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Censura, vecinos ofendidos y una novela: ¿Donde está el límite entre realidad e invención en la ficción?

Algunos habitantes de Nueva Helvecia se molestaron por el retrato "histórico" que hace un texto de José Arenas; en esta nota, cuatro autores debaten los límites entre la realidad y la ficción en base a su propia experiencia 

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13 de junio de 2020 a las 05:03

En algún punto del último verano, alguien se equivocó y puso al 2020 en la estantería de los libros de ficción. Y se mezclaron los tantos. Primero, como para desacomodarnos bien desacomodados, se nos coló una pandemia digna de Stephen King. Y después, incontables sucesos insignificantes se apilaron y nos hicieron –y nos están haciendo– sentir como si estuviéramos perdidos en una dimensión paralela.

Quizás por eso mismo, porque la ficción pareció colarse en la vida diaria de todos, es que algunas personas dejaron de comprender o decodificar los mecanismos que, justamente y valga la redundancia, hacen de las ficciones, ficciones. Y por eso de repente tenemos a un personaje radial que no existe denunciado penalmente. O a un pueblo que se dio vuelta y pidió la censura contra una novela que, aunque con una pata en la realidad, no dejaba de ser, otra vez, ficción.

Este último caso involucra a Papeles Suizos, la última publicación del escritor José Arenas, y a la ciudad de Nueva Helvecia, en donde el autor pasó su infancia y adolescencia. En su libro –editado en la segunda mitad de 2019 por la editorial independiente Pez en el hielo–, Arenas hace un recorrido “histórico” –nótese las comillas– por las vidas de diferentes personas que viven en una colonia muy parecida a la que fundaron los inmigrantes suizos en Colonia. Claro, en el lienzo de Arenas la pintura de este poblado no es necesariamente idílico; algunos de sus episodios son bastante truculentos y, entre otras cosas, se inspiran en hechos reales acontecidos en la ciudad, como el caso, entre otros, de un suicidio. Con estas cartas a la vista, algunos vecinos de Nueva Helvecia malentendieron el mensaje y se levantó bastante polvareda.

La cosa fue así: hace algunas semanas, y con motivo del Día del libro, la librería Helvecia Libros y Café lanzó una serie de videos donde autores locales leían fragmentos de sus obras. Y entre ellos estaba Arenas y su libro que, en la página de Facebook del local, enseguida empezó a acumular, a la par de felicitaciones, críticas de residentes helvéticos que acusaban al autor de tergiversar la historia real de su localidad y contarla de forma ofensiva.

Para hacerlo breve, basta decir que la tensión escaló. La librería –y el diario local, Helvecia– quedaron sometidos a un fuego cruzado, a pedidos de censura y hubo hasta amenazas contra el autor. En una nota con La Diaria publicada hace algunos días el dueño de la librería, Pablo Cribari, dijo que cree que quienes lo amenazaron tienen “pensamientos retrógrados e intolerantes” y que “hay cierto sector de la sociedad de Nueva Helvecia que vive con su cabeza en el pasado”. “Con mucho orgullo te digo que vamos a seguir firmes y sin dejarnos avasallar por mentes obtusas, retrógradas. Estamos viviendo un momento de una sociedad bastante radicalizada; esperemos que esto no siga avanzando porque es muy triste”, le expresó al medio.

Arenas también publicó un comunicado sobre el caso, en el que defendió su mirada como autor, volvió a explicar el pacto entre la ficción y la realidad que se hace en un texto como el suyo y pidió disculpas a un par de casos en los que los involucrados resultaron, a sus ojos, heridos. Pero sobre todo condenó la censura del pueblo y los ataques contra la librería y el medio Helvecia, a quienes juzgó como los principales damnificados.

El hecho aislado resulta sorprendente por la sobredimensión que se le dio en el pueblo. Pero, sobre todo, dispara algunas preguntas y temas sobre la autoficción, la línea difusa entre realidad e invención y la decodificación –acertada o errónea– que hacen ciertos lectores sobre este tipo de obras. Más que nada, hace aparecer una inquietud puntual: ¿hasta qué punto la realidad se cuela en la mano de un autor en el momento en el que se sienta a escribir? 

Para el propio Arenas, hay un punto en el que esto es inevitable. “Como dijo Felipe Polleri en una entrevista: ‘La biografía de uno, si no entra por la puerta grande, entra por la ventana’.  El asunto es que estamos viviendo en una época que es muy del yo, del periodismo del yo, de la literatura del yo. Por eso a veces la autoficción se confunde con contar historias de tu vida que no interesan en lo más mínimo. Y eso no estaría mal si no fuera porque en general se hace con un realismo medio burdo y con un lenguaje muy ramplón”, explicó el autor de Papeles Suizos.

