4 de julio 2020 - 5:01hs

Ignacio Munyo no lo esperaba. Pero cuando se le ofreció una nueva etapa profesional, como director ejecutivo del Centro de Estudios de la Realidad Económico y Social (Ceres), el economista –que ya había tenido un paso por la institución– aceptó el desafío a partir de la convicción de que “Ceres tiene un rol fundamental para jugar en esta etapa del país”. Dejó la consultoría privada, para, a través de generar insumos, materiales y análisis, “aumentar el piso del debate” en la opinión pública, dice.

Una de sus primeras acciones fue la de construir dos comités de expertos, con asesores honorarios a nivel local e internacional. Con notoria emoción por la recepción que encontró –particularmente de exintegrantes de Ceres–, Munyo cita nombres y referencias académicas. Consciente de que cada nuevo director pone su impronta, quiere que Ceres tenga “goteos permanentes”, a diferencia de las dos presentaciones semestrales que se hacían hasta ahora. En la entrevista que brindó a El Observador, el economista habló de los principales desafíos que ve para la economía uruguaya en los próximos años. 

Se debate si la salida de esta crisis del coronavirus se va a dar en U o en V, pero escribió una columna en la que sostiene que eso implicaría recesión. ¿Qué quiso decir? 
Una V va a llevar a una recesión, porque ya la había antes de la pandemia. Deja al país donde estaba. Hay que hacer una especie de tic de aprobado para seguir de largo, que el trazo siga subiendo después del cambio de dirección. Y también ahora entra un factor crítico, que es el de la automatización y el futuro del trabajo, que venía callado hace un tiempo, pero hace seis años que es el tema central de todos los foros internacionales. 

Un tema en el que viene trabajando hace tiempo: el del futuro del trabajo. 
Ahora es el presente. Hace unos días leía en The Economist una frase: “Si usted está aburrido porque en su trabajo hace todos los días lo mismo, empiece a preocuparse”. La disyuntiva empleo versus salarios es un tema mundial ahora. Hubo que adaptarse a la fuerza a la tecnología y las empresas descubrieron que pueden hacer lo mismo con un menor porcentaje de trabajadores. A la tecnología hay que adaptarse, y cuando te obligan el esfuerzo se hace más rápido. Ese aprendizaje se aceleró enormemente y se abarató, porque la tecnología se abarata constantemente. Esto conspira pero en el buen sentido, porque no se puede frenar el desarrollo tecnológico. Hay que acoplar la tecnología e incentivar las habilidades no robotizadas, que son condiciones plenamente humanas como la creatividad y la empatía. Todo lo que se puede robotizar y tiene un proceso claro hay que dejar que se automatice. Eso también es dignidad del trabajo y lo revaloriza. 

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Pero hay un período de transición y distintas posibilidades o capacidades de adaptación para las personas. 
Lamentablemente hay una transición dura. Por más que se ponga toda la capacitación y todo el cariño, a mucha gente que hace 15 años trabaja en lo mismo, de repente adaptarse a hacer otra tarea le va a costar mucho. Mucha gente va a sufrir este proceso. El Inefop es una agencia crítica para el Uruguay poscoronavirus. Va a tener que atender una demanda muy fuerte de capacitación y crisis de empleo, que va a ser de tecnología y de actividad. Pero hay que capacitar en lo que mejor puede hacer la gente: en habilidades blandas. El mercado va a pagar ese valor agregado: el de la empatía al ir a un restaurante o a comprar. 

Con una economía que crece poco, el desafío es mayor. 
Desde 2014 que no se crece. Sí se vivió entre 2004 y 2014 un contexto diferente, pero, ante este nuevo escenario, Uruguay tiene que generar internamente las condiciones para que haya un crecimiento sostenido.

Cambió el país en esos 10 años. 
Hubo reformas que transformaron en muchos aspectos a Uruguay que se terminaron en 2013. Uruguay lleva un letargo en todo sentido desde 2014. No solo en lo económico, sino en otros tipos de reformas y avances. El país estuvo dormido y tiene que despertar con una serie fuerte de reformas proinversión y procrecimiento, que son en definitiva el sustento del desarrollo económico y social que se tiene por delante para seguir avanzando.

