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De monstruos, muerte y trances: Daniel Mella enfrenta sus primeros libros, 20 años después

Hace alrededor de veinte años, Mella publicó tres títulos que sacudieron el panorama local; hoy vuelve a ellos y los relaciona con lo que se le viene

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01 de junio de 2019 a las 05:01

Sería bueno saber si, más o menos, todo sigue igual. O, en cambio, saber si algo se transformó y si eso se nota. Quizá lo mejor sería preguntarles a los que estuvieron con él durante aquellos años volátiles. Habría que ver quiénes eran y podríamos pedirles que vengan hasta Parque del Plata, que busquen la casita blanca en el medio de la cuadra nublada por la tosca suelta de la calle, que crucen el umbral de la puerta que siempre parece abierta y que pasen al fondo, todo derecho por el pasillo de la izquierda. Que no le presten demasiada atención al desorden y a los libros –Shakespeare, Joyce, Anne Carson– que tapizan los sillones y los rincones, y que se sienten en la mesa de losa blanca que queda pegada a la parrilla. Que allí lo miren y lo escuchen, que traten de olvidar el graznido de los pájaros y hagan su propia evaluación. Que lo vuelvan a leer desde cero aunque él ya no quiera saber más nada con ese cero. Que digan quién les parece que es hoy Daniel Mella y quién era hace 20 años, antes de los tres libros que partieron su vida a la mitad. 

Pero esas personas no están allí y tampoco van a venir; este día de otoño luminoso y extrañamente cálido le pertenece solo a él y a una taza humeante en la que hunde un saquito de té de cedrón. Con las (largas) piernas cruzadas y sentado arriba de la mesa, Mella (43) estira los primeros silencios y los acompasa a la par de las sombras de los árboles del patio. Inevitablemente llegará un momento en que esa espléndida tarde canaria empezará a morir de a poco, y eso hará que las sombras se alarguen cada vez más, que el frío se asiente y los loros se callen de golpe. Él, sin embargo, no alterará su ritmo y tono; mantendrá las mismas pausas y los mismos espacios vacíos, casi como dejando que esos instantes hablen y lo defiendan tanto como las palabras. 

Y esos silencios, aunque estén salpicados por monólogos largos y entusiastas, evidenciarán algunos misterios que todavía él parece querer guardar. Lo mismo pasó con su escritura: pocos conocían su talento a los 17 años y pocos sabían que ese tardío adolescente dedicado a los deportes guardaba semejante monstruo literario. Pocos sabían, hasta que lo dejó salir.

Lo primero fue un cuento, que formó parte de una antología homenaje al conde de Lautréamont y en la que compartió página con autores como Mario Levrero. Una locura, recuerda. Después, Mella vomitaría dos novelas casi simultáneas: Pogo (1997) y Derretimiento (1998), contundentes y oscuros vistazos a la fuerza natural que contenía ese desgarbado cuerpo de 22 años y 1,91 de altura. Antes de que el mundo literario uruguayo de fines de siglo entendiera qué tipo de asteroides eran esos dos tomos que lo habían golpeado, un tercer libro llegó para cerrar la trilogía espiritual: Noviembre, editado en el 2000.

A 22 años de Pogo, 21 de Derretimiento y 19 de Noviembre, a Mella todavía le cuesta pensar en ellos. Es más: le cuesta mirarlos y se le hace difícil entender que salieron de su interior, y sabe que no volverá a leerlos. No por ahora. “No son libros que hoy escribiría”, reafirma mientras revuelve su té. Pero como las contradicciones también son parte de la vida, él de alguna manera los estima. Le alegra que, a influjos de la editorial Hum, esos tres títulos estén de nuevo en librerías. Y es extraño, pero le siguen reportando sorpresas: cuenta emocionado que Hernán Casciari lo llamó un día para contarle que Derretimiento lo había dejado extasiado y que quería incluirlo en una colección de la revista Orsai. Mella, claro, le dijo que sí. Hoy esa rara edición ocupa la parte de arriba de su biblioteca.