“La primera vez que me encontré con el concepto de autoficción fue en una obra de Sergio Blanco. No logré comprender por qué estaba viendo eso y por qué me lo contaban. Ahora, después me encontré con un ejercicio como el que hace Daniel Mella en El hermano mayor y me pareció increíble. Ahí me di cuenta que la autoficción no es el problema, sino quién lo hace y para qué”, ejemplificó Arenas.  

Justamente, Mella es uno de los autores nacionales que más hondo le ha calado a sus lectores con la novela que menciona Arenas, El hermano mayor, que es una ficción veteada fuertemente por sus propias vivencias y surcada por la muerte de su hermano. En una entrevista con El Observador a mediados de 2019, el autor hablaba, justamente, de lo que significa para él nutrir su literatura de sus propios fantasmas y el temor que le despertaba que su círculo íntimo, al principio, lo malentendiera.

“En un libro no hay manera de ocultarse; la escritura te desnuda hasta cuando no querés. Se nota si sos falso, si te hacés el crack, si estás deslizándote por la mera superficie de las cosas. Tu mediocridad, ignorancia, defectos, grietas e imperfecciones van a estar patentes. Y yo no quiero escapar de eso, porque es una de las cosas que más me gustan. Estoy seguro de que El hermano mayor fue el que hizo que se me asociara a lo descarnado, a la escritura en carne viva, pero sucedía antes. Con Derretimiento lo sentí también, eso de dejar salir a los monstruos que uno lleva dentro. Al principio me daba miedo. Sentía la mirada de mi familia, de la Iglesia, cuestionándome. Pero fue ahí cuando tomé la decisión de que no me podía importar, no a la hora de escribir. Frente al papel tengo que poder escribir lo que sea. A la hora de publicar es distinto, pero ahí lo único que podés hacer es confiar en tu integridad como escritor”, decía Mella en aquella entrevista.

Arenas siente algo parecido. Asegura que tenía que “sacarse de las tripas” a Papeles Suizos y que lo hizo “para que se caigan algunas caretas”. “Uruguay tiene una tendencia a creerse especial, siempre lo hizo. En los años 60 y 70 las maestras les decían a los alumnos que acá no iba a haber dictadura porque Uruguay era un país culto. Eso fue lo que cultivamos: la Suiza de América, la tacita de plata. Y cada uno de nuestros pueblos tiene esa idiosincrasia, pero en pequeño. El orgullo no está mal, el problema es cuando te creés superior y terminás despreciando al otro”. 

Así como Arenas sintió que tenía que publicar el libro porque el cuerpo se lo pedía, otros autores se han visto en este lugar en el que la carne de su obra emerge de sus vivencias y pide salir, y entre ellos está Fabián Severo. El autor –que recientemente publicó la novela Sepultura–,  elabora en Viralata (2015) una radiografía descarnada de la frontera que lo vio nacer. Y en ella, y en sus otros trabajos, para él fue difícil encontrar el límite entre realidad y ficción porque considera que todo lo que sucede a su alrededor es “material literario”.

“Esta charla, la que voy a tener con el peluquero de tarde, lo que me cuenta mi tía tomando mate, todo puede terminar en una novela. Yo siempre estoy con mi libretita anotando, y he utilizado varias de mis experiencias, y las de los que están alrededor mío, en mi trabajo. Mis amigos o familiares, por ejemplo, tienen una broma generalizada que es ‘no te sientes al lado del Fabi porque te mete en los libros’. Y es cierto. Cuando una vivencia es potente y me parece que puede rendir literariamente, la trabajo. Pero siempre que funcione, no lo hago solamente porque me pasó a mí o porque es real. En Viralata hasta jugué con mi nombre, pero todo en función de la ficción”, cuenta Severo. 

El autor artiguense, que asegura tener el cuidado de modificar nombres o cambiar de contexto las tramas a fin de respetar a quienes le “ceden” las historias, recordó que de todas maneras esto le ha generado, si bien no problemas, sí alguna incidencia curiosa. En una ocasión, una lectora de Viralata le escribió para decirle que su abuelo no había muerto como él lo mencionaba en la novela. Y Severo, en realidad, no tenía idea de quién era el hombre. 

“Fue muy respetuosa y me dijo que la novela la había conmovido mucho, pero que su abuelo no había muerto en esas condiciones. Lo que pasó es que el personaje de la novela tenía el mismo nombre, y ella lo asoció. Le pregunté si su abuelo vivía en la cuadra de la que hablo en la novela, que era mi cuadra en Artigas, y me dijo que no”.

