Es que no saben.
Como Martínez está en aislamiento, las que ahora van a contar la historia son dos de sus hermanas, Evangelina y Alejandra Martínez, y la mamá —de ella y de otros 12 hermanos—, Juana Urristi.
Para entenderla, coinciden, hay que remontarse a la bisabuela.
La mujer era de una familia pudiente pero, dice Urristi, tenía al menos dos problemas: el primero era que caminaba renga; el segundo, que se enamoró de un peón morocho, lo que derivó irremediablemente en que la familia le diera la espalda.
Así fue que la pareja se instaló en el incipiente barrio Cien Manzanas de Salto, que era puro caminito, árbol y roca, y empezó una historia de pobreza extrema que arrastró a todos los que vinieron después: la abuela de Martínez, internada en el Vilardebó; el abuelo, un hombre abusador que no dudaba en tirar todo al piso, romper lo que hubiera enfrente o pegarle a su esposa y a sus hijos; Urristi, que en ese entonces tenía cinco años, terminó internada en el entonces Consejo del Niño.
De adulta, no pudo cortar el patrón: tuvo 13 hijos con distintos hombres y tres parejas que la golpeaban. Vendía ropa y productos de limpieza en ferias. Se quedaba en la calle hasta tarde y, de noche, se iba al bar.
Los niños la pasaban solos.
Cuando todavía eran siete hermanos, Urristi viajó a Montevideo con todos sus hijos y pidió ayuda al Instituto Nacional del Menor, pero no tuvo suerte. Solo le dieron pasajes de vuelta a Salto.
Las lluvias del Niño de 1998 hicieron que la creciente del río Uruguay llegara hasta su casa. La Intendencia les dio un terreno para que se mudaran. Tenía un rancho hecho de chapas.
—Yo estaba muy, pero muy mal. Mi pareja me maltrataba, mi familia no me apoyaba. Un día me fui a trabajar y después me fui a un bar, tomé, como que estaba nublada, no quería ir a casa. Los dejé en la pieza —cuenta Urristi.
Alejandra fue la tercera en nacer, dos años antes que Jessica. Recuerda los días de soledad, cuando tenía apenas 10 años y ya se hacía cargo de los siguientes seis hermanos más chicos. Que ese 4 de abril de 1998 llovía sin parar, que la puerta de la casa no tenía bisagras y que ellos la movían como si fuera corrediza, aunque sin rieles, cada vez que alguien asomaba a preguntar cómo estaban. Dice que eran como cachorritos abandonados en una caja. Urristi no había vuelto y ya no tenían ropa para ponerse. Ella andaba con una bombacha roja, que era de su madre y le quedaba enorme. Tampoco tenían qué comer. No tenían luz: la almacenera les daba velas. A veces su tío los enganchaba a la luz del foco de la calle, y eso para ellos era motivo suficiente para estallar de alegría. Era noche de fiesta. No estaban desnutridos, pero estaban flacos.
Ese día de lluvia era el segundo en que su madre no estaba. Recuerda el frío, y que pasó un vecino, que asomó por el costado del terreno a preguntar si estaban solos, y les dejó una bolsa de galletas. Que las galletas estaban verdes de moho.
Al rato llegó la policía, que los envolvió para cubrirlos y los llevó al Iname.
Esa historia también quedó registrada. Según informaron desde el INAU a El Observador, el expediente de los siete hermanos debería estar entre papeles, entre montañas de carpetas, a su vez en cajas, prácticamente imposible de rescatar con facilidad.
La vida en el “hogar” y la puntada de salida
Al hogar fueron siete: Alejandra, Jessica, Diana, Christian, Brian, Cintia y Maxi, que entonces tenía un año y que murió hace algunos años. Los dos más grandes, Martín y Evangelina, estaban en la casa de uno de los padres. Urristi estaba embarazada de Kevin.
