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Astor Piazzolla y Rubén Blades, dos genios musicales que cuentan sus secretos íntimos

En el cine y en la televisión, Piazzolla y Blades son radiografiados por dos documentales que vale mucho la pena ver

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21 de marzo de 2019 a las 05:00

Tienen pocas coincidencias. Que los dos son músicos prestigiosos, reconocidos maestros en su estilo, tal vez sea la más clara, pero eso hasta alguien con pocos conocimientos musicales –como la persona que firma esta nota– lo puede afirmar. Pero entre Astor Piazzolla y Rubén Blades no hay mucho más que sirva como conexión ¿O sí? Tal vez la influencia de Nueva York en su vida, o los vaivenes propios de una vida privada agitada. Bueno, y quizás que ambos tienen un documental reciente que explora su vida y su fenómeno, algo fácil de identificar si se repasan los próximos estrenos. De hecho, eso pasará a partir de esta semana: este jueves se estrena en Cinemateca y otras salas del país el documental Piazzolla, los años del tiburón, mientras que desde el próximo lunes 25 estará habilitado en HBO GO –tras su emisión en el canal ese día a las 22– Yo no me llamo Rubén Blades; las dos son producciones recientes y destacables, que vale la pena ver y sobre las que se hablará a partir del próximo punto y aparte.

El gángster del bandoneón

El personaje de Astor Piazzolla es tan increíble y tiene tantos matices que podría haber sido parte, tranquilamente, de una obra de ficción. Sin embargo es real y es ,además, el foco de un documental de Daniel Rosenfeld que se estrenó el año pasado en Argentina con críticas increíbles y que, en su pasó por el Festival de Cine de Punta del Este, se llevó el premio en la sección musical. 

En Piazzolla, los años del tiburón, Rosenfeld pone al hijo de Piazzolla –Daniel– como eje de la función: a lo largo del armado de un homenaje especial para su padre, él y sus cuentos serán el hilo que unirá los diferentes materiales de archivo de los que se sirve la realización. Porque, justamente, uno de los grandes aciertos de este documental es el despliegue de imágenes caseras que hace; a Piazzolla lo vemos tocar, interactuar con su familia, viajar, pelearse por teléfono con los críticos y varias cosas más. Todas son interesantes.

Así, Rosenfeld logra desgajar las diferentes capas de la vida de uno de los personajes más interesantes que dio la música rioplatense; lo hace con acierto, de manera atrapante y a través de testimonios que transpiran recelo, amor, odio y admiración. Es, de verdad, una producción que no tiene desperdicio, aún para aquellos menos familiarizados con la carrera del hombre que cambió el tango moderno.

Desde sus inicios en Manhattan, pasando por su adultez en Buenos Aires y sus posteriores idas y vueltas por el mundo, a Piazzolla lo preceden las anécdotas y su reputación. Es increíble conocer que su padre era habitué de una pandilla mafiosa en Nueva York, que siendo niño estuvo a punto de subirse a la avioneta en la que se mató Gardel y que estuvo 10 años distanciado de su hijo por un pequeño comentario desafortunado que este hizo –“Estás dando un paso atrás”–. También, que era un prodigio del bandoneón, que lo tocó como ninguno y que cambió la forma en la que hoy se concibe a la música más arrabalera de todas. Eso sí: con su carácter, nadie pudo.

“Hola, te habla Piazzolla, che. Te hago una consulta: ¿Qué te pasa a vos conmigo? Vos estás haciendo una campaña destructora. No tenés ningún derecho. Y el lunes si llegás a decir algo, te voy a buscar directamente a la radio. Y no precisamente para hablar”. Astor, auténtico.

El ritmo de un país

Panameño. Salsero. Ex ministro de turismo. Excandidato a la presidencia. Residente de Nueva York. Compositor de Pedro Navaja y Amor y control. Mujeriego. Abogado. Actor de Hollywood. 

El prontuario de Rubén Blades, uno de los músicos más destacados de Latinoamérica, es suficiente para consolidarlo como un ícono de la música centroamericana y una leyenda cultural de Panamá. Sin embargo, Yo no me llamo Rubén Blades hace justo lo contrario: deconstruye su figura por fuera del mito y se enfoca en el hombre y en cómo llegó a ser lo que hoy es; cómo hizo para que, en medio del barrio Chelsea de Manhattan, los neoyorquinos se paren a pedirle fotos.

Dirigido por el también panameño Abner Benaim, Yo no me llamo Rubén Blades acompaña al músico en un trayecto que lo lleva a visitar su barrio de la infancia en San Felipe, a explorar sus comienzos bajo el sello Fania –que impulsó el boom de la salsa en Estados Unidos–, a repasar su candidatura a la presidencia de Panamá, su activismo a favor de su país y a revivir los momentos previos de cada gran concierto. 

La narración de Blades, que va contando los hechos en cámara mientras prepara el desayuno, firma autógrafos u ordena su enorme colección de cómics, impulsa el filme de manera musical y rítmica, casi como si fuera una de sus composiciones. Es por eso, también, que la emotividad aflora cuando, por ejemplo, repasa el momento en que reconoció a un hijo de 39 años que tuvo en Puerto Rico en una de sus tantas aventuras de una noche.

Yo no me llamo Rubén Blades puede pecar de ser un documental “oficialista”, pero aún así está contado con amor, ritmo y tiene un personaje que, si bien no es tan disruptivo como Piazzolla, logra conquistar al espectador con su encanto natural. Casi podría decirse que uno termina bailando con él.

Dónde verlos
Piazzolla, los años del tiburón
Cinemateca, Life 21, Sala B - Auditorio Nelly Goitiño
Yo no me llamo Rubén Blades
En HBO el lunes 25 a las 22 horas; tras su emisión, por streaming en HBO GO
 
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