar las ofertas, los espacios de aprendizaje y los materiales a las edades y capacidades de los estudiantes. Una educación flexible, abierta a la experimentación y con la mirada puesta en fortalecer la enseñanza y el aprendizaje por encima de toda doctrina, busca priorizar al estudiante persona y su desarrollo moral e intelectual.

La cuarta de las ideas profundiza en entender a la educación como la conjunción del esfuerzo y del placer, de habilitar y exigir ética y cognitivamente. La observancia de normas y reglas de respeto recíproco entre educadores y estudiantes – puntualidad, cumplimiento el horario escolar, coadyuvan, entre otras cosas, como aseveraba Varela, a que “los niños vayan a gozar estudiando, y a estudiar gozando” (4). Varela pone el acento en el rol insoslayable de la comunidad educativa que lo refleja en una frase cargada de compromiso con el sentir de la escuela: “Haced que los niños no cuenten ansiosos cuántos días faltan para el domingo” (4).

Tal como señala el pedagogo francés, Philippe Meirieu, una educación de impronta emancipadora se sustenta en que las y los estudiantes desarrollen su pensamiento propio, progresen colectivamente vivenciando y sopesando el placer y el esfuerzo, la frustración y el logro, y a la luz de imaginarios de sociedad que la educación contribuye a su consecución. Se trata de cultivar el pensamiento, el habla, la cultura, la comprensión, el intercambio profundo, la cooperación y la solidaridad (7).

La quinta de las ideas yace en la convicción que desde la sociedad civil se pueden germinar y llevar ideas que calen hondo en el país. El libro hace referencia a un artículo publicado por el intelectual Francisco Cordero, en el Diario El Siglo (1908), donde arguye que “La escuela Elbio Fernández fue la precursora del movimiento educacional operado en la república” (4). Ya se hablaba de la necesidad de impulsar “las ideas de transformación educativa, largamente postergadas”, y de avanzar en una escuela modelo y referente (4). El libro hace un paralelismo con el pasado más reciente al mencionar “el movimiento de educadores reunidos en EDUY21” como “una iniciativa ciudadana, con la finalidad de impulsar un cambio educativo y una educación para el cambio” (4). Precisamente Eduy21 alentó un cambio profundo y sistémico de la educación, enmarcado en un acuerdo social en educación para ser implementado por lo menos por una década, y asentado en forjar la unidad de propósitos en la diversidad perspectivas. Siempre se va a requerir de una sociedad civil vigorosa, desafiante, plural y propositiva para que los sistemas político y educativo se animen a transformar.

La sexta de las ideas estriba en comprender la laicidad como educar a aprender a vivir juntos, resguardando las diferencias de pensamiento y de credos, y garantizando que ninguna es hegemónica en la formación de las nuevas generaciones. Es cuestión de mantener la independencia ética y lúcida de concepciones filosóficas y religiosas, y de adhesiones políticas, que no implica indiferencia, sino respeto por la formación del estudiante bebiendo e integrando diversas corrientes. La laicidad no es neutralidad de valores, o indiferencia, sino un sustento insoslayable de una formación integral, íntegra y balanceada de la persona estudiante.

El libro menciona un remitido público en las crónicas de diario La Democracia, firmado por Varela, Berra y García Lagos – secretarios de la Comisión Directiva de la SAEP: “nosotros aspiramos a educarlo, no formando católicos o protestantes o racionalistas o ateos, sino hombres educados que seguirán el dogma que más verdad encierre con arreglo a los dictados de su conciencia” (4). Se desafía la idea de verdades absolutas como vertebradoras de la formación.

La religión es más bien entendida como resorte de responsabilidades de los padres. Quizás hoy nos podríamos referir a una laicidad espiritual de amplia base, asentada en valores universales, que aprecia y estimula la expresión de múltiples sensibilidades y que tiende puentes entre diferentes. Como señala el historiador Gerardo Caetano, la tradición de estado social impulsó asimismo el desarrollo de una educación laica, difusora de valores morales por encima de cualquier credo, y en particular de los religiosos (8).

Repensar la educación como cimiento de progreso y desarrollo constituye un deber ético y político de cara a priorizar la formación de las nuevas generaciones para un mejor porvenir. A la largo de su historia, bien documentado en el libro, el Uruguay ha tenido la voluntad y audacia de pensar más allá de las coyunturas. Los visionarios y estadistas, que atesora el Uruguay, no miraron las encuestas de opinión o realizaron cálculos electoralistas de recorrido corto para decidir que hacer o no en las cuestiones fundamentales del país. No les tembló el pulso. Cuando se constata una clara intencionalidad de cambio pensando en las nuevas generaciones, la educación es la vía principal para forjar una visión de sociedad democrática, justa, de oportunidades y cercana.

Referencias bibliográficas

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