Los recuerdos de Alejandra en el hogar mixto del Iname están llenos de violencia: por los internos y por los funcionarios. Cuenta que todos terminaban golpeados en algún momento. Y ella, aunque solo tenía 10 años y apenas dos más que Jessica, se sentía la mamá de todos.
Urristi los visitaba una vez por semana y denunciaba cada vez que podía lo que los niños le contaban: que recibían golpes, que uno de ellos había pasado una noche en el techo, que no querían estar ahí.
Entonces, los separaron a todos.
Primero se fue Alejandra al hogar de adolescentes. Había talleres de costura, aunque ella no les prestó atención. Al tiempo, el hombre que le dio el apellido se la llevó con él: la puso a trabajar, a vender productos en la calle. Ese hombre era el padre de Alejandra en los papeles, pero no de sangre. Jessica también lleva el apellido Martínez, pero no por él, sino porque es el que le tocó por sorteo en la nómina del Registro Civil. En la casa de Gran Hermano, contó a sus compañeros que, en total, si cuenta a los hijos de su padre biológico, son 17, aunque a ellos los conoció después, ya de más grande.
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Con la salida de Alejandra del INAU, llegaron al hogar de adolescentes sus hermanas: Jessica y Diana. Ellas sí se engancharon y se pusieron a coser. Los varones quedaron en el otro hogar.
—Jessica, en vez de envolverse en esa tristeza y en ese trauma, se rescató en la costura. Se envolvió como en un caparazón de tela —dice Urristi, sentada en el atelier de ropa interior que su hija lidera desde hace diez años. Sus hermanas son quienes le cuidan el negocio mientras ella intenta mantenerse en la casa de Gran Hermano.
—Yo les decía a los del INAU: no estoy loca, estoy deprimida, una depresión bastante importante. Pero a mis hijos no los voy a dar. Estoy pasando por un mal momento, pero los voy a rescatar.
Al año, el hombre que había sacado a Alejandra del hogar del Iname también sacó al resto, y fue la forma de que Urristi pudiera estar con todos sus hijos juntos. Él tomaba vino hasta emborracharse.
—Nosotros tomábamos agua sucia. No sabíamos si era mejor o peor estar ahí —dice Alejandra ahora.
No había para comer, mucho menos para comprar cuadernolas.
La pelea por el banquete
La primera vez que Jessica estuvo en foco en la casa de Gran Hermano fue por la cocina. En una casa con 20 personas, el que lidera ese espacio ostenta, de alguna manera, el poder. Es la reina del banquete.
En ese momento, en que varias le declararon la guerra por adueñarse del convite, fue que Jessica se acordó de que de niña le decían pata sucia.
Era la época en que no era dueña de nada.
Estaban en el barrio Artigas con sus hermanos y veían que, desde otra vereda, sobre una avenida, había un cumpleaños. No sabían de quién era, pero sabían que querían estar ahí.
Jessica le pidió a su hermana mayor que la llevara.
No iban a poder ir todos, porque los últimos dos hermanos eran todavía bebés. Alejandra le dijo que fuera ella a preguntar y que, si los dejaban entrar, que le trajera un pedacito de torta.
Jessica cruzó y volvió corriendo, descalza, eufórica de felicidad:
—¡Dijeron que sí! ¡Pero que nos tenemos que lavar las patas, porque tenemos las patas sucias! —recuerda ahora Alejandra las palabras de su hermana.
Nunca tenían cumpleaños. Nunca los invitaban a nada. Eran los niños de la calle. Ellos solo comían torta si en el barrio los ayudaban.
Ahora, en Gran Hermano, Melanie es una de las participantes que no le cree: dice que hay cosas que ella cuenta de su historia que son mentira, que qué le importa si a Jessica la abandonaron o la tiraron por ahí.
Hace unos días, los jugadores se entretuvieron tratando de acomodar unos huevitos de paloma que estaban a punto de caerse del nido.
Jessica se angustió tanto que fue llorando al confesionario a pedirle ayuda a Big.