“Recuerdo perfectamente lo que me enseñaron, lo que me ayudaron a atravesar, pero durante mucho tiempo los odié. Los miraba y me parecían libros malos, mediocres. Nunca hubiera pensado que iban a seguir siendo leídos. Me gusta y me sorprende el hecho de que estén en las librerías, y ahora me permito mirarlos con más cariño. Me sorprende que haya gente adulta que se copa con Pogo, que le parece que Derretimiento es mi mejor libro”, dice, y deja la pregunta servida:

Entonces, ¿cuál es su mejor libro?

Ah, eso no puedo decirlo, pero supongo que El hermano mayor. Es el que es más yo ahora, creo. No puedo compararlos, pero puedo decir que el trance más inocente fue Pogo. Yo ni siquiera sabía que estaba escribiendo un libro y por eso es el más puro. Derretimiento fue el trance más inspirado. Lo escribí como si estuviera bajo el influjo de alguna droga, porque perdía la noción del tiempo y eso nunca me había pasado. Era muy violento, tenía imágenes muy fuertes con las que tenía que convivir todo el tiempo. Recuerdo que quería parar y no podía. Me gustan los libros y las películas que logran eso. Noviembre ya fue otra cosa: había trance, pero también una intención, ganas de experimentar, más conciencia.

Después de Pogo y Derretimiento, a Mella el mundo se le abrió. Pasó de vivir en una familia de mormones, surf, básquetbol y playa, una familia que nunca imaginó tener a un escritor en su seno, a inmiscuirse cada vez más en el ambiente literario. Empezó a viajar, a conocer escritores, a descubrir un mundo que se relacionaba con “eso de ser escritor”. Sin embargo, no le gustaba demasiado. A decir verdad, no le gustaba nada y le sigue sin gustar. Se siente un bicho raro al que miran con extrañeza, alguien que pertenece pero no. Pero aunque la incomodidad que sentía en las primeras presentaciones de sus libros todavía está nítida, más lo está el sentimiento que le despertó cruzarse por primera vez con alguno de sus títulos en alguna librería.

“Me daba vergüenza. Dejé de entrar por un tiempo. Pensaba ‘cuando pase frente a mi libro lo voy a tener que mirar, y los libreros se van a acercar y mirá si no me reconocen, o peor: si me reconocen’. Recuerdo también que me empezó a dar miedo encontrarme con mis libros en Tristán Narvaja, entre los que se devuelven. A mí me encantaba Tristán y también dejé de ir. Me vino una ansiedad extraña”, recuerda. Mientras habla, un jardinero entra en escena y lo saluda con una mano en alto. Él le devuelve el gesto y retoma lo que estaba diciendo. Estaba hablando de sus viajes.

“En 1999 Derretimiento se publicó en España y me invitaron a Madrid a un congreso de literatura hispanoamericana. Fue mi primer vistazo al mundo desagradable de los festivales: el lobby, el caretaje, Alberto Fuguet, Rodrigo Fresán y toda esa gente que no me interesaba. Yo era el más joven, me chupaba todo un huevo, me cagaba en la gente y me sentía una estrella de rock. Vos pensá que era mi primer viaje a Europa y me lo pagaba un libro. Un día entro en una librería, la más grande que vi en mi vida, y vi mi libro entre las novedades. De golpe empecé a ver el futuro: ese libro iba a estar ahí y después iba a pasar a estar entre los millones de libros del lugar, y si en dos meses no se vendía, lo iban a hacer picadillo. Fue la primera vez que encaré la realidad de que era un escritor entre millones y mi libro era uno entre mil millones. Y que tenía que recalibrar todas mis aspiraciones de grandeza. Fue un buen golpe”.

