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Bibliotecas fuera de circuito

Tres de las estanterías públicas más atractivas de la ciudad: la del Palacio Legilsativo, la del IAVA y el Palomar de Cavia

La Biblioteca del Palacio Legislativo funciona como apoyo para los legisladores pero también es pública.
La Biblioteca Central de Secundaria, en el IAVA, es de las más exquisitas de la ciudad.
La biblioteca del Palomar de Cavia es pequeña pero pintoresca

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15 de octubre de 2017 a las 05:00

Ellas están ahí, viendo pasar el tiempo y sumando volúmenes, polvo y recambiando a sus lectores cada año que pasa. Las estanterías se arquean por el peso y los años, algunos lomos se ajan por el tiempo; la humedad, a veces controlada y otras no, comienza a tomar las páginas de los ejemplares más antiguos. Para un amante de los libros, las bibliotecas son un refugio, un lugar que funciona como un oasis. La estancia en una de ellas, por más pequeña y modesta que sea, es una experiencia que, al menos, cambia el ánimo de su día.

En Montevideo, las bibliotecas están presentes en casi todos los barrios. Algunas son más modernas y se adaptan a las comodidades que hoy exigen sus lectores; por ejemplo, con un buen catálogo en línea o copias digitales a disposición. Otras, en cambio, son vestigios de épocas en las que ir a leer, investigar o profundizar en el propio edificio representaba todo un acontecimiento al que se iba de traje y corbata. Hubo un tiempo en que estos espacios apuntaban a un público de élite.

En la capital del país el concepto biblioteca conecta, casi de inmediato, con el imponente edificio ubicado en la avenida 18 de Julio construido en 1816 por iniciativa del propio José Artigas. Pese a que la Biblioteca Nacional es un emblema del país, no es la única pública que se puede encontrar en la ciudad, ni tampoco la más bella. Los espacios urbanos esconden rincones con sus secretos literarios: Montevideo tiene varios. Vale la pena visitar esas otras bibliotecas por fuera del circuito y así contemplar sus colecciones, las particularidades de sus edificios o, simplemente, sentarse a leer. Al fin y al cabo, para eso se crearon.

Una comarca en el IAVA

Poca gente sabe –según sus propios administradores– que en uno de los liceos públicos más famosos de Montevideo se oculta una de las bibliotecas más lindas de la ciudad. La Biblioteca Central de Secundaria Carlos Real de Azúa –o simplemente la Biblioteca Central– se encuentra en el segundo piso del Instituto Alfredo Vázquez Acevedo (IAVA).

Su colección se compone de más de 85 mil libros y, si bien funciona como una entidad propia de Educación Secundaria, está abierta al público.

Lo primero que llama la atención cuando se cruzan sus puertas son sus divisiones. Contrariamente a la diagramación de bibliotecas similares, la Central recibe al visitante con un recinto en el que se encuentran las mesas de la administración, rodeadas por una bella estancia tapizada de libros. Un balcón, al que se llega por una escalera en espiral que se ha convertido en ícono de este lugar, recorre las cuatro paredes de la habitación. A la sala de lectura se accede por una conexión lateral y, bajo la escalera en espiral, una habitación con estanterías hasta el techo recibe solo a los empleados. A ese sector, por la antigüedad de sus colecciones, no puede ingresar el visitante común.
Sin embargo, el tesoro de este enorme archivo –que se fundó en 1885 dentro de la Universidad de la República y que pasó al edificio del IAVA en 1935– no se encuentra en esta sección, sino en la propia sala de lectura. En un armario al fondo de la sala, se acumulan varios volúmenes históricos. Entre ellos está la primera edición de Don Quijote que salió de España, la más antigua de Latinoamérica. De todos modos el libro, que data de 1607, no es el más longevo de todos, ya que en ese armario hay ediciones que llegan hasta el año 1556.

Marianela Falero, la encargada de su dirección y licenciada en Bibliotecología, aseguró que ese punto es uno de los debes de la biblioteca: los libros no están acondicionados y almacenados como deberían al tener tantos años de antigüedad. Eso ha hecho que muchos se deterioraran considerablemente. Entre el resto de las carencias, la dirección mencionó la falta de acceso para las personas discapacitadas (está situada en un segundo piso al que se accede solo por escaleras) y acondicionadores de aire para enfrentar el invierno que, según comentó Falero, se hace muy duro allí dentro.

La biblioteca –a la que por su belleza han llegado varias propuestas de rodajes de publicidades extranjeras– se puede visitar entre la hora 10 y las 22 de lunes a viernes.

