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Alberto Fernández y Cristina Fernández

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Argentina en vilo por una situación sorpresiva: Alberto Fernández se fortalece tras la pelea con Cristina

Mientras los argentinos debaten sobre si habrá una ruptura sin retorno o si todo se trata de una táctica electoralista, el presidente suma apoyos de gobernadores, intendentes y sindicalistas con los cuales construir un poder propio

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17 de septiembre de 2021 a las 16:42

“Los peronistas somos como los gatos: cuando hacemos mucho ruido la gente cree que nos estamos peleando, pero en realidad nos estamos reproduciendo”. Esta célebre frase del general Perón fue recordada por muchos en estos momentos de agitación política dentro de la coalición de gobierno argentino.

Porque lo cierto en medio de la crisis es que la pelea cambió el eje de la discusión pública y sacó de los medios a los vencedores de la elección primaria. Como siempre hizo Cristina Kirchner ante cada revés político, generó un hecho de alto impacto que marcó una nueva agenda.

Y se está dando en estas horas un fenómeno paradójico: Alberto Fernández, que hasta hace una semana estaba en la situación de mayor debilidad imaginable, ahora se está fortaleciendo políticamente. El presidente pasó de ser una especie de “delegado” de Cristina que había sufrido un desplome económico, una tragedia sanitaria, escándalos de diversa índole y, para coronar, una derrota electoral histórica, a transformarse en un líder bajo ataque que concitó una vasta suma de apoyos.

Mientras los medios de comunicación y las redes sociales hablaban de un “golpe de Estado interno” y de intentos de copamiento e intervención del gobierno por parte del kirchnerismo, Alberto empezó un camino de fortalecimiento gracias a los apoyos explícitos de gobernadores, intendentes, sindicalistas, dirigentes piqueteros y hasta políticos de la oposición.

De pronto, la defensa de Alberto Fernández se tornó para parte del peronismo en algo así como la defensa de las instituciones republicanas. Seis gobernadores del peronismo, incluyendo a triunfadores de las PASO, como el tucumano Juan Manzur, y a derrotados como el entrerriano Gustavo Bordet salieron expresamente a dar su respaldo.

No se trata de un detalle menor: por la forma en que está diseñado el sistema electoral y la representación parlamentaria en Argentina, los gobernadores son algo así como los “dueños” del Senado, ya que todas las provincias tienen idéntica representación -tres senadores, dos por la mayoría y uno por la primera minoría- y estos legisladores suelen tener un vínculo de lealtad con su propio gobernador antes que con el líder nacional.

No es de extrañar, por eso, que la forma en que Alberto Fernández busca fortalecer su posición sea mediante la designación como nuevo jefe de gabinete de algún gobernador con peso político. Todas las miradas recaen sobre el tucumano Juan Manzur y el sanjuanino Sergio Uñac, de los pocos que obtuvieron victorias en sus provincias en la jornada de derrota del peronismo.

Y en cuanto a los intendentes del conurbano bonaerense, aunque no tengan representación parlamentaria, tienen el control territorial y el contacto directo con la población en el distrito donde el peronismo ha tenido históricamente su bastión electoral.

El explosivo conurbano, donde viven nueve millones de personas y en el que se registran los más graves índices de pobreza, tuvo una masiva fuga de votos hacia otras fuerzas políticas. Y muchos intendentes recelan del kirchnerismo, del gobernador Axel Kicillof y de la agrupación La Cámpora -conducida por Máximo Kirchner, el hijo de Cristina- porque los ven como una fuerza de ocupación en su propio territorio.

Tampoco es casualidad que Alberto esté pensando en sumar a otro “barón del conurbano” a su gabinete -ya tiene tres ocupando posiciones ministeriales- y reforzar así la alianza con el aparato partidario bonaerense.

De manera que, inesperadamente, ese presidente al que todos percibían como sin poder propio y absolutamente dependiente del sostén del kirchnerismo, ahora de pronto aparece respaldado por el aparato peronista que no responde a Cristina.

Fue algo de lo que se jactó el propio presidente en su mensaje en Twitter: “Agradezco el apoyo de gobernadores, de intendentes, de dirigentes del movimiento obrero y de la ciudadanía en estas horas”, escribió, en una frase que pareció más dirigida a la propia Cristina que a la opinión pública, porque sonó a desafío para medir el respaldo político de cada uno.

Alberto, fortalecido y en una nueva etapa

Esta rara situación llevó a que en el ámbito político se planteara la cuestión de si, en el fondo, la vicepresidente le había hecho un favor indirecto a Alberto Fernández, que ahora hace cuestión de mostrarse hiperactivo, con anuncios cotidianos de medidas económicas, en un intento por revertir en noviembre la derrota electoral de las primarias.

En el marco de esa estrategia, las decisiones para mejorar el poder adquisitivo -en realidad, el seguimiento de medidas que ya habían sido anunciadas desde hace meses- se intensificará en los próximos días. Y lo que en otro momento no habría pasado de actos administrativos sin mayor trascendencia -como el anuncio de un ajuste en el salario mínimo o la entrega de créditos para vivienda- ahora adquirirán un tono de “gesta épica”.

Por otra parte, el presidente espera que los cambios que prepara en el gabinete sean interpretados no como una imposición sino como una decisión propia para “relanzar” al gobierno en la segunda mitad del mandato. De hecho, la salida del cuestionado jefe de gabinete, Santiago Cafiero, ya estaba decidida desde antes de las primarias, pero en ese momento se especulaba con la llegada de Sergio Massa o un dirigente de la confianza de Cristina. En cambio, ahora se da por hecho que ese puesto tiene que ser para un gobernador.

