Espectáculos y Cultura > Cecilia Bonino

"Nunca me interesó sacar una declaración explosiva y eso está muy mal visto"

La periodista repasa su carrera dentro de los medios masivos y habla de su último proyecto: contar historias más humanas en las redes sociales 

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18 de noviembre de 2019 a las 05:00

Es su voz. Siempre es su voz. Se lo recuerdan bastante seguido. Cuando está en la calle, cuando llega a la caja del supermercado, cuando pide la cuenta en un restaurante, cuando entra a atenderse al consultorio de un médico. Cecilia Bonino podría pasar más o menos inadvertida siempre, salvo por su voz. Su voz la delata. Es grave, un poco ronca y cuando habla parece que las palabras se van descascarando en el aire.

En silencio, Cecilia Bonino tiene 44 años, es bajita, muy delgada, de cabello oscuro y no desprende esa estela de personalidad de los medios que arrastran los que salen hace muchos años en televisión. Cuando no está bajo los focos, la periodista es más bien sencilla, discreta e introvertida. Tanto es así que a pesar de tener una voz particular, Bonino casi nunca grita. Prefiere que los que quieran escuchar su mensaje se acerquen.

Una tarde de noviembre su voz la va a delatar una vez más. Será cuando llegue unos minutos tarde a esta entrevista con la cara cubierta por un par de lentes oscuros y el pelo enredado con alguna que otra pelusa amarilla y alborotado por el viento primaveral de Montevideo. “Perdón que estoy tarde”, dice y los que estamos más o menos cerca en la terraza de aquel bar jipi de Pocitos nos damos vuelta a ver. Es un reflejo casi natural porque ya escuchamos esa voz antes.

 

Lo que sigue después, Bonino lo maneja al dedillo. Primero van a ser las fotos y después la entrevista. Probamos varias opciones. Al final, la que más le gusta a ella es una en la que se la ve sonriendo delante de un fondo arbolado. “Esta foto seguro habla más de mí que las otras. Las plantas tienen mucho que ver conmigo”, cuenta la periodista, que si bien nació en Montevideo, se crió en el campo. Su padre trabajó siempre en el interior, entonces cuando ella y sus dos hermanos eran chicos pasaban de ciudad en ciudad. Los primeros quince años de su vida se dividieron entre Paysandú, Río Negro y Soriano. “Mi impacto grande fue en Mercedes, ahí tengo amigas hasta el día de hoy. Sin dudas fue el lugar que más me marcó”, dice.

Bonino lleva ya más tiempo viviendo en Montevideo que en el interior del país. Pero aquellos años de siestas a la orilla de alguna laguna e incontadas excursiones a la sombra de los montes fueron fundamentales. “El interior dejó una huella muy profunda en mí, una cercanía con gente diferente. Al ser lugares chicos, compartís espacios de una forma mucho menos estratificada que en las grandes ciudades donde hay círculos más definidos. Eso me dio una sensibilidad social que me sirvió un montón en lo humano y lo profesional”, explica. En aquellos años, Bonino vivió a otro tiempo, uno que le hizo desarrollar un gusto especial por las historias y todos los matices de la dignidad humana.

De tanto en tanto, la bonhomía del interior le provoca una nostalgia difícil. Esa falta de urgencia vacía que hay en las ciudades chicas y en los pueblos campesinos le devuelve el foco. Ahora no lo sufre tanto, pero cuando llegó por primera vez a Montevideo para estudiar la pasó mal. 

Luego vino el vértigo del periodismo y así, empapada de otras realidades, Bonino germinó la suya.

Decís que vivís en una “eterna crisis vocacional” y que, en realidad, podrías haber hecho muchas cosas por fuera de la comunicación. ¿Por qué decidiste ser periodista?

Es cierto. A veces pienso que debería haber sido botánica (risas). Lo que entiendo que me gusta mucho del periodismo es que tengo una curiosidad infinita. Es algo que observo en toda mi familia. Entonces cuando me acerco a otro lo hago de forma muy genuina. Quiero entender su mundo, sus problemas, sus alegrías, sus angustias. El periodismo te permite entrar a diferentes submundos para entender los códigos, las obsesiones, lo que les quita el sueño a las personas. Llegar a eso me encanta, es lo que disfruto del periodismo. Siento que con esta profesión voy a clase todos los días, aprendo y aprendo. Me interesan las historias de otros porque echan luz sobre la mía. Vivo eso muy a fondo de verdad.

Trabajaste cinco años escribiendo para El Observador, ¿de qué escribías?

Entré por una pasantía que vi en la cartelera de la facultad. Escribí en Convivir, una revista de sociedad. Luego estuve en política internacional y luego política nacional, pero cubriendo temas de comunidad. La política pura y dura nunca me interesó.

 

En una entrevista dijiste que te fuiste del diario porque no te gustaba lo que veías, ¿qué era?

En los diarios se trabaja con mucha urgencia, es como una trituradora. Yo necesito otro tiempo, soy más lenta. No sé “morcillear” la información, como dicen en el rubro.

