Por Nicolás Albertoni (desde Georgetown University, EEUU)
América Latina comienza a vivir una época de cambios. Los resultados de las elecciones presidenciales en
Argentina y las legislativas del domingo 6 en Venezuela, parecen ser solo dos perlas de un collar que seguirá creciendo. Era lógico imaginar que el irracionalismo que premia en algunos países de la región, tarde o temprano llegaría a su proceso de desgaste. La pregunta era cuándo y cómo. Hoy, los hechos nos muestran que ese desgaste ya comenzó y de la mano de países claves.
Es bajo estas premisas que aparece una reflexión que, a mi entender, debemos hacernos cómo país: ¿qué rol queremos jugar en la región de los próximos años? Serán tiempos en los que las aguas políticas estarán claramente marcados por dos estilos y en los que cada vez más se requiere claridad diplomática.
Está claro que Uruguay no integra la lista de gobiernos radicalizados como el de Venezuela. Nada tiene que ver el diario vivir de nuestras instituciones con lo que sucede en ese país. Lo que no parece tan claro es la condena de Uruguay –más bien su gobierno– a los atropellos a la democracia de un presidente como Nicolás Maduro.
Con los abusos de cualquier índole no se puede estar más o menos de acuerdo, o más o menos en contra. O se está a favor o se está en contra. Y realmente desde Uruguay no se han dado señales claras en ninguno de estos dos sentidos de parte del gobierno. Más bien se ha preferido el cómodo refugio que da la "no injerencia de los asuntos internos de otro país".
Sucede que para un caso como el de Venezuela (o el de cualquier otro país donde existan claros abusos a la democracia), ese manto de la no injerencia puede transformarse en un arma de doble filo. La historia misma lo ha demostrado: de una crisis política tarde o temprano los pueblos se recuperan, pero no así la dignidad de aquellos testigos que por tanto tiempo callaron.
Ojalá queden pocos años para que la región recomponga su rumbo de racionalidad (no digo ideológica sino institucional) en la que nos deje de parecer común que las noticias deban ser sobre si un presidente entregará o no el poder, si tal o cual partido aceptará el resultado de una elección, o en dónde el vicepresidente de un país sigue en su cargo por varios años a pesar de estar procesado, o dónde el gabinete entero de un gobierno haya ido a la cárcel por corrupción en una empresa pública y jamás el presidente de aquel gobierno haya salido a dar la cara para pedir perdón al país.
Ni Macri ni la nueva mayoría del Parlamento de Venezuela están purificados y no hay dudas de que habrá que seguir de cerca su actuar, pero acaso, ¿qué se les podrá decir cuando todo fue silencio para sus antecesores? Es por este tipo de ejemplos que la importancia de jamás callar ante los atropellos a las instituciones, trascienden ideolologías y partidos y deben transformarse en un lema de todos por la defensa del legado histórico que queremos dejar como país. ¿Acaso queremos ser vistos cómo el país que siendo testigo de los atropellos, prefirió callar?
Muchos dirán que algunos nos hemos empecinado con el tema Venezuela, la corrupción del PT en
Brasil, o de tantos otros problemas que hoy castigan a América Latina. Se equivocan. Y de existir un empecinamiento es ni más ni menos que contra la hipocresía. ¿Cómo no empecinarse? Integro una generación que nació en un país en democracia y así mismo cada año le recuerdan –con inmensa razón– que no se deben olvidar los atropellos a las instituciones durante años negros que vivió nuestro país y varios otros de la región. Pero, ¿por qué ante los atropellos del presente los mismos que piden recordar el pasado, no dicen nada? Y peor aún, hasta lo defienden. No hay sinceridad en el relato. Allá ellos igualmente si no se avergüenzan, pero es inadmisible que esta hipocresía empiece a afectar cada vez más nuestra imagen como país que por años fue reconocido por hablar claro y no dudar cuando de atropellos a los instituciones se trata.
En la región no todos han callado. Países como Chile, Colombia y Costa Rica no han tenido miedo de hablar claro ante los atropellos de un presidente como Maduro.
Me pregunto una vez más si un partido como el que hoy gobierna nuestro país admitiría que un presidente como Macri en Argentina, Santos en Colombia o –en su momento– Piñera en Chile, dijera que si pierde las elecciones "no entregaría la revolución" y que gobernaría con una "unión cívico militar", tal como lo ha dicho el presidente Maduro semanas atrás por medio de una cadena nacional.
La no claridad diplomática que estamos teniendo ante los atropellos democráticos del presente quizá sirva para no estar enfrentados a gobiernos que por su tono sea preferible ni hablarles.
Sucede que mañana ya no tendremos anticuerpos para enfrentar el desgaste que haya tenido nuestra propia dignidad como país democrático. l