Sobre esa línea difusa también habla Mercedes Estramil, autora de Washed Tombs y la reciente Mordida. Para ella, este limbo narrativo se trabaja en su obra como “puentes siempre tendidos, pero no siempre utilizados”. “Cuando la ficción propia habla de uno, ese ‘uno’ ya es otro. No es la persona biográfica, con una cronología y circunstancias precisas y ya inmodificables sino un entramado de deseos, recuerdos, sueños, apuestas”, explica la autora.

Mala lectura

En esta trama hay una figura que hasta ahora no ha aparecido y que en situaciones como la de Arenas en Nueva Helvecia es clave: el lector. O, al menos, la figura abstracta del lector que tiene cada autor. Para el autor de Papeles suizos, por ejemplo, el lector que tiene en su cabeza mientras escribe es él mismo, en el sentido de que escribe lo que quiere leer. Y ante la pregunta de si eventualmente pensar en el lector frenó algún tipo de caudal narrativo en algunas de sus obras, Estramil aseguró que no. O no al menos en su forma más abstracta. 

“Cuando es una figura concreta conviene centrarse en el cómo hacerlo para decir lo que se quiere decir y no generar un daño innecesario. Cuando escribo ficción el primer pacto es con lo que estoy haciendo, si no, no vale la pena. La consideración hacia un lector concreto que de algún modo pueda sentirse aludido y no le guste no es un tema menor. Pero a menos que se vulnere la identidad –y la literatura siempre tiene medios de disfrazar lo real– creo que un lector sano debe entender que un personaje no es un calco fiel de nadie en particular, sino un producto complejo de la imaginación del autor, y de su escritura”.

Lo que dice la escritora está íntimamente relacionado con el caso de Papeles Suizos y Nueva Helvecia, y abriendo más la cancha, hasta con la reciente polémica entre personaje humorístico Edison Campiglia de Rafael Cotelo y el departamento de Rivera; esto es, una mala comprensión del pacto que una obra de ficción hace con la realidad.

Para la escritora Natalia Mardero, autora de Cordón Soho y Escrito en Súper 8, estos errores de comprensión están generando un clima de persecución no muy sano para la literatura. 

“Tomarse estas cosas con literalidad es no entender las reglas de lo que es una obra de ficción”, dice Mardero, que leyó el libro de Arenas y se enteró del lío que despertó en la colonia.

“Estamos viviendo episodios muy extraños de corrección política, en algunos casos llevada adelante por personas formadas, que supuestamente tienen elementos para diferenciar, y en otros casos por un grupo de personas menos preparadas que tienen lugares de decisión y terminan tomando acciones que quizás que son más dañinas que las que podrían llegar a causar las expresiones culturales que intentan vetar. Perseguirlas es, también, subestimar al receptor, pensar que la gente no va a saber diferenciar o identificar la forma en la que se ve una película o se lee un libro”. 

Severo opina de manera similar, pero agrega un nuevo concepto a esta mala decodificación de los textos en la que nos hemos sumido en los últimos tiempos: la crisis en el sistema educativo y las malas aproximaciones a la literatura por parte del canon oficial.

“Esto es el resultado de un sistema educativo y una crítica literaria que ha intentado poner a la literatura en un rol evangelizador. Hay tantos cuentos con moraleja, tanta búsqueda por enseñar valores y de transformar el mundo a través de la literatura, que han pautado que los libros deben mostrar la parte rosada del mundo. Estamos en un momento en que se le está pidiendo a la literatura algo que nunca dio. Si hay algo nos ha mostrado a lo largo de su historia, es que el ser humano es capaz de las cosas más maravillosas y de las atrocidades más horrendas. Algunos creemos que si en algo nos ayuda la literatura, es en generar anticuerpos para ver el mundo. Lo de ahora es una tendencia que está llegando a un extremo y que se basa en fundamentalismos huecos. Es lo que (Zygmunt) Bauman llamaba la ‘rebeldía sin dientes’”, dice. 

En el fondo, entonces, el problema es de comprensión. De creer que la ofensa es directa y no una forma literaria. Un error, dice Mardero, que se convierte en garrafal cuando se lleva a consecuencias como las mencionadas en esta nota. “Ofenderse por una ficción está bien, porque te puede gustar o no. Ahora, salir a presionar para que un libro no se venda o una película no se vea, es más grave. Esas son las actitudes que deberían ser sancionadas”, concluye.

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