¿Cómo recordás el proceso de tu paso a la televisión? 

Como algo anecdótico. Me llamó Nelson Fernández –era mi tutor de tesis– y me dijo que me había recomendado para un programa periodístico que estaban armando. Yo nunca busqué televisión, no estaba en mis planes. No era un objetivo en mi vida.

¿Por qué?

No sé, nunca lo había pensado como un lugar al que quería llegar sí o sí. Fue un descubrimiento. Terminé yendo a una reunión que no me gustó con el equipo de Zona urbana. Me pidieron ideas, pero ni ellos sabían lo que querían hacer. Yo soy muy formal y estábamos hablando de un trabajo, no sabían ni lo que me estaban ofreciendo, ni cuánto me iban a pagar. Fue Nelson el que me motivó a mandar algunas sugerencias. “Mostrales que sos una usina de ideas”, me dijo. Escribí algunas cosas, las mandé y les gustaron. La primera prueba de cámara fue la primera nota al aire y después nunca más paré de hacer televisión. Desde 2003.

¿Qué significó Zona urbana en tu vida?

Le doy mucho valor. Aunque tengo la autocrítica de decir que algunas cosas no las volvería a hacer o que podríamos haberlas hecho con otro tono. Éramos todos jóvenes y con muchas ganas de vivir y así salió. Lo disfruté mucho en el acierto y en el error. No me arrepiento para nada. Sí digo que hay cosas que hoy no haría.

 

¿Cómo cuáles?

Como navegar el Miguelete para mostrar que está contaminado. A veces Zona urbana tenía una cosa muy estridente, ahora estoy en un momento más reflexivo. Eso sí, lo hicimos de una forma muy honesta. Después la vida me fue llevando más para el lado del entretenimiento, aunque me gustaría volver a algo más periodístico.

¿Tenías prejuicios al momento de empezar un programa como Sonríe?

Sí. Decía “yo no sé hacer esto”. No quería estorbar el humor que generaban Manuela (Da Silveira) y Pablo (Fabregat). Al principio eso se notaba abiertamente. Después empecé a disfrutar mucho la entrevista, aunque en televisión te corren los tiempos y no se puede llegar al fondo casi nunca.

¿Cuándo te das cuenta de que hiciste una buena entrevista?

Nunca me interesó sacarle al entrevistado una declaración explosiva y eso está muy mal visto por la academia periodística. Me interesa mucho más conectar y encontrar algo íntimo y valioso de la persona, pero que tenga que ver con su verdad. No busco que el entrevistado empiece a despotricar contra todo el mundo. El “declaracionismo” no me atrae porque cuando se publica hace mucho ruido, pero rápidamente se diluye y se va por la alcantarilla. Lo otro habla de verdades más universales que nos tocan a todos.

Sonríe terminó de un día para el otro luego de ocho años de aire. Estaba producido por Zur Films, compañía de la que estaba encargado el productor Iván Ibarra, que se fue a canal 10. ¿Te dolió ese final?

Fue muy abrupto. No sé si hubo dolor, fue una pena. El ciclo funcionaba muy bien, pero se terminaron los vínculos empresariales entre quienes lo hacían. Me dio pena porque me parece que a veces las empresas…, quizá el foco no está puesto en el trabajo que implica la construcción de un espacio en los medios. Sonríe se había consolidado. No me parecía que el programa se estuviera muriendo. El fin respondió a la coyuntura. Así sucedió.

 

¿Extrañás la radio?, ¿tenés o tuviste alguna propuesta para volver en esta última temporada de pases?

Sí, la extraño. Cuando me fui de Del Sol, la gerencia trató de retenerme, de que no me fuera. Lo hicieron con propuestas muy lindas, pero yo quería liberar tiempo y cabeza para encarar otros proyectos. La idea siempre es estar en contacto. Para volver habría que encontrar la manera. No lo descarto.

¿Alguna vez te peleaste con tu voz?

Nunca, solo cuando no me sale (risas). Vivo de foniatra en foniatra. La gente me dice que le encanta mi voz, pero yo la vivo remando. A mí me reconocen por mi voz, no por la cara. No sé qué es lo que tiene, no me doy cuenta. Eso sí, me cuesta mucho trabajo.

En algunas entrevistas dijiste que te sentís muy cómoda haciendo televisión, pero que no sos el estereotipo de personaje de los medios. ¿Qué es lo que te separa de ese estereotipo?

Soy más introvertida y por eso tal vez no disfruto de algunos beneficios que tienen las “figuras” en televisión. La naturalidad y la cercanía para mí siempre están buenas. No sé qué es lo que me separa, pero yo voy hago mi trabajo y vuelvo a mi vida. Tengo mucha vida propia, interior y personal.

Este año empezaste a potenciar tus redes sociales y a contar historias de vida a través de videos en Instagram, algunos con bastante producción. Sin embargo, hace algún tiempo dijiste que eras “un dinosaurio” y que no te gustaban las redes, ¿qué cambió?

