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"La trinchera infinita", una historia de encierros que llega desde España y se puede ver en Netflix

Ambientada durante la Guerra Civil española, esta película protagonizada por Antonio de la Torre es un formidable relato sobre el paso del tiempo y las heridas de un conflicto que todavía sangra 

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30 de marzo de 2020 a las 05:10

España tomó el control de Netflix. O eso parece si echamos un vistazo rápido por su pantalla principal. Hoy, la plataforma más popular de todas tiene decenas de series y películas provenientes del corazón de la península Ibérica, y las temáticas que las atraviesan van desde los líos amorosos de un grupo de liceales, hasta los tragos más amargos de la dictadura de Franco. El nuevo y (poco) reluciente top 10 de Uruguay está salpicado por estas producciones, y está claro que ante el éxito y su consumo mundial la ola no va a frenar. Sin embargo, y aunque muchos de estos títulos sean más bien descartables y su continua exposición al frente de la plataforma atente contra otras propuestas más interesantes que se esconden debajo de la superficie, la catarata española tiene mucho que aportar por estos días. Ahí están, por ejemplo, Merlí y Contratiempo. El Bar y Handia. Verónica y Quien a hierro mata. Elisa y Marcela y Tarde para la ira. Pero sobre todo, está La trinchera infinita, una de las anexiones ibéricas más recientes al catálogo de la N roja.

Dirigida por un trío de directores vascos –Jon Garaño, Jose Mari Goenaga, Aitor Arregi– que ya había probado su valía y recibido aplausos por la mencionada Handia y la anterior Loreak, La trinchera infinita se introduce en esa herida española supurante y reticente a cerrarse llamada Guerra Civil. Y lo hace desde una perspectiva que, a ojos latinoamericanos, resulta al menos inédita: su relato se afianza en una de las tantas historias de los “topos” de la guerra, republicanos perseguidos que, ante la amenaza de los victoriosos nacionales y falangistas, decidieron ocultarse durante años en huecos y paredes de sus propias casas. En ocasiones, todo el pueblo conocía el secreto de estos “autorecluídos”; en otras, los únicos que sabían que estas personas permanecían con vida eran los propios familiares que se encargaban de su manutención. Estos secretos a voces se mantuvieron así, entre susurros, hasta la amnistía promulgada por Franco en 1969. Inmediatamente, estos hombres ajados, con cicatrices del tiempo y los más de 30 años de encierro, empezaron a ver la luz del sol y a contar sus vidas. Y las historias atravesaron toda España.

En La trinchera infinita, entonces, Garaño, Goenaga y Arregi se adentran en una de las tantas familias que pasaron por esta situación. Y lo hacen evitando el panfleto político, con más ganas de ahondar en las relaciones humanas que en la supervivencia, y con un dúo de protagonistas que brilla incluso cuando las paredes y los secretos son impermeables al resplandor del día. 

Escondido

Un texto blanco nos sitúa: Andalucía, 1936. A lo largo de la película habrá más textos blancos, pero a diferencia del primero, serán definiciones desperdigadas por la pantalla: encerrar, esconder, aliado, detención, amnistía. Los conceptos funcionarán como anclaje para los diferentes capítulos de esta historia, pero eso vendrá más adelante. Ahora es el principio. Y el principio, en medio de un pueblo blanco, hermoso, pacífico y rural del sur de España, es violento y vertiginoso.

Higinio (Antonio de la Torre) es concejal del pueblo y lo están buscando los falangistas. No queda muy claro –ni quedará– pero parece que estuvo involucrado en algún que otro incendio premeditado contra unas capillas y parroquias de la zona, todas colaboracionistas del régimen que está a punto de hacerse cargo de España a la fuerza. Higinio, que además tiene algunos problemas con su vecino Gonzalo, se esconde entonces en su casa. Su mujer Rosa (Belén Cuesta) hace lo posible por ocultarlo, pero lo encuentran. Higinio corre campo traviesa, esquiva las balas falangistas, parece que logra escapar, pero al final lo agarran. Lo suben a un camión y se lo llevan a Madrid. Pero a los pocos kilómetros se tira del camión. Corre de nuevo entre los pastizales, se tira adentro de un pozo de agua con otros dos perseguidos y respira. Y de repente una lluvia de balas agujerea a sus colegas y su pierna. Lo dan por muerto, pero no lo está. Y entre jadeos y temores, logra volver a su hogar. Allí su esposa lo vuelve a esconder. Para cuando el rostro de Higinio vuelva a recibir los rayos del sol, habrán pasado más de treinta años.

En su primera e impresionante media hora, La trinchera infinita parece apuntar a un terreno que no pocas películas han explorado: los estragos de las dictaduras, los pormenores de quienes debieron esconderse y los dramas físicos y espirituales de una sociedad reprimida. De hecho, el propio De la Torre ya lo hizo en su anterior película, cuando se puso en la piel de José Mujica para La noche de 12 años de Álvaro Brechner. Sin embargo, cuando las piezas se colocan en el tablero y la trama comienza a desplegarse en torno al cautiverio autoimpuesto de este miembro del bando republicano, son otros los temas que empiezan a repiquetear. Y qué suerte.

Allí está, por ejemplo, su por momentos tierna, por momentos tormentosa, relación con Rosa. El matrimonio deberá aprender a vivir con la mentira en la boca, con un mundo que de puertas para adentro dista mucho de lo que se ve en la calle, con un vínculo que tiene mucho amor pero que se tensa bajo el peso implacable de los malos tiempos. Y con una familia que tiene poco futuro y un horizonte que no va más allá del cuarto sucio y poco ventilado en el que el hombre pasa sus décadas.

Y con el tiempo, también pasa un país. Siempre mirando por la ventana, escuchando la radio o leyendo el diario, Higinio ve que su España cambia, que la segunda guerra mundial comienza y termina, que su piel se va arrugando y decolorando, y que el pueblo, a pesar de los años, sigue guardando los rencores y los placeres de otras épocas. Higinio no se rinde, se acopla a las necesidades de su hogar y pregunta, siempre pregunta, sobre cómo va la vida afuera. Y Rosa le contesta siempre, y de a poco ve como sus sueños se van quedando tan encerrados como su esposo. 

-    Rosa, ¿qué cuentan en el pueblo?
-    Pues, la vida, Higinio. No mucho más.

De la Torre y Cuesta les dan vida a personajes formidables. Él, camaléonico y arrojado, se ha consolidado como una de las grandes estrellas europeas y reafirma su calidad película a película. Ella, no tan conocida por estos lados, regala una Rosa doliente, luchadora, sumamente frágil. Ambos estuvieron nominados a los Goya –la película consiguió quince nominaciones– y ella lo ganó. 

Filmada con maestría y con una cadencia pausada que funciona como viaje interior de estos personajes, La trinchera infinita, una película sobre un encierro de 30 años, es una curiosa recomendación para estos días. Pero debajo de todo su dolor y melancolía, no deja de guardar un presagio luminoso: no hay cuarentenas eternas. Tarde o temprano todas se terminan. 

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