La noticia los tomó por sorpresa: “El 17 de mayo concierto”, Mozart, Wagner y Tchaikovsky, les dijeron. Venían de tocar en abril y no pensaban hacerlo de nuevo tan pronto. Pero no importa. Al contrario, el desafío los motiva y los hace crecer como músicos. Están para eso. Tienen 21, 20, y 17 años, y tocan fagot, violín y violonchelo en la Orquesta Juvenil.
Rodrigo Mato llega con una pequeña valija, fina y rectangular, de la que empieza a sacar unos relucientes tubos de madera con implantes de metal. Luego encaja unos con otros, y la cosa toma forma. Parece un francotirador montando su rifle. Pero no, es un fagot, el instrumento que eligió con solo escucharlo una vez, cuando era niño.
“Empecé y no pude parar”, confiesa con una tímida sonrisa de disculpa. Rodrigo lo dejó todo por el fagot, y la familia lo apoyó. Está enamorado, y todos lo saben. Cuando estudia cinco horas por día es feliz. Cuando toca, en la orquesta juvenil o como extra con los “mayores” de la sinfónica, está en la gloria.
El fagot es el más grave de los vientos de madera. Y, si bien es un instrumento solista, también aporta armonía en las maderas porque es el instrumento de base. “Algo similar pasa con el contrabajo en el caso de las cuerdas”, explica Mato sin soltar el instrumento mientras habla.
El instrumento siempre es uno de los más caros en cualquier orquesta. El suyo, que es para uso profesional, ronda los US$ 14 mil. Uno de estudio se consigue por US$ 5 mil, explica mientras mueve sin parar los dedos sobre los brillantes pulsadores.
El violín que lleva Elyse Castaing “no tiene precio”. Ella se niega a decirlo. Cuenta que se puede conseguir uno en Ebay por US$ 50, o soñar con un Stradivarius de US$ 2 millones. Lo importante es tocar. Viene de familia de músicos y de Francia, donde la música clásica es parte de la cultura nacional. Sus padres le contaron que a los 2 años señaló un violín y su suerte quedó echada. Varios años de conservatorio le permiten manejarse con soltura, aunque no descuida sus estudios de negocios.
Cuenta que el año pasado, cuando logró pasar las pruebas de admisión de la orquesta, vivió a uno de los días más felices de su vida. Eso fue cuando tocó ante muchísimo público por primera vez. “Uno solo es consciente cuando está ahí arriba, en el escenario, porque cuando uno es espectador se mira al de al lado, no se sabe cuánta gente hay”, comenta recordando su primera noche de pánico escénico. “Cuando lo superás empieza lo bueno”, asegura en un perfecto español.
Sensatez a los 17
Nada de eso le sucede a Magela Suárez. Disfruta de los nervios y asegura que el que no los siente, no sirve o algo anda mal. Sorprende la madurez de esta joven de 17 años que toca desde los 9 y que da clases a niños de esa edad.
Tiene claro de dónde viene y a dónde va; es la voluntad en persona. “Para mí tocar nunca será un trabajo, cuando lo sea lo dejaré”, sentencia. Le sobra personalidad para todo y no es de ahora, dice. Cuando era chica y todo el mundo elegía el violín, ella se decantó por el violonchelo. Cuando pelea con su hermano mayor y lo obliga a bajar la música porque está ensayando en casa, también le sobra carácter, asegura.
Cuenta que lo suyo fue por casualidad. Que su abuela era la vestuarista de la orquesta y que por eso ella iba siempre a los ensayos y conciertos. “Yo era una fan de la orquesta, y hoy ya son siete años aquí. Parece mentira”. Para tocar en una orquesta sinfónica hay que estar muy concentrado, sentir la música, y enfocarse en la partitura y en el director: todo al mismo tiempo.Los tres tienen disciplina y son ordenados y minuciosos, aseguran.
Pero a pesar de eso son jóvenes y según cuentan, no se privan de nada. Salen, bailan, se juntan con amigos y les gusta el rock como a cualquiera. A Rodrigo Mato, por ejemplo, le encantan La Vela Puerca y No Te Va Gustar. Esa juventud también asoma a veces en el lenguaje y en el entusiasmo. Porque para Suarez, “Tchaikovsky es re pesado, es genial”.
El escenario en el que tocarán por la noche está ahora desierto, y la silenciosa platea vista desde la altura del cuarto piso del Auditorio Adela Reta impone respeto. Los compañeros comienzan a llegar al ensayo y saludan algo cortados por la presencia de la prensa.
Antes de un minuto, sin embargo, ya ni se fijan. Comienzan a afinar todos al mismo tiempo con un bochinche sin sentido de escalas imposibles.
Pero poco a poco algo comienza a distinguirse entre el caos. Una cadencia sutil, deliciosa. La entrevista no puede continuar. Es la música. Es Mozart.