De las palomas a los libros

En el barrio de Tres Cruces, dentro del predio del hospital Británico, hay una construcción cilíndrica que logra que la mirada se detenga allí. Sus dimensiones no son muy grandes y sus paredes parecen estar agujereadas en un patrón extraño. La puertita de la que asoma una luz amarillenta apenas deja ver que allí dentro está la biblioteca Palomar de Cavia.

La estructura, que fue declarada Monumento Histórico Nacional, funcionaba como palomar en la quinta de don Manuel Sainz de Cavia, y data de la década de 1810. En aquella época, las palomas eran uno de los servicios de mensajería más rápidos, además de que se las criaba para después comerlas.

Con el transcurso de los años, el lugar pasó a ser un depósito de la intendencia, hasta que en 1994, a instancia de un grupo de vecinas se propuso convertirla en una biblioteca popular. Hoy el lugar cuenta con más de 3.000 libros que se prestan a vecinos de la zona de forma gratuita.

Dos mujeres asesoran allí a los socios y a aquellos que se acercan extrañados al encontrarse con semejante rareza arquitectónica en uno de los barrios céntricos de la ciudad. Actualmente, el hospital Británico se encarga de la manutención de sus jardines, así como de donaciones esporádicas, como sucedió con un equipo de aire acondicionado.

De leyes y parlamentarios

Una visita al Palacio Legislativo nunca estaría completa sin recorrer su biblioteca. El enorme recinto –que se fundó en 1929, cuatro años después de la inauguración del edificio– da cobijo a miles de libros en sus estanterías cerradas con vitrinas, mientras una mesa con ejemplares antiguos domina el centro de la sala. Sin embargo, los volúmenes expuestos allí son poco más de la cuarta parte de la colección completa, que sumando monografías, colecciones de libros, revistas, diarios y suplementos llega a la impresionante cifra de casi 1,5 millones de artículos.

Entre todas esas obras, hay algunas reliquias que no se muestran y se resguardan en un lugar especial entre los depósitos de libros que rodean a la Cámara de Senadores. Allí hay ejemplares que fueron publicados en el siglo XVI, entre los que se encuentra el Libro de Rhetórica Caftellana, que data de 1541 y que posee el número 1 en el inventario general.

A pesar de que normalmente se cree que el espacio dentro del Palacio Legislativo es de consulta exclusiva para los parlamentarios, una de sus funciones principales es ser un espacio público. Por ende, cualquier persona puede ir a consultar libros o cualquiera de las publicaciones de su colección. La única condición es llevar la cédula.

Una de las misiones de sus actuales encargados es abrir, aún más, las puertas de la biblioteca a la sociedad.

"La bibliotecología tiene una función social importante. Soy de las personas que creen que el Parlamento no es de los parlamentarios ni de sus funcionarios, que tiene la obligación de salir a proveer a los ciudadanos de toda la información que requieran. Es un desperdicio tener este patrimonio para atender únicamente a los legisladores y a los que trabajan con ellos", comentó a El Observador Mónica Paz, directora de Servicios Bibliotecológicos del lugar.

La biblioteca ahora se encuentra en etapa de digitalización de sus archivos de la hemeroteca (que se encuentra en el edificio anexo pero que depende de la biblioteca).Los encargados aseguran que el tiempo para digitalizar es cada vez menor, dado que avanza el deterioro de los artículos y más difícil y costoso es restaurarlos.

La digitalización, el paso del tiempo, el daño de materiales que son invaluables, allí está la principal preocupación de los directores de las instituciones que resguardan estos tesoros. A pesar de transitar décadas sin evidentes cambios físicos (las bibliotecas mencionadas en esta nota son un ejemplo de ello), sí deben adaptarse y el requerimiento de los usuarios.

En las condiciones que sea, estos recintos no dejan indiferente a su visitante, y leer en el entorno que proponen siempre es una experiencia que vale la pena vivirse.

Guía de bibliotecas

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1. Biblioteca Nacional
Av. 18 de Julio 1790. Tel. 2409 6012

2. Biblioteca Central de Educación Secundaria (IAVA)
Dr. Eduardo Acevedo 1427. Tel. 2408 3051

3. Biblioteca del Palacio Legislativo
Av. De las Leyes s/n. Tel. 142 int. 2425 / 2378

4. Biblioteca Palomar de Cavia
Avelino Miranda y Av. Italia.

5. Biblioteca Castillo del Parque Rodó
Julio Herrera y Reissig s/n

6. Biblioteca Instituto Anglo Uruguayo
San José 1426. Tel. 2902 3773


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