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19 de mayo de 2011 18:39 hs

Otra vez sufriendo. Otra vez con el corazón en la boca. Otra vez apretando los dientes hasta el último minuto. ¿Y como iba a ser, si no? Peñarol está entre los cuatro mejores de América, después de 24 años, tras perder 2-1 ante Universidad Católica.

Lo dijo el Lolo Estoyanoff a la prensa, al terminar el partido, y con lágrimas en los ojos. “Ganamos a lo Peñarol”. Y fue cierto. La victoria quedará en ese libro grandote, de unas cuántas páginas, y que ya estaba empezando a quedar amarillento. Ese libro de triunfos épicos en la Libertadores, que el permite a Peñarol meterse nuevamente entre los cuatro mejores de América, después de 27 años.

Pero fue diferente a otras páginas. Por ejemplo, la de Inter en octavos, cuando fue todo mística para dar vuelta la lógica, hacerse grande en el Baiera Río y obrar lo que aprecía imposible. En Santiago Peñarol fue protagonista, hizo el desgaste, generó las opciones, pero le faltó toda la liga que había tenido en Montevideo, cuando dos regalos del arquero Garcés le dieron la clasificación. Cuando se podía esperar un partido cerrado y con pocas oportunidades, el carbonero tuvo no menos de 10 durante todo el partido. El arquero Garcés, los palos, la mala definición, todo le impedía al carbonero ese gol que le diera la tranquilidad. Pero esa amiga, la mística copera –que a veces, solo a veces, se disfraza de liga- apareció cuando más la necesitaba el carbonero.

¿Hubiese sido lo mismo sin sufrir? Capaz que no. Quizás el grito de gol en una de esas opciones del primer tiempo no hubiese tenido para los hinchas de Peñarol ese algo inexplicable que surgió después del gol de Estoyanoff en la hora. Que a los más grandes les dejó fresquita en la mente las hazañas de Santiago en cualquiera de sus eversiones (1966, 1982, 1987) y a los más jóvenes la puerta hacia algo desconocido: la elite de América.

El Peñarol del primer tramo del primer tiempo fue como para ilusionarse con la parte futbolística. Se hizo cargo del partido, dominó la pelota, llegó por los costados y por afuera, y tuvo cuatro chances de gol. Incluso una de ellas terminó en gol anulado a Mier, luego que el volante presionara la salida del arquero Garcés, que pifió el balón y se encontró con el brazo del jugador aurinegro, en una jugada que el árbitro juzgó intencional.

Pero luego del tanto chileno el partido cambió. Peñarol acusó el golpe y Católica tomó viento en la camiseta. Comenzó a llegar por las bandas y a complicar la labor de un equipo de Aguirre que hasta allí tenía todo más o menos controlado.

El segundo tiempo tuvo la misma tónica. Peñarol perdió un par de chances clarísimas en el arranque. Pareció que la suerte del Centenario se desvanecía, y se volvía en contra. Peñarol creaba y creaba, pero también sufría atrás y le embocaba al arco como para sumar tranquilidad. “¿Habrá que sufrir siempre?”, se habrá preguntado más de un hincha.

Y sí. Porque lo marca la historia. Entonces llegó el dominio de Católica, complicando a la zaga en base a un enorme Prato. Hasta que, cuando parecía que el peligro apsaba, un zapatazo de 30 metros de Gutiérrez que puso el 2-0, el pasaje a los penales y al abismo copero para el carbonero.

Era medio inexplicable, sí. No lo entendían los jugadores, que estaban haciendo un gran partido y estaban a un paso de despedirse de la copa. No lo entendía Aguirre, y menos los hinchas, que nos e hallaban en ese modelo aurinegro de buen juego y mala fortuna.

Entonces hubo que capear el temporal. Aguantar la oleada de Católica, que envalentonado por su gente estaba a un paso del tercero. Y eso mismo era lo que necesitaba Peñarol. Sentirse contra las cuerdas. Tener que obrar lo que parecía ilógico. Por eso, cuando Católica estaba a un paso del tercero, otra vez el león copero sacudió la melena. Aguiar se mandó una patriada, tiró un centro larguísimo, el arquero de Católica que salió a dar otra manito saliendo a cazar mariposas y Estoyanoff, que entró solito para poner el gol del 1-2. Era la clasificación, y la entrada a un club eilitista y de viejos conocidos: El club de cuatro los mejores de América.

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