8 de noviembre de 2026 5:00 hs

"Me encuentro en algunos lados de la cárcel, a veces se me caen algunas lágrimas. Cuando me voy a bañar, por ejemplo, de repente me vienen un par de recuerdos a la cabeza", cuenta a El Observador desde la Unidad Nº 6 de Punta de Rieles, desde donde agrega: "Estoy a 16 días y no puedo creer que han pasado tantos años. Es como volver a la realidad, mirarme en el espejo hoy y realmente estar a tan poco de salir".

González Mattiauda fue condenado en California a 32 años de prisión por delitos sexuales contra un adolescente de 14 años con quien mantenía una relación. Siempre sostuvo que el vínculo había sido consentido, aunque la Justicia estadounidense lo encontró culpable. Pasó casi una década en cárceles de máxima seguridad de Estados Unidos, donde convivió con homicidas, narcotraficantes y presos condenados a cadena perpetua. Según relata, llegó a permanecer un año y dos meses en aislamiento. En 2016 fue trasladado a Uruguay para continuar cumpliendo su pena, luego de gestiones en las que intervino el expresidente José Mujica.

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La Justicia uruguaya confirmó esta semana que su condena vencerá el 23 de noviembre, después de reconocerle 212 días de reducción de pena por las actividades laborales y educativas realizadas en Punta de Rieles. El documento judicial fija la fecha de vencimiento, aunque no constituye por sí mismo una orden de excarcelación. Para González Mattiauda, que durante años creyó que no saldría de prisión hasta 2036, la noticia terminó de convertir una esperanza que parecía lejana en una cuenta regresiva de apenas unas semanas.

En una nueva entrevista con El Observador, el uruguayo habló sobre las sensaciones que lo acompañan en estos últimos días de encierro, los recuerdos que todavía lo conmueven y los planes que prepara para cuando pueda cruzar definitivamente la puerta de la cárcel. Después de casi veinte años de prisión, asegura que aprendió a valorar aspectos de la vida cotidiana a los que antes no prestaba atención, pero también reconoce que la cercanía de la libertad lo enfrenta con todo aquello que perdió durante estas dos décadas.

Los padres que dejaron todo para esperarlo, la mascota que lo acompaña en la celda y el valor de los "pequeños detalles"

Cuando González Mattiauda piensa en su próxima salida de prisión, buena parte de sus recuerdos se concentran en sus padres. Ellos también atravesaron las consecuencias de una condena que alteró por completo la vida familiar. Dejaron atrás su vida en Estados Unidos y regresaron a Uruguay para acompañarlo en un proceso judicial y penitenciario que se extendió durante años. "Me llena de felicidad por mí y por ellos, porque mi madre y mi padre me han acompañado todos estos años también. Ellos recorrieron un camino muy largo desde Estados Unidos, tuvieron que abandonar todo bajo tratado internacional para que ellos estén acá en su país de origen, Uruguay, para poder esperarme desde 2011 en adelante", relata.

El impacto de aquella sentencia de 32 años fue especialmente duro para su madre. González Mattiauda recuerda que durante mucho tiempo sus familiares y conocidos evitaban preguntarle por su hijo porque cualquier referencia a la situación terminaba en llanto. "Cuando a mí me condenaron a 32 años, mi madre por un año las personas no le podían ni preguntar cómo estaba porque ella empezaba a llorar. Honestamente le hizo muy mal, le hizo un mal enorme", cuenta.

Durante casi seis años no recibió visitas familiares mientras permanecía en las prisiones estadounidenses. Sus hermanos crecieron, formaron sus familias y tuvieron hijos, mientras él seguía privado de libertad. Se perdió cumpleaños, Navidades, nacimientos y despedidas que ya no podrá recuperar. En julio, durante una primera entrevista con El Observador, había resumido ese costo personal en una frase: "Perdí veinte años de abrazos". Ahora, con la fecha de salida confirmada, vuelve a recordar aquellos sacrificios y admite que la emoción aparece en los momentos más inesperados.

