11 de diciembre 2023 - 5:02hs

Me enteré de la muerte de Antonio Adourian a fines de noviembre en España, a pocas horas de haberme ido de vacaciones con mi familia.

Y ahora escribo haciendo una excepción a la sagrada ley de que en vacaciones no se trabaja por un doble motivo: para sacarme la tristeza y porque el Armenio lo merece.

Antranic Adourian, castellanizado como Antonio, el Armenio, fue presidente del sindicato de Coca Cola, donde trabajaba, de la Federación de Obreros y Empleados de la Bebida (FOEB) e integrante del Secretariado Ejecutivo del PIT-CNT en buena parte de los años 90. Yo lo traté mucho entre 1992 y 1994, cuando ejercí como cronista sindical del semanario Búsqueda.

Adourian integró la vieja CNT. Fue uno de los pocos dirigentes de la central que no se plegó al golpe militar de febrero de 1973 y a los comunicados 4 y 7. Partido al exilio durante la dictadura. Había vivido en Suecia, donde había trabajado como enfermero en un hospital. Tenía muchas historias. Contaba que en 1978 le había tocado atender a Mick Jagger, quien se había internado para un tratamiento de “cambio” de sangre. Y que en 1990 el gobierno de Muammar Gaddafi lo había invitado a Libia, donde había participado con un pequeño grupo de invitados a un encuentro para acercar posiciones entre Gaddafi y Arafat.

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Regresó al Uruguay con la democracia. En la FOEB había un nuevo dirigente surgido del PIT, en el sindicato de Pilsen, muy combativo y con gran ascendencia sobre los trabajadores. Se llamaba Richard Read y durante años ambos competirían por el dominio de la FOEB y por representarla en el Secretariado Ejecutivo del PIT-CNT.

A comienzos de los 90 aquella pulseada la iba ganando Adourian. El Armenio, junto con otros dirigentes como Jorge Pozzi, impulsaba toda una línea de trabajo que entonces Read resistía: los acuerdos de productividad, por ejemplo.

Aquellos eran años muy difíciles para el movimiento sindical. Gobernaba Luis Alberto Lacalle Herrera. Los consejos de salarios, que habían funcionado en el precedente gobierno de Julio María Sanguinetti, comenzaron a dejar de ser convocados. La negociación colectiva se dificultó en extremo. Lacalle padre, además, impulsaba un ambicioso plan de privatización de las empresas públicas. No diría que estaban en las antípodas porque sería exagerar, pero aquel gobierno de verdad tenía diferencias muy profundas con las posiciones de la izquierda y de la central sindical.

Hoy, que todo se magnifica y se multiplica hasta el ridículo, no sé qué pasaría en circunstancias parecidas a aquellas.

Frente a aquel gobierno privatizador, Adourian era de los que buscaba tender puentes para salvaguardar las conquistas de los trabajadores y conseguir ámbitos de negociación. Estaba afiliado al Partido Socialista y era uno de sus principales referentes sindicales, junto con Lalo Fernández, Daisy Tourné, Federico Gomensoro, Gustavo Bernini, entre otros, todos referentes de una línea que hoy ha sido barrida en la interna del PS.

Más allá de su socialismo, Adourian tenía buena relación con varios miembros del gobierno, o personas cercanas a él.

Adourian

Por su trabajo en Coca Cola, Adourian conocía al ministro de Economía, Ignacio de Posadas y tenía diálogo con él. Me consta que, a contramano, de la opinión dominante en la central sindical, Adourian le tenía aprecio, más allá de la distancia ideológica que los separaba. También tenía trato con el referente del liberalismo económico, Ramón Díaz. Aunque Adourian se definía, medio en broma y medio en serio, como “socialista, ácrata y musulmán”, contaba que una vez había entrado a la Iglesia del Cordón para tener un momento de calma y reflexión, y allí se había encontrado con Díaz, con quien había conversado largo y tendido en esa oportunidad.

Gabriel Melgarejo, exsecretario y hoy asesor del PIT-CNT, lo retrató con exactitud con estas líneas que escribió al enterarse de su fallecimiento: “Era un tipo con una historia pesada y tenía una facilidad, como nunca vi, para meterse en el barro y buscar soluciones a los problemas de los trabajadores”.

Por eso no es de extrañar que Adourian fuera pieza central en los intentos que hubo en los 90 por lograr un “pacto social” entre aquel gobierno de Lacalle Herrera y el PIT-CNT.

Fue uno de los que participó de reuniones “secretas” de las cuales también tomaron parte el economista Juan Manuel Rodríguez (por el PIT-CNT) e integrantes del gobierno como Pablo García Pintos y Javier de Haedo, entre otros.

Aquel diálogo social era conocido por pocos, porque tanto dentro del gobierno como de la central sindical, muchos no estaban dispuestos a aceptarlo y lo consideraban poco menos que una traición.

En su obituario, Melgarejo recordó los resquemores que a él mismo le generaban esas reuniones. “Estos blancos son unos delincuentes, Armenio. Nos van a cagar”, le dijo a Adourian. El Armenio le respondió: “Hay que hablar con todo el mundo, Gabrielito”.

Un día la noticia de que existía ese diálogo gobierno-sindicatos se filtró en la prensa. Algunos sectores de la coalición de gobierno (Jorge Batlle) e importantes dirigentes del Frente Amplio (Fernández Huidobro) y del PIT CNT (Richard Read) criticaron la iniciativa con ferocidad.

Pero Adourian la defendió con vehemencia y nunca cejó en su intento de encontrar entendimientos. “Este acuerdo lo queremos porque el país no puede esperarlo más. No importa quién sea el próximo gobierno. Puede ser el Partido Nacional, el Colorado o el Frente Amplio. Yo no tengo ambición de ocupar ningún cargo político y jamás lo haré”, le dijo a Búsqueda en 1993.

La Junta Nacional de Empleo, hoy Inefop, nació de aquel diálogo tan criticado de 1990.

Con el tiempo, Read fue reconquistando la FOEB y, en algunos puntos, reconociendo en los hechos que los planteos de Adourian (por ejemplo, los convenios por productividad) no estaban tan errados.

El Armenio se retiró y se radicó en España, donde vivía parte de su familia.

Cuando escribí la biografía de Read (“ALQLyE. Espalda con espalda”) lo llamé. Volvimos a conversar después de años. Sus enfrentamientos con Read en el seno de la FOEB habían sido muy grandes, pero prefirió hacer declaraciones, no encender hogueras ya apagadas.

Lo suyo siempre había sido defender a los trabajadores tendiendo puentes, no quemándolos. Y se mantuvo en esa línea hasta el final.

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