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Adiós al VIC: los días finales de uno de los últimos videoclubs de Montevideo

El cierre del Video Imagen Club pone punto final a una era analógica que marcó a la cultura cinéfila de Montevideo

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24 de noviembre de 2018 a las 05:03

Era, siempre, una promesa. En el instante en que se daba el primer paso dentro, los ojos se dejaban llevar por las carátulas y los dedos comenzaban a recorrer las estanterías del lugar, arrastrando  motas de polvo que se amontonaban en las esquinas de madera o de hierro o de lo que fuera que estuviesen hechas las estanterías. El residuo gris quedaba también impregnado en las yemas, casi como un excedente de las historias que pedían ser adoptadas por un fin de semana o un par de días. Estos universos de alquiler, distantes y equidistantes a la vez, se apilaban simétricamente en las banquinas de un camino que serpenteaba y que podía medir, en ocasiones, varios kilómetros. Porque allí la falta de decisión podía ser la peor enemiga. Pero la procesión, que a veces no tenía fin y a veces duraba poco menos de dos minutos, se interrumpía cuando aparecía el título buscado o el que no estaba en los planes. Con la elección, el resto de los mundos se cerraban y solo pasaba a importar la pequeña caja que guardaba la promesa de un rato de cine deliberado. La excursión, que comenzaba con un deseo pequeño que se iba agrandando de a poco, concluía casi siempre con la recomendación. “Llevala. Es buena”. 

En la mayoría de los videoclubes, recintos de cine por alquiler que ya casi no existen pero que hace poco menos de 15 años pululaban en cada cuadra del país, la escena era similar. Una búsqueda, a veces exitosa y a veces no, de un divertimento pasajero o tal vez de un título más que sumar a una cinefilia que crecía película a película. Era, en general, un proceso individual. A lo sumo familiar.   

En el Video Imagen Club no. Allí había una comunidad. A su mostrador, que por muchos años estuvo en la calle Benito Blanco y que luego se trasladó a Alejandro Chucarro, llegaron oleadas de entusiastas que se congregaban a debatir intereses con otros clientes y, siempre presente hasta su muerte, con la figura apadrinadora de Ronald Melzer, que los guiaba y los entusiasmaba aún más. Generaciones enteras de cinéfilos se cobijaron bajo el ala de este local formador que se convirtió, poco a poco, en un punto fundamental de la cultura montevideana que sirvió de refugio para buena parte de las ideas del cine nacional que vemos hoy.  

Y si todo este párrafo anterior está escrito en pasado es porque –como de seguro se habrá enterado en los últimos días– el VIC cierra sus puertas de manera definitiva este sábado. Después de 31 años en actividad, varias mudanzas y miles de socios ilustres y desconocidos, uno de los últimos y más importantes bastiones de la era analógica y el entretenimiento fuera del streaming funde a negro su historia. 

De épocas doradas y oscuras

Pocos días antes del cierre estipulado, las cajas seguían apareciendo. Surgían como descubrimientos fortuitos, sorpresas que se encontraban entre el catálogo de más de 13 mil películas. No se sabe bien de dónde salió, por ejemplo, un paquete repleto de películas de Stanley Kubrick, colecciones de Clint Eastwood y una edición de lujo de Danza con lobos. Simplemente, aparecieron. Todos esos descubrimientos fueron a parar a los estantes que ahora ostentan carteles de descuentos. Hoy, sábado 24 de noviembre, será el último día para adquirirlos.   

El desorden que hace aparecer esas películas es, según cuenta Gabriel Massa –responsable del VIC–, uno de los tantos legados que Melzer dejó en el local y que ahora, a días del cierre, están dejándose ver con más fuerza. También se deja ver la admiración y el cariño que Massa, cinco años después de su muerte, sigue profesando a su mentor.  

“Fue una figura excluyente y todo lo que tiene que ver con el video tiene su toque. Su mano está en el perfil, en las características, la finalidad y sobre todo el trato personalizado que se logró”, dice como preámbulo a un escueto resumen de la historia del VIC que hace a continuación.  

El Video Imagen Club se inauguró en 1987. Árbitro de fútbol, crítico, programador y productor, Melzer buscó generar un bunker de cinefilia en la capital que concentrara y sirviera de nexo a quienes allí confluyeran. Como explica Massa, la finalidad siempre fue “mostrar el cine que importa”. “Nos iba a hacer mejores personas y nos iba a posibilitar ver el mundo de otra manera”.