Otro de los golpes fuertes de su juventud literaria se lo dio la escritora Ana Solari. Mella cuenta entre avergonzado y divertido que un día, tirado en el pasto leyendo y con la radio de fondo, debió soportar una crítica rapaz sobre sus dos primeros títulos, una crítica que lo destruyó. “En aquel momento todas las reseñas que salían eran alucinantes, pero ella hizo pedazos a los libros y me dejó mal. Fue lo primero que me chequeó el ego, la primera vez que me di cuenta de que siempre iba a haber lectores a los que no les iban a gustar mis libros. Me endureció”.

Lo raro fue que después de toda esa ebullición la escritura en él se extinguió. Es historia conocida que después de Noviembre Mella se alejó de los focos, se fue a vivir por un tiempo a Nueva York y se perdió. Durante 13 largos años, nada se editó con su firma, y tal vez por eso mismo la vuelta fue tan contundente: Lava (2013) lo volvió a poner en el mapa contemporáneo y El hermano mayor (2016), una autoficción sobre la trágica muerte de su hermano menor, lo consagró de nuevo. Los años sabáticos, sin embargo, hicieron un clic en él.

¿Por qué abandonó la escritura después de Noviembre?

No sé. Podría especular mil razones por las que dejé de escribir. Lo que sé es que cuando tomé la decisión de parar, algo se alivió. La escritura se había convertido en una obsesión, fue como dejar de fumar. Me di cuenta que la vida sin ella era posible. Durante dos o tres años ni siquiera agarré un lápiz o un papel. En Nueva York yo no era nadie y estaba buenísimo, porque toda mi vida siempre estuve identificándome con algo: era basquetbolista o era mormón o era escritor. Dejar de ser algo me alivió. Ahora sueño con convertir a la escritura en algo más orgánico, algo que no desorganice toda mi vida. Estoy dispuesto a darle a un libro energía y tiempo, pero hay un punto en el que me enfermo, me convierto en un yonqui total de la escritura. Es una especie de condena. Además, podés viciarte con publicar, porque cuando sucede hay revuelo y por un rato todos te quieren. Supongo que por eso a los 22 o 23 años sentía que escribir era una manera de justificar mi existencia. Si no escribía, ¿para qué estaba? 

Como se sabe, volvió, y cuando lo hizo, pegó fuerte. Quizá más fuerte que en aquellos primeros años de violencia y escenas tremebundas. Poco más queda para acotar a la cantidad de tinta que se imprimió a raíz de El hermano mayor, la que para muchos es su mejor obra. Queda acotar, nada más, que en ese libro Mella se abre el pecho y libera la pena contenida, demuestra la madurez de su escritura y desata el nudo familiar que dejó una muerte impensada. Fue necesario para él, y una vez leído se hace necesario para el lector.

En el libro Narrativa nativa, que perfila a distintos autores nacionales contemporáneos, su foto lo muestra abriéndose el pecho. ¿Se siente siempre así cuando escribe?

Vengo sintiendo esa sensación con todos mis libros, aunque nunca como con El hermano mayor. El resto de mis libros me prepararon para él. Desde Pogo lidio con que escribir es mostrar lo que llevo dentro. En un libro no hay manera de ocultarse; la escritura te desnuda hasta cuando no querés. Se nota si sos falso, si te hacés el crack, si estás deslizándote por la mera superficie de las cosas. Tu mediocridad, ignorancia, defectos, grietas e imperfecciones van a estar patentes. Y yo no quiero escapar de eso, porque es una de las cosas que más me gustan. Estoy seguro de que El hermano mayor fue el que hizo que se me asociara a lo descarnado, a la escritura en carne viva, pero sucedía antes. Con Derretimiento lo sentí también, eso de dejar salir a los monstruos que uno lleva dentro.

Fotografía que acompañó el perfil de Mella en el libro Narrativa Nativa, editado en 2018

¿Alguna vez temió las consecuencias de esa exposición?

Al principio me daba miedo. Sentía la mirada de mi familia, de la Iglesia, cuestionándome. Pero fue ahí cuando tomé la decisión de que no me podía importar, no a la hora de escribir. Frente al papel tengo que poder escribir lo que sea. A la hora de publicar es distinto, pero ahí lo único que podés hacer es confiar en tu integridad como escritor.

