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¿Qué es Star Wars? Un repaso arbitrario por la historia de la saga que termina hoy

Este miércoles se estrena en Uruguay El ascenso de Skywalker, que marca el final de la saga principal de películas de Star Wars

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18 de diciembre de 2019 a las 05:01

Star Wars es una saga de aventuras ambientada hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana. Una mitología moderna que expande su relato a través de series de televisión y streaming, libros, cómics y videojuegos, pero que tiene su origen y su producción más conocida en una serie de películas que empezó en 1977 y que termina a partir de hoy con su novena entrega, subtitulada El ascenso de Skywalker.

Star Wars es el título de la primera película, que en Montevideo se estrenó el primer día de 1978 como La Guerra de las Galaxias, en los cines Trocadero y Radio City. En 1981, cuando su creador, George Lucas, ya sabía que aquello iba a ser una serie de filmes, le agregó el subtítulo Una nueva esperanza y Star Wars pasó a ser el nombre de la marca que todo lo engloba.

Hablando de Lucas, es también su creación más célebre, dato no menor al hablar de un tipo que también creó a Indiana Jones y que fue uno de los mayores impulsores de los videojuegos como medio narrativo y un innovador en el campo de los efectos especiales. Inspirado por una variedad de fuentes, como la teoría del monomito de Joseph Campbell, el wéstern, el cine de samuráis, las grandes epopeyas heroicas y la ciencia ficción creó una historia que pasó por miles de revisiones, luchas por un mayor presupuesto y dolores de cabeza durante el rodaje, desde accidentes hasta disputas por aspectos técnicos. Se estrenó, y aunque él estaba convencido de que iba a fracasar, se convirtió en un taquillazo y un fenómeno de la cultura pop para siempre.

Entonces, dado ese éxito, fue una trilogía de aventuras. Con una segunda parte, El imperio contraataca, que se puso más sombría pero también más sorpresiva, y fue la fuente de uno de los mejores y más célebres giros narrativos de la historia del cine (“No, yo soy tu padre”) así como de una de las mejores declaraciones de amor del séptimo arte (“Te amo”, “Lo sé”). Después vino El retorno del Jedi, que para bien y para mal, está definida por los ewoks, un bikini de metal, la versión galáctica de Clint Eastwood teniendo una muerte digna de La pistola desnuda y la versión más cool del protagonista de la historia, Luke Skywalker.

Star Wars es, desde entonces, una obsesión. Fue una película innovadora en decenas de sentidos, pero uno de los caminos donde trazó recorridos inexplorados fue el del marketing. Todos los niños querían sus juguetes. Pero también conquistó a adolescentes y adultos. Hombres y mujeres de todo el mundo.  Porque también fue pionera en generar un fervor inusitado, análisis sesudos y académicos, y en despertar un dogmatismo tan feliz como nefasto. Así como la Fuerza que guía la galaxia, el fanatismo de Star Wars tiene tanto un lado luminoso como un lado oscuro, que ha tenido sus momentos más fuertes cada vez que la franquicia osó salir de lo que ellos perciben como la Verdad, así con mayúscula.

Por ejemplo, cuando 16 años después del final de la trilogía, se estrenó la cuarta película de la saga, que en realidad, en la cronología de la historia, era la primera y nos iba a contar el origen del malo más malo de todos, Darth Vader. Así como con las primeras Lucas había apuntado por la aventura, al estilo de los folletines que él leía y veía en su infancia, acá fue por la ciencia ficción más dura.

Mientras que en la trilogía original había buscado colaborar con otros cineastas, guionistas, especialistas en efectos especiales y técnicos, esta vez hizo todo solo, pagando de su hondo bolsillo. Se recostó en la tecnología y las computadoras, con una trama que entre los esporádicos y epilépticos duelos con espadas láser iba de parlamentarios debatiendo impuestos, diplomáticos conversando con empresarios o monarcas, y un protagonista, Anakin Skywalker, que cuando no generaba la “violador alert” en sus intercambios con Padmé Amidala se andaba quejando de que la arena le molestaba, o que su vida era horrible porque los Jedi no le daban un ascenso.

Y todo eso a los fans más duros les pareció una catástrofe. La muerte de la saga. La traición definitiva. Lucas pasó de prócer a parodia, de guía espiritual a demonio, y se hizo una grieta entre los fans que reíte de Argentina. Pero para una generación más joven fue la puerta de entrada a una historia fabulosa.  

