El comportamiento en la vida cotidiana > EL COMPORTAMIENTO EN LA VIDA COTIDIANA

A las puertas de la Navidad

Han cambiado muchas costumbres encantadoras

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19 de diciembre de 2019 a las 21:44

Para mí, cumplidos ya los ochenta años, el 25 de diciembre fue siempre el Día de Navidad. Nací en una familia cristiana y desde muy niño aprendí a aguardar la fiesta tan grande. La celebración de diciembre se quedó para siempre en mí. En la primera juventud y en las siguientes no se fue de mí todo aquello que me trasmitieron mis padres. Navidad tenia encanto y la llegada de noticias sobre sus próximos viajes fueron alimentando el  calendario rudimentario del niño de cinco años.

En Salto hacía mucho calor en diciembre, como en todo Uruguay.  A lo mejor la llegada diaria del hielero con su carromato se quedó en mí. Tendríamos agua fresca. El aljibe del patio poseía misterio pese a las explicaciones de abuela. Era para para ser bebida aunque la ostentosa  “Agua Salto” y la “Mandarina Urreta” eran delicias de grandes y de niños. Dejo a un lado la cerveza no apta para los menores de edad. Navidad, el 25 de diciembre, era y es una gran fiesta espiritual. Como herederos de familias del otro lado del mar, no faltaba el chocolate en  el desayuno. A la hora del almuerzo las dueñas de casa se esmeraban en convertir los alimentos más sencillos en algo delicioso. Era el cariño vertido en los hogares. No eran tiempos de helados pero las tradiciones llegadas desde lejos, deparaban muchas sorpresas. ”A nadie amarga un dulce”, decía el refrán.  

En el día de Navidad había tiempo para todo. Después de la misa nos asomábamos lo más cerca del pesebre para observar la obra maestra de Juan, el sacristán. Para él iban las alabanzas y también algunos pedidos: “Juan, el año pasado tenía más ovejitas” o “Juan, traeme a Jesucito. Quiero darle un beso, soy chiquito y no llego...”

Hemos confundido algún término. Es verdad que existen los villancicos de Navidad.  Son canciones formadas por estrofas en verso que se van alternando con  un estribillo. Tengo un recuerdo que deseo compartir. Cando di examen en el muy solemne salón  de actos de la OEA, en Washington D.C., me correspondió  -por resultado de bolillero- cantar un villancico compuesto para el ingreso del virrey a la catedral de Lima. (“Anímate”...) me dijo uno de los  integrantes de la mesa examinadora. Otro, al verme pálido, me lanzó un “tira millas, hombre” y comprendiendo mi susto me sopló el primer verso.

Es verdad que han cambiado muchas costumbres encantadoras. Las visitas de antaño en la mañana navideña han sido reemplazadas por las llamadas y los mensajes. Si es posible los atendemos o dejamos para más tarde un agradecimiento. Un santo contemporáneo me confió: “Hijo mío, debemos agradecer hasta el pétalo de una flor que nos regalan...” No lo olvido.

Para darle una nota humorística a esta nota, debo explicar a mis buenos amigos lectores la “falta en forma y término” de mi última nota. La explicación es sencilla y se van a reír. Me caí tres veces en plena calle. Pero siempre hay vecinos buenos y amables Me levantaron con afecto y comprobaron los golpes. Para mí -no es un secreto-eran los guardias de las oficinas del FMI que son mis vecinos. ¡Qué profesionalidad!

Pero me aparté de la Navidad. Volveré pronto.

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