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Cuatro integrantes del Cirque du Soleil cuentan intimidades sobre la vida itinerante

"Hay días duros en los que tenés que recordar las partes buenas de todo esto y seguir”, dice la jefa de vestuario de Ovo, el show que en estos días se presenta en Montevideo

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09 de julio de 2019 a las 05:01

Hay que ser valiente para desafiar la gravedad. Pero con ser valiente no alcanza. Para desafiar la gravedad también hay que estar muy entrenado, en mente y cuerpo. Hay que ser exacto. Un movimiento en falso, un pie fuera de lugar, una mano sudorosa y resbaladiza pueden ponerle fin al desafío. Y si termina el desafío se rompe el hechizo, y si esto sucede el Cirque du Soleil deja de ser el lugar de lo imposible.

El chino Qiu Jianmang es tercera generación de equilibristas en su familia y no precisa que nadie le repita esto. Es mediodía en Montevideo y desde afuera parece que el Antel Arena está cerrado. No hay marquesinas o carteles luminosos que anuncien la presencia de la compañía canadiense en Uruguay. Tampoco se ven los picos de esa carpa azul y amarilla que en otras oportunidades sobresalió en el paisaje montevideano y que funciona como la mejor estrategia de marketing para pasar el aviso: el circo está en la ciudad.

Desde el anonimato del hormigón gris del edifico y en el silencio de la arena recién estrenada, Jianmang practica su magia. Con el empuje de los brazos pega un salto y aterriza sobre sus dos pies arriba de una cuerda cuyo ancho no sobrepasa el de la rueda de una bicicleta. El recinto está en silencio, solo se oye el murmullo de algún técnico y el clic ansioso del obturador de una cámara de un fotógrafo que se apura a registrar cada movimiento.

Como si un cable invisible colgado del techo sujetara su cuerpo, Jianmang recorre casi levitando los dos extremos de la cuerda. Ya entró en calor y va sumando elementos que hacen su hazaña un poco más increíble con cada giro y cada voltereta: varas, palos y un monociclo. En algunas horas hará lo mismo que está haciendo ahora, solo que las butacas que rodean el escenario estarán repletas de público. Ovo es el tercer espectáculo del Cirque du Soleil que llega a Montevideo. Es el  primero que viaja sin carpa porque está pensado para adaptarse a estadios y arenas.

En las horas previas a una función, El Observador recorrió los recovecos del Antel Arena para conocer un poco de la intimidad en esa vida exigente e itinerante.

El publicista y la acróbata 

Nicolas Chabot es publicista del Cirque hace tres años y medio. Es el encargado de que el espectáculo refuerce su mística en los medios de comunicación en cada país que visita. Entonces habla de la compañía como si fuese ese lugar inalcanzable al que muchos quieren llegar. En parte sabe que tiene razón.

Es canadiense, pero habla un español bastante fluido y –como buen publicista– le encanta dar cifras. Cuenta que Ovo desembarcó en Montevideo con 25 contenedores, menos de la mitad que en 2017 cuando trajo la carpa de Amaluna al faro de Punta Carretas. También explica que el show viene girando sin descanso desde hace 10 años, cuando fue creado por la artista brasileña Déborah Colker. Luego de Uruguay continuarán el viaje hacia Argentina, Chile, América Central y finalmente Estados Unidos. En total son un equipo de 100 personas, 50 de ellos artistas, 25 técnicos y otros 25 que se encargan de la producción y otras tareas de logística. Hay fisioterapeutas, cocineros y hasta un encargado del papeleo migratorio de todo el equipo.

Chabot está encantado con el Antel Arena y explica que hasta tiene su propia oficina con baño privado, un lujo que pocas veces pudo darse a lo largo de la gira. “Todo es muy bonito y limpio”, asegura.

El publicista es el encargado de presentarle los artistas a la prensa. Solo unos pocos van a hablar y tampoco se va a poder recorrer por cualquier lado; la visita detrás del escenario será más o menos guiada. 