Hay un fuerte énfasis del gobierno en atraer inversiones, ¿es posible? 
Uruguay está en una región en que la situación de Argentina es tremenda y profundísima. Aunque económicamente está mejor y tenía buenas perspectivas antes del coronavirus, Brasil también tiene un contexto complicado, política e institucionalmente. Se esperaba que creciera 2,5% este año. La situación sanitaria ha trastocado todo y no sabemos si va a poder recomponer la agenda previa. Es muy fuerte el golpe y hay una incertidumbre muy grande. Uruguay es una isla y está siendo enormemente valorado a nivel internacional. No solo en el manejo sanitario sino también por la calidad institucional. Somos la única democracia plena, el único país desde México hasta el sur de Argentina que no tuvo movilizaciones masivas en las calles –antes del coronavirus–, con violencia y muerte. Se destacó más Chile, pero ocurrió en todas partes.

¿Pesa para los inversores extranjeros?
Es muy importante. Antes del coronavirus lo hablé con inversores extranjeros y multinacionales que estaban pensando en expandirse en la región. Me decían: “La única razón por la que estoy pensando en Uruguay, a pesar de que los costos son elevadísimos y la productividad es baja, es por la estabilidad política y la seguridad jurídica”. Destacaban la excepcionalidad en el continente. Esto junto al manejo y los resultados de la pandemia es una acumulación que representa una oportunidad única. Hay muchísimos argentinos que se quieren venir a Uruguay no solo a invertir, sino a vivir. Encuentran un lugar seguro, atractivo y amable. El enorme desafío del país es que ese interés genuino que existe por una acumulación histórica, pueda materializarse en una ola fuerte de inversiones. Que sea generalizada y no sectorial o puntual, como UPM 2.

¿Hay que generalizar los estímulos?
Lo de UPM 2 se da en un marco específico en el que se generan un millón de incentivos especiales para que la empresa se concrete. Uruguay tiene que transformar un marco general de reformas para que lleguen al país inversiones de todos los rubros aprovechando el interés que hay. Si no se hace nada, algo va a venir, pero muchísimo menos que lo que podría. Sería una oportunidad perdida. Si no se hacen cambios, gran parte de los inversores van a venir, analizar proyectos y rentabilidad, pero para perder plata la gente no viene. Cuando hablamos de inversores, están los internacionales que son grandes, los argentinos, pero también los uruguayos que se fueron a invertir a Paraguay.

Existe esa contradicción, si se quiere, entre Paraguay (menos impuestos y más rentabilidad) y Uruguay. ¿No es parte del buen manejo de la pandemia ese estado de bienestar que amortigua socialmente pero tiene costos?
Esa es la gran discusión. Uruguay es un tesoro en donde se ha sostenido la estabilidad institucional y el diálogo político entre oposición, gobierno y sindicatos. Vale mucho, es cierto. Se da por una acumulación de políticas sociales establecidas hace mucho tiempo, pero que lamentablemente no alcanza solo para que llegue el boom necesario de inversión. Hace cuatro años que la inversión extranjera sale del país, aunque este año con UPM 2 la ecuación va a cambiar. Pero hay que intentar repetir lo que pasó entre 2004 y 2014. En esos años, además de las plantas de celulosa, hubo alta inversión tecnológica en el agro, en energía eólica y solar. La transformación de la matriz productiva y modernización del país en gran parte fue por inversión extranjera. Eso hay que recuperarlo aunque el contexto es muy distinto. 

Inés Guimaraens

¿En qué sentido diferente? 
Uruguay estaba muy barato. En aquellos momentos se salía de una crisis tremenda y los salarios habían tocado un piso (habían caído 30% en términos reales). Estaban en un nivel bajísimo. La productividad se daba por las malas razones. Recién en 2006-2007 se recuperaron los niveles precrisis. La realidad es que el boom entre 2004 y 2011 se da a partir de competitividad por salarios bajos. Era mucho más fácil atraer inversores con salarios miserables y un dólar que favorecía la competitividad cambiaria. Uruguay estaba barato a nivel internacional después de la megadevaluación de 2002 y tenía una pobreza muy fuerte. En ese contexto, venir a invertir y encontrar mano de obra con buena calificación a nivel regional, a bajos costos y con una moneda competitiva, era atractivo. 

¿El problema son los salarios altos o es la falta de productividad en la actualidad?
Es una contradicción que hoy tiene el país. Un país puede tener salarios altos –que todavía en Uruguay no son elevados a nivel comparativo– si tiene las condiciones estructurales de productividad para poder sostenerlos. Lo que no puede tener –porque genera el problema de que nadie quiere invertir– es salarios altos y bajísima productividad asociada al trabajo. Que no lo determina solo el trabajo, sino la regulación, la inserción internacional y los costos no laborales. En la torta de costos de las empresas, el salario que se le paga al trabajador es una parte chica. Hay mucho costo no directamente asociado al salario hacia donde tienen que ir las reformas para sostener estos salarios y que sigan creciendo. Eso es lo que puede apuntalar un nuevo período de crecimiento. 

