20 de marzo de 2014 17:57 hs

Por primera vez desde que dejó Bersuit Vergarabat, Gustavo Cordera volverá a tocar canciones suyas de esa época en el recital que ofrecerá hoy en La Trastienda: De Mi caramelo a Soy mi soberano. En diálogo con El Observador, Cordera repasó las etapas de su carrera, la rebeldía que encuentra en la cumbia y cómo se reconcilió con su pasado.
Dijo que no se iba de Bersuit para tocar sus canciones con otra banda, y ahora dice que las revisita porque ya no pertenecen ni a la banda ni a usted.

¿Qué sucedió?

Mucho. Pasaron cinco años de exilio, de haberle dado el nombre a los chicos, de haberle dado las canciones. De haberle dado todo. Ahora ya tienen dos discos donde pudieron hacer sus canciones y creo que es hora de que ellos puedan emprender su propio viaje y permitirme a mí emprender el mío. Solamente estoy tomando las canciones que escribí con mi corazón. Hay otras que son colectivas que ni las toco.

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Ahora que se reconcilió con su obra, ¿puede distinguir varios Gustavo Cordera?

No. Eso es lo que quiero que vea la gente: es la misma persona que va evolucionando. Por ejemplo, Mi caramelo es la mamá de Un pacto, Un pacto es la mamá de Hablándote. No quiere decir que las viejas peguen más ni sean mejores, solamente que para una experiencia de vida como la mía –hace 40 años que hago canciones– puedo ver ahí mi evolución como músico, como escritor, como artista. Eso es lo que quiero mostrar. El tiempo hace que las personas seamos más reales, más sinceras, mejores. Aunque tengamos movimientos más lentos y más arrugas.

Usted decía que si todos hiciéramos uso de nuestra conciencia lograríamos cambiar las cosas. ¿Es el concepto de Soy mi soberano y el punto central de su carrera?

De alguna manera es la más evolucionada de todas mis composiciones. Porque cuando empezás una carrera, y a muchos músicos –a todos los seres humanos– nos pasa, lo primero que hacemos es culpar, culpar, culpar, culpar. O sea, ver afuera la responsabilidad de nuestra vida, como si nuestra vida dependiera de otros. Y después de descubrir que soy el responsable de lo que me pasa en todo sentido, muestro un disco como La caravana mágica vol. 2 en que el actor se hace cargo de lo que siente, de lo que es. Y ese es un salto cuántico que yo quiero experimentar como artista. Creo que el rock necesita dar un estirón y hacerse grande.

En su trabajo como solista se alejó del sonido del rock para meterse en la cumbia y otros géneros bailables. ¿Ve en la cumbia una rebeldía que el rock ya no tiene?

Totalmente. Es el movimiento más acorde a los tiempos que vivimos. Hay seres reales que tienen hambre. Cuando el ser humano tiene hambre, cuando está en un momento de guerra, cuando está frente a su propio dolor, es cuando más interesante se pone desde el punto de vista de su arte. Cuanto más cómodo estás, más careta te ponés, y creo que la cumbia es incómoda para la sociedad. Por eso yo empecé a coquetear con la cumbia.

¿Recibió críticas por eso?

Voy a recibir críticas por cualquier cosa que haga. Porque lo hago de corazón y de manera profunda, me juego por algo.

¿Puede entenderse este repaso como un cerrar del círculo con su pasado?

Sí, es detenerme, abrazar todo lo que soy, reafirmarme en ese lugar, y a partir de ahí evolucionar hacia un nuevo ideal.

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