Durante sus 31 años de vida, el VIC pasó por tres sedes y varios estados. Y tuvo dos “épocas de oro” bien marcadas: la primera durante su apertura, en pleno auge del VHS; luego, a principios de los 2000, cuando el DVD llegó para cambiar la manera de ver películas en casa. Hubo, también, varias épocas oscuras, crisis que adelantaron o que al menos dejaron entrever cómo sería un eventual cierre definitivo. Una de ellas surgió con la caída de las videocaseteras y la siguiente, más palpable y fulminante, a partir del 2013 con la popularización del streaming.   

Massa comenzó a trabajar en el VIC en 1995, por lo que tuvo tiempo para ver los coletazos del final del VHS, la llegada del DVD y la caída del modelo de negocios a manos de las plataformas hogareñas. Con el tiempo, su cercanía con Melzer lo llevó a ser su socio y juntos crearon la distribuidora de cine independiente Buen Cine, que aún continúa. Juntos, dirigieron los negocios hasta que en 2013, Melzer murió. Y sentado entre las películas  y un par de veteranos que conversan de cine en una esquina, Massa reflexiona, se desdice y recapitula; se da cuenta de que la crisis final partió de allí.  Con la muerte de su amigo.

“Cuando murió Ronny nos cuestionamos qué hacer. Si había que seguir. En ese momento apareció Cinemateca a apoyarnos y a darnos un lugar donde seguir. Se habló con la familia de Ronald y surgió la posibilidad de continuar. Pero sabíamos que este momento algún día iba a llegar. Cada año se trabajaba menos, cada vez había que hacer más esfuerzos. El duelo lo venimos haciendo desde hace mucho tiempo”.   

El semillero

25 Watts todavía no se había filmado y en el mostrador del VIC ya se hablaba de ella. Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, directores de esa película fundacional para el cine uruguayo de hoy, se dejaban caer con frecuencia por allí.  

“Fue un lugar fermental en el cine nacional que estaba surgiendo. Me acuerdo de varios directores actuales y  me siento un poco viejo, porque que eran niños o adolescentes cuando empezaron a venir al videoclub. Creo que fue una de las escuelas más importantes”, dice Massa. “Ronald tenía gran capacidad para relacionarse con distintas generaciones, de captar la atención y de sentirse muy cerca de los que estaba haciendo cine. Era el alma máter de las cosas que pasaron y la mayoría de la gente no lo sabe”. 

Entre los nombres que se vieron influenciados por el video también están los de Matías Ganz y Rodrigo Lappado, dos directores que en su adolescencia destinaron muchas horas a bucear entre los títulos y las recomendaciones de Melzer y que luego lo homenajearon en la serie El mundo de los videos. “Creo que la gran mayoría de los directores de cine de este país pasaron por este videclub en alguna etapa de su vida”, asegura el propietario. 

Pero no solo de futuros cineastas vivió el VIC, ya que su ecléctica cartera social también incluía a políticos, personalidades de la cultura, del mundo académico y futbolistas. De estos últimos, Massa recuerda varias visitas de Sebastián Eguren, Álvaro Gutiérrez y hasta del hondureño Tyson Nuñez, que mientras fue jugador de Nacional pasaba todos los días.

El final y lo que sigue

“Nos despedimos con nostalgia, pero con la alegría de haber formado parte de un proyecto que fue siempre un espacio de formación y de resistencia”.  

Para Massa, teclear estas palabras fue una de las cosas más difíciles que tuvo que hacer en el último tiempo. Publicarlas en el Facebook del video fue, de alguna manera, aceptar que una parte inmensa de su vida se había terminado. Fue la interiorización del adiós.

“El videoclub es mi vida. Duele por todo lo que lo queremos. Pero también es triste porque creo que se ha perdido cierta cultura cinematográfica con los años. Hoy cerrar el videoclub, además de lo sentimental, implica no saber dónde se van a poder ver un montón de películas que están acá”. En ese sentido, la colección del local todavía tiene un destino incierto. Desde la dirección se está buscando un espacio donde pueda utilizarse y aprovecharse, pero todavía ninguna decisión fue tomada. Será una cuestión a resolver el año que viene, cuando la herida del cierre sea un poco menos profunda.

“Me duele que algo que duró mucho tiempo y que se insertó en la movida cultural de la ciudad, se cierre. Para mí es un peso, una carga. Pero las muestras de apoyo nos han demostrado que todo lo que pudimos hacer, lo hicimos”. 