La proximidad de la libertad también lo lleva a revisar las experiencias que atravesó en las cárceles estadounidenses. Recuerda los períodos de aislamiento, las peleas, los traslados entre establecimientos y la convivencia con integrantes de organizaciones criminales y presos que nunca recuperarían la libertad. Asegura que muchos de sus compañeros murieron durante el encierro y que, en más de una oportunidad, llegó a pensar que podría correr la misma suerte, pero "nunca perdí la esperanza de poder llegar a este país, de poder darle el gusto a mi familia de verme salir de las prisiones caminando, parado y no muerto", afirma.

González Mattiauda sostiene que la experiencia también modificó su manera de entender el tiempo y de observar los detalles más sencillos de la vida. Después de años en los que cada jornada estaba organizada por horarios penitenciarios, requisas y puertas cerradas, comenzó a prestar atención a cosas que antes le resultaban insignificantes. "Estar acá adentro me ha hecho crecer bastante también como persona y poder ver muchísimas cosas en la vida que antes no miraba, no le prestaba atención y hoy sí le presto atención a cada detalle, a cada minuto, a cada segundo", explica.

Entre esos detalles menciona la salida del sol, los atardeceres, el aire y el ruido de los pájaros. También habla de su perra, Jessica, que lo acompaña desde hace tres años y medio y que duerme debajo de su cama, dentro de la celda. El animal forma parte de su rutina cotidiana y ocupa un lugar en sus pensamientos cuando imagina la vida que tendrá fuera de prisión. Asegura que no quiere dejarlo atrás, una preocupación que aparece entre los numerosos asuntos que deberá resolver cuando recupere la libertad.

El animal aprendió a reconocer los horarios y sonidos de la rutina penitenciaria. A las seis de la mañana, cuando escucha las llaves de los guardias, sabe que debe salir. Por la tarde, antes de que cierren las celdas, regresa por su cuenta o acude cuando su dueño la llama con un silbido. "Sube tres pisos, recorre un edificio de 240 personas y sabe exactamente a dónde llegar y a qué celda ir a dormir", cuenta con cariño. "Es muy inteligente este bichito que tengo", agrega.

Un libro, una película y el deseo de volver a las cárceles como hombre libre

La vida que González Mattiauda imagina después del 23 de noviembre también está atravesada por proyectos que comenzaron a tomar forma durante sus últimos años de prisión. Uno de ellos es la publicación de un libro con Editorial Planeta, titulado Las rejas no son eternas, en el que reconstruye su experiencia en el sistema penitenciario estadounidense. Su intención es presentarlo en Montevideo, Paysandú y otros departamentos, y eventualmente llevarlo a distintos países de América Latina.

"Me gustaría presentarlo en Paysandú, por ejemplo. Me gustaría presentarlo acá en Montevideo con Editorial Planeta. Mi libro también en algún lugar lindo donde las personas puedan ir a conocerme", cuenta. Si la publicación tiene buena recepción, aspira a viajar a Argentina, Chile y otros países desde donde asegura haber recibido mensajes de apoyo durante los últimos años.

También menciona un proyecto cinematográfico sobre su historia, en el que participa la directora Beatriz Flores Silva. Según relata, la realizadora tiene previsto viajar a Los Ángeles para presentar la iniciativa a posibles inversionistas. González Mattiauda considera que tanto el libro como la eventual película pueden ayudarlo a compartir una experiencia que comenzó a contar públicamente a través de sus redes sociales, donde reunió miles de seguidores y acumuló millones de reproducciones.

La exposición en internet comenzó mientras todavía estaba privado de libertad. A través de videos publicados desde Punta de Rieles, relató episodios de su paso por las cárceles estadounidenses, explicó los códigos de convivencia entre los reclusos y respondió preguntas de personas interesadas en conocer el funcionamiento de esos establecimientos. Con el tiempo, asegura, comenzaron a escribirle familiares de presos, abogados, policías y seguidores de distintos países.

González Mattiauda explicó anteriormente a El Observador que el uso del celular, aunque genera cuestionamientos, está permitido bajo supervisión en cárceles de mínima seguridad como parte del proceso de rehabilitación. Según sostuvo, lo utiliza para trabajar, estudiar y comunicarse con familiares y amigos.