Ahora, veintipico años después de todo aquel primer revuelo y a tres de lo generado por El hermano mayor, está escribiendo de nuevo. Son dos cosas distintas, cuenta, y una de ellas está inesperadamente vinculada al amor. “Nunca pensé que iba a catalogar a una de mis novelas de esa manera”, aclara divertido y no adelanta mucho más. Lo que sí dice es que quiere ser el mejor, pero no por un ego infladísimo incapaz de controlar, sino por una herida infantil con la que asegura todos debemos convivir. 

“Mi hija me dijo que quiere aprender a tocar el piano y que quiere ser mejor que Mozart. Mi impulso fue decirle que no tiene que tocar el piano para ser mejor que nadie; quise tratar de ser didáctico. Traté de decirle que uno toca el piano porque tiene una relación con ese piano, con la música, y que eso debería bastar. Pero en realidad, querer ser mejor que Mozart es normal, y si lo pienso, yo también quiero ser mejor que Shakespeare, que Cervantes. Es más, me gustaría ser mejor que el que escribió la Biblia. Poder escribir el libro que le gane en ventas a la Biblia, escribir la nueva Biblia. Esa es una herida que tenemos desde que somos chicos”.

Ahora sí, las sombras largas dejan de ser un futuro eventual y el sol se esconde detrás de los árboles. El té hace rato que se terminó y la taza permanece fría sobre la mesa. Mella, que está parado descalzo en el pasto desde que empezó a hablar del festival en España, se calla. Durante toda la charla un tema sobrevoló, pero ahora se hace carne en forma de pregunta: la muerte. El fin de la vida está en su primer libro, en el segundo y en todos los que vinieron después. Está en su vida, lo rodea y convive con ella, así que hablar de eso se hace necesario. Su silencio es el primero que contesta, pero después le da paso a la voz. 

“Me acuerdo inevitablemente de la muerte y trato de vivir con ella. Si lo pensás, hoy es un hermoso día para estar vivo. Pero no hay que olvidarse de la segunda parte: también es un hermoso día para morir”.

Mella sobre la literatura uruguaya de hoy
“Hay más escritores que antes, haciendo mejores cosas que hace 20 años, más editoriales independientes, acá y en el mundo. Cambió la generación de críticos y de los que escriben en los diarios. Está internet. Las oportunidades son más. Hoy hay escritores uruguayos que me dan ganas de seguir lo próximo que saquen. Hace 20 años había solo dos: Mario Levrero y Gustavo Escanlar. Me alegra, es una buena señal. Si hay escritores escribiendo y escribiendo bien, algo de esperanza da. Yo tengo talleres literarios y se llenan. Hay gente escribiendo, con ganas de hacerlo y haciéndolo bien. ¿Qué es eso? Una señal de salud en de la cultura.”
Cinco comienzos

Pogo (1997): “Ahí estaba el aeropuerto. Me acerqué apenas en la oscuridad. Había una sirena. me pegué a la baranda del balcón desde donde había observado al avión que se llevaba a mi padre.” 

Derretimiento (1998): “Tardé años en recuperarme del estado somnoliento en el que ciertas partes del cuerpo se me sumieron.” 

Noviembre (2000): “Ana salió al frente de la casa hace siete años desvelada y en piyama y le preguntó a Guzman qué estaba haciendo.” 

Lava (2013): “Llegaron a Pucón a tiempo para cenar en el hotel. Después dieron un paseo hasta el lago y se sentaron en el pedregullo frío de la playa.” 

El hermano mayor (2016): “Su muerte va a caer un 9 de febrero, para siempre dos días antes de mi cumpleaños. Alejandro tendrá 31 la madrugada de esa fecha cuya luz jamás verá y que de cuatro hermanos pasaremos a ser tres.” 

 

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