16 de agosto 2015 - 5:00hs
Qué manera perfecta de ejercer la vocación, pensé. Por características propias,siento una empatía muy especial con el nadador. Yo, cada vez que puedo, también hago lo que más me gusta.

Mucho tiempo después leí uno de los cuentos que más me han impresionado: El nadador, de John Cheever. Es un tipo que está en una fiesta al borde de la piscina, un mediodía de verano, y decide emprender el regreso a su casa atravesando a nado las piscinas del vecindario.

La historia fue llevada al cine por Frank Perry, aunque la terminó dirigiendo Sidney Pollack, en 1968, protagonizada por Burt Lancaster. El asunto es que el hombre se siente fascinado por su propia idea, la de la travesía a través de esa corriente de piscinas. Imagina cada una de las estaciones y ve a esa línea como un río, al que bautiza con el nombre de su esposa, Lucinda.
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Entonces emprende el camino, a través de las piscinas de sus amigos y conocidos, pero en el trayecto el universo se va oscureciendo y él mismo envejece y la felicidad y opulencia se convierten en decrepitud y sordidez, hasta que llega a su casa y no está ni su esposa ni sus hijas sino que está cerrada y vacía.

Tal vez había un eco de esa historia en la columna que yo firmé el 30 de enero de este año, Chapuzón de verano, en la que el protagonista era yo mismo en una travesía a nado dentro de un vaso de agua.

Ambas historias, la de Cheever y la mía, tenían que ver de alguna forma con el chiste de la revista Sport: hablaban del nado y de la nada. Se establecía al nadador como un personaje derrotado antes del inicio de la travesía, como si el tamaño de su amibición fuera desmedido y sus brazos nunca pudieran ser capaces de nadar en contra de su destino.

María Jesús Espinoza escribió hace unos días un artículo excepcional en el diario El País, de España, Nadar se escribe con el cuerpo, en el que se refiere al nado y a la literatura. Recuerda no solo a Cheever sino a otros grandes, incluída esta brutalidad de Franz Kafka, anotada en uno de sus diarios, el 2 de agosto de 1914: "Alemania le declara la guerra a Rusia. Por la tarde me fui a nadar".

Yo creo que lo que hace que el acto de nadar, como metáfora, sea tan poderoso es que la tarea es a la vez ardua y placentera. No es la actividad más natural del hombre y el agua ofrece una resistencia muy importante. Sin embargo se siente como un recreo, aunque la capacidad o no de hacerlo puede ser asunto de vida o muerte.

Para mí escribir fue siempre como nadar en aguas difíciles. Las brazadas se me hacen cada vez más débiles y me asalta la sensación de no estar avanzando. Yo creo que Cheever fue más allá y le dio un sentido moral reprobatorio de sí mismo.

El nadador es, de alguna manera, él mismo, queriendo atravesar un río ilusorio y vano.
Hay quien escribe como quien atraviesa un río a nado. Quiere llegar a la otra orilla. Quiere decir algo que entiende que es importante, tal vez urgente, y por eso nada. Hasta que llega.

La piscina, en cambio es un universo arbitrario en el que el nadador no va a llegar nunca a ningún lado.
Es un juego, en el que nada por el puro placer de nadar.

Yo sé, desde que me zambullo, que no voy a llegar a una orilla nueva, a descubrir y a conquistar. Conozco la piscina, su distancia y su profundidad. Sé que después de jugar por el camino voy a
terminar al borde de la piscina, un poco más cansado, más o menos satisfecho.

Es un destino, como cualquier otro. Hago lo que más me gusta: nado.
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