Sin embargo, uno de sus principales objetivos para la etapa que comienza es regresar a las cárceles uruguayas, aunque esta vez como visitante. Quiere presentar su libro ante personas privadas de libertad y utilizar su experiencia para hablar sobre las posibilidades de estudiar, trabajar y construir proyectos personales durante el cumplimiento de una condena.

"Me gustaría llevar mi libro a las cárceles de Uruguay, me gustaría presentarlo, me gustaría decir a los gurises que estén presos en el Comcar, en el Penal: 'che, gurises, miren, pasé 20 años privado de libertad y logré salir'", afirma.

Durante la conversación reconoce que su experiencia penitenciaria incluyó situaciones de violencia, consumo de drogas y vínculos con organizaciones criminales dentro de las prisiones estadounidenses. Sostiene que esas vivencias, lejos de ser episodios que pretenda ocultar, forman parte de la historia que quiere transmitir a los jóvenes que actualmente están privados de libertad. Su intención, explica, es mostrar que las decisiones tomadas durante el encierro pueden influir en las oportunidades que se presentan después de recuperar la libertad.

En Punta de Rieles participó en emprendimientos productivos, desarrolló actividades comerciales mediante sus redes sociales y realizó estudios. Esas actividades fueron consideradas por la Justicia uruguaya para reconocerle una reducción de 212 días de pena, en aplicación de la normativa que contempla beneficios por trabajo y educación para personas privadas de libertad.

González Mattiauda pretende continuar vinculado a iniciativas de rehabilitación y reinserción una vez que salga de prisión. "Tengo planes cuando salga de poder ayudar al sistema penitenciario del Uruguay y ayudar también a la sociedad de este país", asegura. Su objetivo es colaborar con proyectos que permitan generar oportunidades laborales y educativas para personas que todavía cumplen condenas, especialmente para quienes tienen dificultades para imaginar una vida fuera de la cárcel.

Los últimos días de una condena de casi veinte años

En octubre de 2007, cuando un tribunal de California lo condenó a 32 años de prisión, González Mattiauda tenía apenas 18 años. Según relató en su primera entrevista con El Observador, después de escuchar la sentencia dejó de prestar atención a las palabras del juez. Los policías lo esposaron y lo condujeron por un túnel hacia el sector de traslado de detenidos. En un momento quedó solo, apoyó la espalda contra una pared de hormigón y se dejó caer para llorar.

Aquel episodio marcó el comienzo de un recorrido que lo llevó por distintas cárceles estadounidenses, donde aprendió a convivir con la violencia y con personas que nunca recuperarían la libertad. En 2016 consiguió regresar a Uruguay mediante un tratado internacional de traslado de personas condenadas, después de gestiones que involucraron a autoridades de ambos países.

Ya en territorio uruguayo, su defensa, encabezada por Gonzalo Fernández, impulsó una revisión de la ejecución de la condena. El entonces comisionado parlamentario penitenciario, Juan Miguel Petit, también intervino mediante la presentación de un amicus curiae. El proceso terminó modificando el horizonte de su pena: la fecha prevista para recuperar la libertad pasó de 2036 a 2026.

Ahora, cuando faltan menos de tres semanas para que venza la condena, González Mattiauda asegura que todavía le cuesta asimilar todo lo ocurrido. Habla de las personas que conoció durante el encierro, de quienes murieron antes de poder salir, de los sacrificios de sus padres y de los proyectos que espera concretar. También reconoce que deberá adaptarse a una sociedad que cambió profundamente desde que ingresó a prisión.

Pero entre todos esos pensamientos hay una imagen que se repite. Ya no es la del joven de 18 años que lloraba contra una pared de hormigón después de escuchar su sentencia, sino la del hombre de 38 que se mira al espejo mientras se baña en Punta de Rieles y descubre que está a pocos días de recuperar la libertad.

Casi veinte años separan ambas escenas. En las dos hay lágrimas, aunque esta vez son de alegría porque González Mattiauda sabe que la cuenta regresiva tiene una fecha de finalización: el 23 de noviembre de 2026.

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