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"Ojos de madera", un cuento de terror uruguayo para redescubrir en casa

La película se estrenó en 2017, pero ante la liberación de producciones nacionales para los días de encierro, quedó disponible por primera vez desde su aparición en salas

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26 de marzo de 2020 a las 05:00

El encierro, voluntario por ahora, nos está dando oportunidades. Para empezar, las horas que gastábamos arriba del ómnibus ahora las podemos dedicar a ver películas. Y por una generosidad contagiosa de los cineastas de nuestro país, esas películas que tenemos más tiempo para ver ahora tienen más chances de ser uruguayas. Lo dijimos y lo repetimos hasta el cansancio en estos días: son muchísimas las producciones nacionales que, tratando de que la gente se quede en casa, se liberaron en el ciberespacio de manera gratuita. Aprovecharlas es lo menos que podemos hacer.

Una de las propuestas más interesantes y divergentes que hoy encontramos en este catálogo temporalmente extenso que tenemos a disposición es Ojos de madera. Estrenada en algunas salas en octubre de 2017, esta película del actor, dramaturgo y director Roberto Suárez y del director Germán Tejeira llegó al cine hace tres años envuelta en una especie de entusiasmo contenido a punto de reventar. Había muchas ganas de verla, de experimentar su extraña propuesta y eso se reflejó en varias notas de prensa. Y tiene sentido. Como los párrafos de ese año dejan entrever –en especial un informe publicado en este mismo medio el 28 de octubre por la periodista Pía Supervielle, que recorre todo el camino de la película y habla con varios de sus protagonistas–, el camino de Ojos de madera a la pantalla grande fue tortuoso y casi maldito. Que hubiese llegado al cine parecía casi milagroso.

Veinte años tardó Suárez en concebir la idea, filmarla y finalmente estrenarla. En el trayecto la gente cambió, sus protagonistas crecieron, Uruguay se transformó en otro país y su idea, que germinó cuando el autor apenas tenía 26 o 27 años, fue ganando misticismo. Subida por sus propios productores, la obra está por estos días a disposición en Youtube.

Todo oscuro

Darle play a Ojos de madera es perderse, durante una hora y monedas, en un mundo que se parece a lo que era Montevideo en los años 50, pero que claramente está a medio camino entre lo real y lo fantasmagórico. A lo largo de la película los escenarios se antojan conocidos, familiares, pero al mismo tiempo están barnizados con una pátina perturbadora de surrealismo que hace dudar y repensar todo de manera continua. 

Roberto Suárez

La historia es sencilla. Un niño de once años llamado Víctor (Pedro Cruz) pierde a sus padres en un accidente y queda bajo el cuidado de sus tíos, que son los actores César Troncoso y Florencia Zabaleta. Producto del trauma y de vaya a saber uno qué, el muchacho no dice una sola palabra y se limita a mirar ese mundo en blanco y negro con ojos asustados e inquisidores. Su rostro muteado, fino y cubierto de pecas grita en cada mueca, pero también evidencia algo más: un miedo imposible de ahuyentar. Porque Víctor ve a sus tíos, ve a los vecinos rarísimos que tiene y ve a ese Uruguay atemporalmente violento pasar delante de sus ojos, pero también ve fantasmas. O cosas. O piensa que ve fantasmas y cosas. No está claro.

Así, Ojos de madera desenrosca su rollo. Y ya que hablamos de rollo, utilicemos esa expresión tan buena y española para describir lo que esta película produce: mal rollo. Sí, porque Ojos de madera, más que por su historia, se fortalece por su atmósfera, por ese universo decolorado y plagado de silencios, siluetas expresionistas que se vienen encima, de rostros blancos y atemorizantes, ojos salidos de las órbitas, habitaciones vacías que están llenas de perturbaciones y rincones salidos de una pesadilla de David Lynch. En sus diferentes “actos” –que son seis y que anclan a la película a las artes escénicas de las que proviene Suárez– lo que marca el compás es lo etéreo, la sensación de intranquilidad permanente que produce, un mal sueño que se siente real.

En ese sentido, el apartado visual es fundamental. La dirección de arte es excelente y la fotografía llena de sombras y luces duras de Arauco Hernández le exprime soledad y perversidad al relato. Así explicaba Paula Villalba, directora de arte de la película, la construcción del universo de Ojos de madera en la mencionada nota de El Observador: "Lo visual era parte estructural del relato. Con el presupuesto que teníamos nos jugamos a hacer una ambientación que te llevara a finales de la década de 1950. Que se anticipara de alguna manera esa oscuridad que iba a venir después. Que transmitiera la sensación de que algo puede pasar en cualquier momento con esa familia, con ese niño. En las charlas previas hablábamos mucho de la ominosidad. El concepto lo veníamos trabajando en Rococó Kitsch, El bosque de Sasha, El hombre inventado. Esa trilogía (de obras de teatro montadas por Suárez y en las que trabajó gran parte del elenco y el equipo técnico de la película) fue mostrando cómo nos íbamos volviendo cada vez más oscuros y esa oscuridad llega a su máxima expresión acá".

En ese conjunto, Ojos de madera se convierte en un cuento de terror no definido, que le escapa al género pero que de alguna manera no puede apartarse de él. Es un reverso perturbador de la historia de Pinocho, un abordaje ominoso a la pérdida de la inocencia y a la fatalidad del destino. Una cachetada a un cine que, con algunas contadísimas excepciones de corte más documental quizás, le escapa al radicalismo estético y conceptual que en esta breve ficción proponen Suárez y Tejeira. Aunque quizás no sean tiempos para ahondar en la oscuridad inherente de nuestro mundo, está más que claro que sentarse a ver este cuento infantil de terror para adultos, como la propia película se presenta, garantizará que la pandemia y el virus quedarán de lado por un buen rato. 

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