—Vos ponete en el lugar, estás yendo por la ruta y al costado hay una cajita con dos gatitos. Vos no decís: ay, la mamá va a venir a buscarlos. ¡Los agarrás y te los llevás! Ahora es lo mismo, porque se dio vuelta el nido, y se van a caer. ¡Aparte, hace frío!
Gran Hermano le dijo que lo sentía, pero que no podía hacer nada.
Laura, la competidora más veterana de la casa —y que también mira con desconfianza a Jessica— largó ante la cámara:
—No da para hacer tanto drama, hay algo ahí que está faltando, o que está fallando.
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—Ella no fue tirada. Hay otra historia. Mi hija no llora porque está jugando, llora porque tiene que revivir muchas cosas. Uno las deja como dormidas —retruca Urristi del otro lado de la pantalla, desde el atelier.
Hoy, Urristi no esquiva lo que pasó.
—Lamento y les pido perdón a mis hijos por todo lo que vivieron. No tuve la fuerza necesaria para salir en ese momento. Después sí hice coraje y salimos adelante. La vida de Jessica fue muy traumática en el INAU, siendo una niña. Como soy la madre, me hago cargo de ese episodio que tuvieron que vivir Jessica y los otros hermanitos. Me hago cargo hasta el día en que yo no esté más.
Alejandra, que de niña hacía de madre de todos, lo mira de otra forma.
—Hoy entiendo que mi madre tenía alguna depresión. Eran un montón de hijos. Ella fue una persona muy sufrida. Era como la perra que anda con los hijos colgando. El sistema juzgó a una mujer que intentó salir adelante como pudo, con las herramientas que tenía en su momento.
La costurera de la casa
El pasaje por el Iname dejó marcas en los siete hermanos, pero en el caso de Jessica también dejó la primera puntada de una historia que empezaría a ser distinta.
Con lo que había aprendido ahí, Jessica se convirtió en la costurera de la familia. Les hacía a sus hermanas los trajes para los bailes y las fiestas de disfraces. Algo de eso también venía de familia: su madre había aprendido costura gracias a la madre de ella.
A Jessica le gustaba. A los 14 se anotó en su primer concurso de reina, pero no quedó por ser menor. Después la anotaron para Reina del Lago. Más tarde salió dos veces reina del Carnaval de Salto.
Detrás de eso estuvo también Evangelina, la hermana tres años mayor, y que trabaja con ella en el atelier.
—Vi en ella un potencial. Un poquito la induje a que se presentara. Le enseñé a desfilar, le presté ropa —cuenta Evangelina.
Después, Jessica se fue a Montevideo. Hace diez años, en el living de su casa y con una sola máquina, empezó su emprendimiento de ropa interior. Había encargado lencería del exterior y le gustó tanto que se puso a hacer la suya. Les mandaba fotos a las amigas y a las amigas les encantaban. Su hermano Braian le prestó plata para arrancar.
El primer año nadie la conocía. Tuvo un showroom en Sinergia Design, cerca de Tres Cruces, y un lugar por tres meses en el espacio para emprendedores del shopping. Después llegó Punta Carretas.
Evangelina trabaja con ella desde 2021.
También fue Evangelina la que la empujó a Gran Hermano. Hablaron durante muchas horas sobre esa posibilidad.
—Le dije: tenés la oportunidad de tener una casa. No tenés una casa propia. Estaría muy bueno que puedas darle algo de calidad a tu hija.
Por eso, dice su hermana, Jessica intenta no llorar delante de sus compañeros. Lo hace en el confesionario. Aunque a veces no puede contenerlo: si se emociona, llora. Si sabe que quedó afuera de placa, llora, si el público no la votó para sacarla, llora.
—Si llorás delante de ellos, les das mucho poder. Yo no sé si la está pasando bien, pero está haciendo todo el esfuerzo para quedarse, porque quiere cumplir su sueño: tener una casa y darle bienestar a su hija —dice Evangelina.
Por ahora, sigue en carrera por una casa de la que nadie se la lleve, de donde nadie la saque.