9 de noviembre de 2011 9:37 hs

Todo se encamina a que Uruguay acepte las condiciones que le reclama la OCDE y acceda a, por ejemplo, modificar el régimen de anonimato de las acciones al portador. Otros asuntos, en cambio, serán de más difícil resolución, como darle información tributaria a Argentina siempre y cuando esta evite la doble tributación de quienes invierten en Uruguay.

Uruguay firmó un tratado de intercambio de información con Francia y no incluyó lo de la doble tributación. Pero ahora se lo pedirá a Argentina. Y va a tener que pensar en un acuerdo con Argentina ya no porque se lo pida Argentina, como se lo viene pidiendo hace tiempo, sino porque se lo reclama buena parte del mundo desarrollado, con el que Uruguay comercia. Claro, también se lo pide Argentina. Y Brasil. No va a ser fácil para Uruguay imponer lo de la doble tributación.

En el plano político -y aunque seguramente en Francia nadie se enteró de los enojos con su presidente por esta zona del mundo- este affaire, que puede ser calificado de internacional, en el que se vio envuelto Uruguay, dejó planteadas algunas preguntas y un par de certezas, a saber:


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Economía, ¡y pensar que le habían dicho!

En el gobierno en este momento se cuidan muy bien de no dar una señal de fisuras internas, pero las hay.

Desde el entorno del presidente José Mujica más de un funcionario comenta que el equipo económico se demoró, y se confió, y que por eso no avanzó en cumplir las últimas recomendaciones que había dado la OCDE.

El mujiquismo se alineó con las declaraciones de los referentes astoristas del equipo económico acerca de que hay aprobados varios acuerdos de intercambio de información y otros que están listos para ser enviados al Parlamento.

Pero, y esto es algo que los mujiquistas comentan con sorna, entre estos acuerdos figuran países como Malta o Groenlandia, con los que seguramente no se intercambiará demasiada información.

Para el astorismo, en tanto, lo que ocurrió, o al menos la forma en qué ocurrió lo que ocurrió en estos días, también es un asunto que interpela a la Cancillería, a saber:

El poder del vernissage.

La oposición se dispone a convocar al canciller Luis Almagro al Parlamento y seguramente tiene una larga lista de preguntas para hacerle.

Para los países que no tienen servicios de Inteligencia que actúen e incluso realicen acciones bélicas en el exterior –como sí lo tiene, por ejemplo, Francia- las Cancillerías son una punta de lanza. Los Ministerios de Relaciones Exteriores juegan un papel central en la comunidad de Inteligencia, hablando con funcionarios locales, yendo a cócteles donde no solo se toma champagne y se comen camarones, sino que también se recaban datos, chismes, asuntos de interés para el país.

También ayuda leer los comunicados oficiales del gobierno de ese país. En setiembre la página web de la Presidencia argentina informó que Cristina Fernández se reunió con Sarkozy y que entre otras cosas le planteó su preocupación por los “paraísos fiscales”.

Al aludir a estos paraísos fiscales, la presidenta argentina pudo estar pensando en las Seychelles, incluso quizás hasta se le pasó por la cabeza Vanuatu, pero de lo que no puede haber dudas es que también tuvo que pensar en Uruguay ¿Se estaba analizando esto en la Cancillería? En principio hubo algo que lo puso en tela de juicio, a saber:

Comunión progresista y diplomacia, una mezcla viscosa.

La familiaridad ideológica de los gobiernos de la región torna confusa esta disputa por el poder y el dinero, algo que no debería obstaculizar, todos de pie, “el sueño de la integración latinoamericana”. Esto tiene una vuelta más cuando a esa añorada hermandad hay que pasarla por el filtro del discurso diplomático.

Quizás por eso Almagro se apresuró en salir a decir el lunes que Uruguay no vinculaba lo de Sarkozy a una presión de Argentina. Hace décadas que Argentina le reclama a Uruguay que le brinde información financiera y tributaria. Fue Argentina la que denunció este asunto ante la OCDE. Argentina propuso a Sarkozy que incluyera ese tema en la agenda. Tras el discurso en tono de rezongo de Sarkozy, el canciller argentino Héctor Timerman, con su talante de peronista de Recolecta, salió a decir que la presidenta había protestado contra las “guaridas fiscales”.

Pero el canciller Almagro dijo públicamente que no tenía información de que Argentina estuviera atrás del asunto. Al final se hizo necesaria una corrección de rumbo, a saber:

No seremos paraíso, pero tenemos playa.

El presidente José Mujica, quizás dándose cuenta de que esa posición de Almagro no se la creería nadie en ningún lugar, aprovechó su viaje a Porto Alegre para transmitirle a Argentina y a Brasil su disconformidad.

Así como al principio Sarkozy era el único villano que, con términos poco apropiados, dijo lo que todos pensaban en el G20, ahora se asume que, tras bambalinas, estaban nuestros hermanos americanos. Con el francés se aplicó mano dura (el embajador uruguayo en París sigue en Montevideo), pero con Cristina y Dilma, parece lógico, guante de seda.

El presidente cuestionó muy tangencialmente a sus dos principales socios comerciales y aunque en algún lugar debe seguir anidando eso del sueño de la América unida, Mujica fue más pragmático y pidió cuidado en la relación con Argentina pensando, por ejemplo, en los ingresos que los argentinos nos dejan con el turismo.

Si Mujica pide cuidado también es porque entre lo de Sarkozy y lo de Cristina se sacudió en el ambiente un tufo conocido que no es precisamente extracto francés, a saber:

La tentación patriotera.

Solo hay que sentarse a ver a los políticos cuando un país tiene problemas, no consigo mismo, sino con algún extranjero. Cultivar el nacionalismo le ha dado buenos resultados a gobiernos de distinto pelo y color, al punto que los más extremistas promueven conflictos para consolidar su poder en base al odio al forastero.

En estas horas hubo algunos discursos engolados reclamando defender la dignidad nacional que se parecían bastante a los que se escucharon en medio del conflicto por las pasteras.

En aquel momento hubo reclamos de mano dura y se pidió romper relaciones con los Kirchner, pero cuando se supo que el gobierno de entonces le había pedido ayuda a Estados Unidos, la cosa cambió; como una serpiente que se come a sí misma por la cola, en base a ese mismo nacionalismo pueblerino que alentaba contra los Kirchner, se criticó que se le pidiera ayuda al imperio. Mujica conoce el paño, por eso parece de recibo su pedido de cautela en medio de esta tormenta política en plena primavera.

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