Santiago Cafiero, candidato a baja como negociación política

Como en Argentina suelen abundar las teorías conspirativas, entre los políticos de la oposición no faltó quien advirtiera que toda la pelea podría llegar a tratarse más de una táctica política que de un divorcio real. Temerosos de que los peronistas, una vez más “se estén reproduciendo”, muchos avisaron que no hay que caer en el engaño de simpatizar con el presidente bajo ataque, porque eso puede poner en riesgo la victoria lograda en las PASO.

La realidad es que, de momento, ningún encuestador cree que el resultado electoral pueda ser reversible. Al menos, los antecedentes históricos marcan que, salvo excepciones, en las elecciones “de verdad” suele ratificarse el voto registrado dos meses antes, en las primarias.

La Casa Rosada fue un hervidero esta semana

Pero lo cierto es que la pelea sí tuvo el efecto de un cambio en el clima político del país. Ahora la cuestión que mantiene en vilo a los argentinos es si Cristina Kirchner pasará de ser socia en la coalición a transformarse en la auténtica líder de la oposición.

La lógica K de mandar o romper

Vista desde la perspectiva kirchnerista, la movida política que llevó a la renuncia en masas de los funcionarios y luego a la explosiva carta de Cristina tiene cierta lógica: después de todo, el sentido primordial -el único, prácticamente- de mantener unida a la coalición era lograr la victoria en las urnas y mantenerse en el poder. De manera que, si se pierden elecciones, esa alianza ya pierde su sentido de ser.

No es misterio para ningún argentino el hecho de que Alberto Fernández y Cristina Kirchner se lleven mal. Ya se peleaban cuando ella era presidente, tenían divergencias profundas en el estilo y a nivel programático, y su reconciliación surgió de la toma de conciencia de que el macrismo ganaría nuevamente las elecciones en 2019 si el peronismo no se unía.

Pero el disgusto del kirchnerismo duro con la gestión de Alberto nunca fue disimulado. Se le achaca “tibieza” en la actitud frente a las grandes empresas, falta de determinación para avanzar con una intervención estatista sobre el sector privado, una postura ambigua en política internacional, excesiva disposición al diálogo con la oposición y, además, un celo por la austeridad fiscal que está más próximo a la visión del FMI que a la del electorado peronista. Y, para colmo, se lo acusa de haber agravado el enojo social por sus gaffes personales, como el haber festejado el cumpleaños de la primera dama con una reunión en el momento más duro de la cuarentena.

La sumatoria de estas situaciones, unidas al catastrófico resultado electoral, convencieron a Cristina de que sólo cabían dos opciones: o “intervenir” el gobierno y tomar las decisiones con funcionarios de su confianza, o bien romper la coalición.

El mensaje entrelíneas de su explosiva carta del jueves es que, en realidad, ella no es responsable de la derrota electoral y que quien verdaderamente perdió fue el presidente. No por casualidad, Cristina remarcó todas las ocasiones en las que le había advertido que iba por el mal camino y no podía propiciar un ajuste económico.

Para colmo, en simultáneo con la pelea, el cuestionado ministro de economía, Martín Guzmán, dio a conocer el proyecto de presupuesto del año próximo, donde acentúa el camino de reducción del déficit fiscal, prevé una menor dependencia de la financiación monetaria del Banco Central y no prevé ninguna suba de impuestos. Para la visión “keynesiana” del kirchnerismo, se trata de un programa hecho para lograr el guiño del mercado financiero.

La otra motivación: Cristina y sus causas judiciales

Pero está claro también que no es solo la discrepancia con la política económica lo que motiva a Cristina a su ruptura con el presidente. Hay también una cuestión que la atañe a nivel personal: siguen pendientes y avanzando en la justicia una larga listas de causas penales por corrupción.

Y cuando Cristina le reprocha a Alberto no haber cumplido con la promesa que hizo al asumir, le está recordando tácitamente que uno de los objetivos fundamentales de la coalición era impulsar una profunda reforma del sistema judicial, incluyendo el mecanismo de elección de jueces y fiscales.

Si bien el presidente convocó a un debate sobre el tema, esa reforma nunca terminó de cuajar, y ahora se la ve con menores probabilidades de concreción, porque cualquier cambio que afecte a la justicia tiene que contar con el visto bueno del Senado. Y uno de los principales efectos que dejaron las PASO es, justamente, que el peronismo perderá la mayoría en la cámara alta.

Así, sin simpatía por el programa económico ni por el estilo personal de Alberto, sin protección judicial en las causas que afectan a Cristina y a funcionarios de su gobierno y, encima, con la perspectiva de una derrota electoral, no suena descabellado que el kirchnerismo vea más incentivo para la ruptura que para mantener la alianza.

De todas formas, no está dicha la última palabra. Como única frase esperanzadora de su carta, Cristina prometió que ella no le haría a Alberto lo que Julio Cobos -su vicepresidente entre 2007 y 2011- le había hecho a ella, al transformarse en un dirigente opositor.

Es por eso que el tema que anima la discusión de los argentinos es si se concretará un divorcio sin retorno o si, una vez más, se confirmará la vigencia de la famosa frase de Perón, y el ruido que se está escuchando no se explique por una pelea sino al hecho de que “se están reproduciendo”.

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