“Lo que está fuera de discusión es tener empresas públicas fuertes, acá no se habla más de privatización”

¿En qué situación está el tipo de cambio?
A pesar de la suba del dólar, la moneda está apreciada. El promedio del peso uruguayo todavía está 10% arriba del promedio histórico. El dólar sigue estando bajo. Con Argentina y Brasil, ni hablar, está 45% más caro. Una cosa es atraer inversión siendo caros y otra cosa es hacerlo siendo baratos. En el proceso anterior podía darse el lujo de ser ineficiente. Ahora, para cuidar salarios, tienen que implementarse reformas para que el resto de las ineficiencias que existen no sean las trabas.

¿Cómo se atacan los problemas de productividad?
El primer punto tiene que ver con las condiciones para exportar. Uruguay no puede pagar los aranceles que paga por ingresar a Asia con la carne. Hay que procesar urgente una estrategia para mejorar las condiciones de ingreso a los mercados. Sea TLC o no. La gran ventaja de Uruguay es que es tan chico que no molesta, a diferencia de los grandes que generan proteccionismos. Se puede hacer una tarea de artesano e ir caso a caso.

Pero Uruguay sigue siendo parte del Mercosur. 
Fue el gran problema para que llevara tanto tiempo el acuerdo Unión Europea-Mercosur. Si va carne uruguaya, paraguaya, brasileña y argentina a Francia, un productor francés va a creer que se le terminó el negocio. Pero Uruguay tiene que atender boutiques. Así es más fácil de evitar la resistencia proteccionista. Depende de nosotros. El bloque trancaba esos avances, pero este de hoy no va a trancar nada. Uruguay tiene la agenda libre para ir a golpear las puertas que tiene que golpear. Eso se traduce de inmediato en la productividad local. Aumenta el precio del producto y de venta, pagan más por lo mismo. Es automático.

“Muchas veces los políticos no entienden que, a pesar de una buena decisión, en economía hay efectos secundarios no deseados. Por los propios mecanismos del mercado y por cómo la gente toma decisiones, que hacen que el tiro salga por la culata cuando nadie quiere eso”

¿Cuál será la actitud de Ceres durante su gestión?
Vamos a reimpulsar el documento que se presentó el año pasado. Se necesita una reforma profunda de cómo se gobiernan, administran y gestionan las empresas públicas. Pero lo central es cómo se relacionan con el gobierno central. Tenemos que cortar el cordón umbilical entre déficit fiscal y tarifas públicas. Ahí está la clave. Empresas públicas con rentabilidad, que rindan cuentas y con poder de gestión. No se puede cortar la agenda estratégica de inversión porque se tenga el déficit fiscal alto. Eso es un problema estructural histórico. Hay esfuerzos en la LUC en el fortalecimiento de las unidades reguladoras, pero no alcanza. Hay que ir hacia una reforma integral, de cómo se conforman directorios y se rinden cuentas a la ciudadanía. Tiene que haber un dueño dentro del Estado que responda ante los resultados más allá del director de turno. Ahí tenemos un problema de diseño que viene de la Constitución. Es de origen y se generan repartos de cargos que son incentivos negativos a la hora de mejorar la gestión. 

¿Tienen que competir?
La evidencia ha mostrado que al competir han mejorado, aunque hay lugares en donde es más difícil de introducir y hay que analizarlo. La competencia en general es buena, pero hay sectores complejos donde debe regularse (combustibles, energía eléctrica), porque quizá quieran generarse beneficios pero por los mecanismos de mercado se termina en perjuicios a la gente. Después están los subsidios. 

¿Qué hay que hacer con ellos? 
Muchas veces los políticos no entienden que, a pesar de una buena decisión, en economía hay efectos secundarios no deseados. Por los propios mecanismos del mercado y por cómo la gente toma decisiones, que hacen que el tiro salga por la culata cuando nadie quiso eso. No todas las empresas públicas tienen que ganar dinero. Puede haber un interés nacional en que haya un ALUR en Artigas o que se produzca pórtland perdiendo. Lo que está mal es que esté encubierto en el precio del combustible. Tiene que haber un blanqueo y un Poder Ejecutivo que plantee que por un tema estratégico quiere subsidiar la producción de caña de azúcar porque hay un sentido superior. Es clave para las empresas públicas modernas que no haya subsidios encubiertos o cruzados de monopolios subsidiando a otros sectores competitivos. Hay que clarificar, mostrarle a la gente. Dar la cara. 

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