Star Wars es un imperio multimedia, una máquina de facturar y de producir desde juguetes hasta ropa interior que hacen ricos a todos sus accionistas y propietarios. Porque si es el equivalente moderno de las epopeyas griegas o las tragedias shakespereanas, tiene que involucrar a la religión que más fieles tiene en el mundo: el capitalismo. Tan valiosa es, que para Disney, cada vez más voraz, no fue un problema pagar US$ 4000 millones para comprarse Lucasfilm, y hacerse con la propiedad intelectual de la franquicia para agregarla a sus parques temáticos, cruzar a los Jedi con los Avengers y con Mickey Mouse y hacer una nueva trilogía de películas, dos filmes derivados y la primera serie de acción real para su nueva plataforma de streaming.

Nueva trilogía para la que George Lucas, pensando que se iba a convertir en el Yoda de Disney, hizo un boceto de qué ocurriría en ella. Se lo entregó a la gente del ratón, que como el jefe de policía Gorgory en Los Simpson, lo anotó en su máquina de escribir invisible, le dio a Lucas un besito en la frente y señalándole la puerta le dijo, “vaya tranquilo, abuelo, y no se olvide de tomar la pastilla esta noche”.  

Star Wars es, ahora, un producto de Disney™. Que como plantea Emilio de Gorgot en la revista española Jot Down, es ahora una saga de superhéroes, el género más de moda y que más billetes produce en el cine moderno. Su nueva protagonista, la misteriosa Rey, no necesita entrenar como Luke o Anakin, sino que ya tiene todos los poderes de entrada porque es una superheroína. Su postura es más extrema, porque dice que Star Wars murió con la trilogía original, pero si resalta algunos cambios en la postura que tienen estas películas que son ciertos.

Los nuevos personajes son memorables y queribles, por ejemplo, porque tienen que tener el potencial de protagonizar su eventual serie o película propia por fuera de la saga principal. Porque Disney lo que quiere es hacer todo el dinero que pueda. Por eso esos nuevos personajes también son fans, como los espectadores. Idoatran a Luke Skywalker, a la Princesa/General Leia y a Han Solo. O a Darth Vader. Los imitan, se quedan sin palabras cuando los ven en persona, hasta tienen merchandising original. Son más Starwarsistas que Star Wars. Porque Disney jugó desde El despertar de la Fuerza (2015), al tribuneo. A veces excesivo.

Lo ya conocido, los hijos de, las versiones nuevas de personajes célebres, como la nueva obsesión de internet: Baby Yoda, el adorable infante de la serie The Mandalorian, a quien seguro se ha cruzado en una red social. De hecho, la segunda parte de la nueva trilogía, Los últimos Jedi, fue vilipendiada por un sector del público por tratar de salir de esa cadena. Su director, Rian Johnson, piloteó la nave espacial entre la autoparodia y la inversión de las expectativas, pero no todos querían eso. Querían familiaridad. Que Star Wars fuera Star Wars.

Y ¿qué es Star Wars? A partir de este miércoles es una saga que termina. Pero claro, en Hollywood hoy en día, como dice el Doctor Manhattan de Watchmen, “nada termina nunca”. Hay más películas en camino. Más series. Más cómics. Más sets de Lego. Más todo. Pero esta historia, la que empezó todo y ya es parte de la cultura humana, si se termina.

Star Wars son las palabras que leyó un niño californiano en la tapa de una revista y le quedaron dando vueltas en la cabeza, sin saber que iba a terminar dirigiendo dos de sus películas, incluyendo la última de la serie principal. Son las palabras que leyó un actor en la portada de un guión al que le terminó diciendo que no, porque no lo entendía, aunque su carrera, que venía de las dos primeras partes de El Padrino, no se vio demasiado afectada por eso. Es la película favorita de dos australianos que se casaron en la fila para la premiere de El despertar de la Fuerza; es el universo que se abrió ante los ojos y la mente de un niño montevideano al que su madre le traía páginas y páginas impresas de información, teorías y datos de su nueva obsesión.

Star Wars es eso. Un universo. En constante expansión, como el nuestro. Lleno de historias, buenas y malas. De sucesos maravillosos. Es un puñado de recuerdos. Es la infancia, es la vida. Es compartir una historia que nos presentó un padre, una hermana mayor, un tío. La que amamos y debatimos junto a nuestros amigos. La que citamos de memoria junto a nuestra pareja. La que tenemos grabada en la memoria y nos acompañará, siempre. Si usted es de los míos, cuando entre a la sala a esta despedida, no se sienta mal si llora, si se enoja, si se ríe. Porque cuando las letras amarillas se deslicen hacia las estrellas, será la única ocasión en la que sus ojos vean ese capítulo de la historia por vez primera. Disfrútela. Vívala. Y por supuesto, que la Fuerza le acompañe.

 

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