Svetlana tiene 31 años, es bailarina de ballet y hace tres se sumó al elenco de Ovo con el personaje de Araña roja. Cuenta que el ballet fue su excusa para iniciarse en las artes circenses. Sus padres eran muy estrictos y no confiaban en que el circo podía ser una opción para su hija. Se suele pensar que hay que nacer adentro de ese mundo para poder pertenecer. Resulta que no y Svetlana logró entrar en la escuela del Cirque en Canadá gracias al entrenamiento riguroso del ballet; a los pocos meses ya tenía su primer papel.  

“Me gusta demasiado el estilo de vida adentro del circo. Me gusta eso de vivir con dos valijas y viajar por todas partes. Nunca pensé que iba a poder ver tanto mundo. Algunos dirán que les falta la familia, pero mis padres siempre trabajaron lejos de casa así que estoy acostumbrada”, cuenta. Y agrega: “Lo más difícil de todo es no tener nada de abrigo con este frío”.

En los días libres –uno por semana– a la bailarina le gusta salir a caminar por las ciudades y ver cómo viven los locales.

Cuando la aventura termine, la joven quiere bajarse del escenario pero seguir vinculada al circo como parte de algún equipo artístico, tal vez como coach o algo parecido.

Entre brillos y zapatillas

Al costado del escenario, detrás de las pantallas y los andamios, los pasillos del Antel Arena funcionan como una base de operaciones. Hay técnicos moviendo baúles con el sol dorado del circo estampado en alguna de sus tapas. También hay una fila larga de lavarropas, secarropas y perchas que no paran de dar vueltas. Y una mesa con frutas y aperitivos. 

A un costado, en uno de los cuartos y detrás de un ropero sobre ruedas atiborrado de trajes de colores brillantes, trabaja Charlotte Forét, una joven francesa de 28 años, pelo alborotado, labios rojos y párpados delineados, que escucha música a todo volumen desde sus auriculares. Su trabajo consiste en pintar a mano y refaccionar los 150 pares de zapatos que usan en cada función y lo hace todas las semanas.  “Los limpio, los arreglo y los pinto para que se vean hermosos siempre”, dice mientras se descuelga un auricular de la oreja. Hace dos años que trabaja en el Cirque. Cuenta que le costó entrar. Cada mes y durante tres años se postuló a un llamado web en la página de la compañía. “Realmente quería trabajar acá; se deben de haber aburrido de ver mi nombre entre los postulados y por eso me terminaron aceptando”, bromea.

En su Francia natal trabajaba en otro circo, mucho más pequeño, y soñaba con conseguir un lugar en el Cirque porque “tiene los vestuarios más hermosos del mundo”. “La calidad de lo que hacen y cómo lo hacen es único, no se puede encontrar otro lugar igual. Para mí esto es llegar lejos”, dice. Y agrega que espera poder dedicarse a esto para siempre. Explica que cada tres meses tiene dos semanas de licencia para volver a casa, aunque a veces prefiere seguir viajando porque no tiene un hogar propio. “Es una decisión de vida: tuve una casa, una vida normal y lo dejé todo porque estaba muy aburrida de permanecer en el mismo lugar todos los días”.

Forét es parte del pequeño equipo de vestuario liderado por Mar González, jefa de vestuario de Ovo, que cuenta con cuatro personas fijas y contrata a dos locales para asistir durante el tiempo que el espectáculo resida en la ciudad.

González trabajó para otras compañías de espectáculos, en parques de atracciones y el mundo de la moda.

“Nuestro principal desafío es el movimiento constante. Cada pocos días tenemos que montar una nueva oficina, encontrar el espacio, lavar la ropa y prepararlo todo. En total son 1500 piezas de vestuario”, explica la vestuarista y da detalles sobre la importancia del diálogo entre artistas y vestuaristas. Porque por más vistosa y brillante que sea, ninguna prenda sirve si no es cómoda, segura y funcional al show.

Sobre su vida itinerante, González dice lo siguiente: “Moverse todo el tiempo es malo y bueno al mismo tiempo. Es increíble poder trabajar con gente de otros países y conocer culturas; pero al mismo estás lejos de tu familia y tus amigos. Hay días duros en los que tenés que recordar las partes buenas de todo esto y seguir”.

Ovo del Cirque du Soleil se presenta hasta el 14 de julio en el Antel Arena con entrada a la venta en Tickantel.

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