Massa hace silencio. El aire pesa, carga con una melancolía que se contagia. En el medio, el director Mario Handler se pasea entre las estanterías, con una cámara de fotos colgada del cuello. Pasó, como tantos otros en los últimos días, a despedirse del negocio. En el VIC, Handler y todos quienes adoptaron al cine como pasión se sintieron en casa. Podían perderse entre las películas por horas, inmersos en un mundo que continuamente les prometía más historias, o unirse a acalorados debates acodados al mostrador cual barra de bar. Después del sábado, ya no quedará nada más que visitar, las charlas pasarán a ser recuerdos y los empleados del video tendrán que acostumbrarse a dejar de pasar los días entre los dvds. Pero aunque es el final, quedará el legado que Melzer  comenzó a construir desde aquel segundo piso en la calle Benito Blanco, legado que hoy Massa confía poder perpetuar aún sin el VIC.  

Y para eso necesita que las películas no se olviden, porque ellas nunca mueren. Seguirán esperando en otra parte, guardando nuevas promesas, contagiando y generando discusiones acaloradas como en los mejores días del video.

Lo más alquilado. “Desde hace muchos años, lo más alquilado era El padrino. Era la más pedida, teníamos muchas copias que se gastaban, se rompían, las robaban, y siempre la estábamos reponiendo. Después hay varias más, como El ciudadano, La naranja mecánica, 2001: Odisea en el espacioCasablanca, Lo que el viento se llevó y La strada de Fellini.  
El día D. “El día que se trabajaba más en el año era el día previo al 1º de mayo. Todo el mundo venía y no había tantos VHS para tanta demanda. Un ratito antes de irnos en esos días, las estanterías quedaban vacías. Si llegaba alguien al final había que decirle que se llevara lo que iba quedando. Llegamos a alquilar unas 500 películas en un día. Y era un momento en que no podíamos atender a más de tres personas a la vez”. 

Una sucursal involuntaria

Es irónico, pero lo cierto es que el VIC montevideano no es el único VIC del país y tampoco es el único VIC que cierra sus puertas en el final de 2018. En la calle 18 de julio de Paysandú y durante casi 30 años, el VIC de ese departamento funcionó como una referencia para los cinéfilos sanduceros. Claro, su fundación no es una movida azarosa del destino, ya que su propietario, Fabio Penas Díaz, trabajó junto a Melzer en el VIC capitalino hasta que se mudó a la ciudad del interior y abrió su propio emprendimiento. Lo que sí fue una coincidencia es que, sin saber las suertes de sus homólogos, ambos videos cerraron con una diferencia de 20 y pocos días. El sanducero lo hizo el 31  de octubre.

“Fabio trabajó con Ronald antes de que yo trabajara acá. Después se fue a vivir a Paysandú. Ronald lo ayudó mucho para armar su videoclub y también le puso VIC. Tenía el mismo perfil. Lo más increíble es que con Fabio tengo muy buena relación, el año pasado hablamos varias veces por distintos temas, algunos vinculados del videoclub, y todavía no hemos hablado sobre esta cuestión de cerrar con una distancia de quince días o un mes”, dice Massa.  

Testimonio de empleado 
El periodista y crítico Christian Font fue empleado y asiduo cliente del VIC. Ante el cierre, esta fue su reflexión: “El círculo virtuoso de mi cinefilia adolescente se completa con el hallazgo del VIC. Yo lo conocí en 1997 y como no era de Pocitos, no era una zona que frecuentara demasiado. Haber llegado al VIC me depositó en un lugar de pertenencia, sentí que pertenecía a ese lugar. También conocer a un personaje tan singular como Ronny, tan generoso, entusiasta y particular. Nos hicimos amigos, laburé allí un año y me empecé a dar cuenta de que él era mucho más que el tipo atrás del mostrador. La fundación del cine uruguayo estaba pasando por el VIC, y Ronny estaba allí como principal impulsor. En mis tiempos de empleado, por ejemplo, pude hablar de cine con Cacho de la Cruz, de Clint Eastwood con Jaime Roos, atendí a Juan Pablo Rebella, a Pablo Stoll, a Guillermo Casanova. La cinefilia de la cultura montevideana se expresaba en ese punto. Me da mucha tristeza el cierre y es heroico como Gabriel Massa prolongó su existencia en estos años. Pero el VIC está en todos, es como una semilla que quedó y germinó en un montón de lugares, de personas, películas y proyectos. Fue tremendo el alcance de todo lo que generó Ronny. Me moviliza su cierre, pero me da mucha más alegría que podamos haberlo vivido y que hallamos sido testigos de eso”.   
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