(La periodista saca de su cartera una gruesa libreta negra repleta de papeles, la abre y se queda con un fajo de hojas en la mano. Allí tiene anotados datos y alguna declaración a medio delinear.) 

En las redes dejé de ser una usuaria crítica para pasar a proponer. Una de cada tres personas en el mundo utiliza redes sociales, la gente está ahí. Hice el clic y ahora veo a las redes como un canal muy potente.

¿Qué creías de las redes sociales antes de ese clic?

Las pensaba como un lugar donde hay mucho consumismo de cosas innecesarias, de cosas vacías. Hay mucho voyeurismo, mucho show off. Las convertí en un canal de encuentro hacia un tipo de contenido que me interesa a mí. Hice el clic hablando con gente que sabe, que entiende y te da otra mirada para dejar de ver la parte negativa. Desde el momento en que las empiezo a ver como un canal, empiezan a interesarme y empiezo a experimentar. Mi objetivo es crear una comunidad de gente que resuene en los mismos temas que yo y que comparta mi encare sobre las cosas.

¿O sea que no te interesa que te siga cualquiera?

No estoy buscando un número en este momento, sino contenido. Mis hijos miran youtubers que juntan 10 millones de seguidores y cuando miro lo que hacen se me caen las lágrimas. Estamos obesos de información, datos, memes, contenido flojo. Un niño de 9 años maneja más información que toda la que manejó en su vida un campesino del siglo XIX. Nuestros abuelos consumían en un año la misma cantidad de información que nosotros en un día. Eso nos saca la posibilidad de ir a fondo. Estamos en un mareo constante. Nos cuesta mucho discernir, que es la gran palabra de esta era. Vivimos en una falsa urgencia que está vacía y todo se mueve a una rapidez que es imposible absorber.

¿Entonces, de alguna manera, usás el sistema para ir en contra del sistema?

Puede ser. Estoy tratando de proponer. El equipo de mis redes sociales se armó para ocuparse de la naturaleza humana, buscar historias cargadas de verdad y de potencia. Historias que levanten la mirada, que sirvan para algo.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

¿Si tuvieras que explicarle a alguien dónde nace tu pasión, qué te hace volver cada mañana a tu lugar de trabajo, qué le dirías? Así comenzó la charla con Matías Bergara, este dibujante uruguayo de 34 años que desde su taller solitario en la calle Paysandú, en Montevideo, crea mundos completos en forma de historietas. En esta mesa que les mostramos se sienta a trabajar cada día con absoluta disciplina. Apenas acompañado por el sonido de la radio y la calle, Matías crea cada página de las que publica su editorial estadounidense Boom, cada imagen que luego llega a millones de lectores en el mundo. Allí nació Coda, por ejemplo, la serie que creó en 2018 y que le valió este año la nominación a los premios Eisner, conocidos como los “Oscar de los comics”. . . “A los 15 años mis viejos me mandaron al taller de historietas de Tunda Prada y Ombú. Cuando llegué vi las mesas, los pibes, los libros para aprender a dibujar, las referencias de anatomía...fue como ver Disneylandia. Hasta entonces no sabía que existía este mundo, ¡que esto era así! Desde ese momento hasta hoy no paré. Ahí comenzó mi pasión por todo esto. Y por el camino, como si fuera una bola de nieve a la que se le van pegando cosas, fui aprendiendo diseño gráfico, animación, cine y fotografía. Todo eso fue alimentándome... y junto con el ejercicio de hacer y dibujar todos los días, fui desarrollando mi trabajo como dibujante”. . . #creadores en #milhistorias @matibergara #ilustración #dibujo #comics #historietas

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¿Cómo capitalizás tu imagen pública en este proyecto dentro de las redes?

Ese ha sido todo un tema en el equipo. El camino corto era usar mi nombre más público y mostrarme a mí. Pero de hecho queremos convertir el proyecto solo a Mil historias y hasta bajar mi foto de perfil en la cuenta. Soy un motor, pero el proyecto va más allá de Cecilia Bonino. Sobre todo porque nos interesa mucho llegar a otros lugares y en otros lugares Cecilia Bonino no es nadie, ni tampoco interesa.

¿Te gustaría seguir en esa línea paralela a los medios tradicionales?

Ambos canales pueden convivir. Soy de los medios tradicionales y no los rechazo para nada (conduce Algo que decir en canal 12 todos los viernes a la noche). Se pueden unir fuerzas, eso es a lo que yo aspiro.

¿Qué otros planes tenés? Imagino que debe ser un deseo que el proyecto tenga una salida comercial, más allá de la filosofía.

Aspiramos a eso, por supuesto. Hoy se está financiando con fondos propios. Queremos que sea comercializable. Me piden dos por tres que haga alguna publicación, pero queremos potenciarnos con marcas a las que les interesa ese tipo de contenido. Necesitamos fondos para crecer.
 

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