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Colectivo Licuado: la historia de los muralistas uruguayos que pintan el mundo

Florencia Durán y Camilo Núñez son dos uruguayos que viajan por el mundo pintando murales y revalorizando los rincones olvidados de las ciudades 

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10 de diciembre de 2019 a las 05:00

Al principio de todo solo estaba el muro gris. Un mosaico de grietas que con el tiempo logró tapar el paredón. Fue entonces cuando los que vivían más o menos cerca lo olvidaron: un muro más en la jungla de cemento.

Así se mantuvo por un tiempo. Y después llegaron ellos. Llevaban la ropa gastada por el trabajo, cargaban brochas y pinceles resecos, y tenían las manos salpicadas de pintura. 

Ellos, los artistas, empezaron a recolectar historias de los vecinos que estaban allí en ese momento y también de los que alguna vez vivieron a la vuelta de aquel muro gris y dejaron sus miradas. 

En las cabezas de ellos, de los artistas, las historias empezaron a tomar forma de trazo. Los cuentos de aquella comunidad se colorearon de celeste, de rojo, de blanco, de marrón. Y finalmente apareció el primer boceto.

Tiempo después, el muro gris ya no existe. Ahora son dos niños –una nena y un varón– montados sobre un gallo. El niño lleva el brazo extendido y con la punta de los dedos sostiene una llave que podría abrir un cerrojo pintado en el cielo. Aquello dejó de ser solo un muro para convertirse en un mural que cuenta la historia de ese lugar, de las personas que lo habitan y de los artistas que lo pintaron.

Eso es lo que hacen los uruguayos Florencia “Fitz” Durán y Camilo “Theic” Núñez, o el Colectivo Licuado. Hace ya cinco años que se enfrentaron –en colaboración con su colega y coterráneo Alfalfa– a aquel primer muro gris donde su trabajo transformó las grietas en lienzo y después en obra de arte. Fue el costado de un edificio de 10 pisos en Gdansk, una ciudad portuaria con medio millón de habitantes en la costa báltica de Polonia.

 

Luego de pintarlo, los artistas nunca más regresaron y es probable que jamás lo hagan. “Perdés el control de la obra. Uno pinta y eso pasa a ser parte de la ciudad, de su arquitectura”, dice Florencia. Camilo, en tanto, agrega: “Los muros que pintamos son una pequeña parte nuestra. Hay un ejercicio del desapego muy grande. Pintamos, sacamos una foto y esa foto se queda con nosotros, pero el muro no. El muro es de la gente y si lo quieren cuidar lo van a cuidar y si no lo quieren se caerá a pedazos”.

Ese primer mural fue, dicen algunos, el más grande que pintaron artistas uruguayos.

 

Años después, en 2019, los dos últimos proyectos grandes de Licuado estuvieron casi pegados en el tiempo y fueron en Montevideo. El primero fue el viaducto del Paso Molino y el segundo los accesos al aeropuerto de Carrasco. Dos obras ambiciosas que, cuando Florencia y Camilo se juntaron a pintar por primera vez, ni se imaginaron que estarían haciendo algunos años después.

Es lo que tienen las buenas historia.

La calle como laboratorio

Coincidencia. El encuentro entre Florencia y Camilo fue pura coincidencia.

Ella tenía veintipocos, había pivotado por algunos talleres de ilustración, pero no tenía ni ahí claro qué era lo que iba a hacer con su futuro. Sabía, sí, que tendría que ser algo vinculado con el arte.

 

Él apenas había terminado el liceo. Tenía algo de experiencia en fotografía, tocaba en una banda y antes de eso bailó con un grupo de folclore. “Estás loco, hijo. Buscate otra cosa”, le dijo su madre cuando él le contó que estaba pensando en anotarse en Bellas Artes al final del verano del 2008.

Su punto de encuentro fue la licenciatura en diseño industrial, a la que ambos entraron por descarte. Eran varios en la clase, pero una mañana los dos llegaron tarde y les asignaron un trabajo para hacer en equipo. “Básicamente nos hicimos inseparables. Conectamos como una hermandad estelar con mucha compatibilidad”, dice Florencia.

 

La carrera les exigía horas y horas juntos por fuera del aula dedicadas a entregas y proyectos. Eso primero destapó y luego dio rienda suelta a una pulsión creativa que latía en ambos. “Necesitábamos estar activos, producir cosas. Era una necesidad de hacer, hacer, hacer y mostrar, mostrar, mostrar. Encontrar nuestro camino, descubrir juntos para dónde era que íbamos a llevar nuestras vidas”, relata Camilo.

La calle fue su laboratorio. Los dos eran muy jóvenes y no tenían trabajo, por lo que seguían viviendo con sus padres. Entonces trataban de estar fuera de sus casas el mayor tiempo posible. Los primeros dibujos los hicieron con marcadores y esténciles. Después pintaron lentes y auriculares y los vendieron por Facebook. Eso les dio bastante visibilidad en círculos más cerrados y les empezaron a salir pintadas pequeñas. El juego de mesas de algún bar amigo, la fachada de una peluquería y el muro del patio de algún boliche. El resultado siempre era una obra dividida, la mitad de Camilo y la otra mitad de Florencia. Los resultados aún no eran de un colectivo.

 

“Terminamos haciendo murales porque se dio naturalmente y nosotros nos sentimos supercómodos con el formato. De hecho, el primero que pintamos fue terrible, lo hicimos solo para divertirnos, y a la gente le gustó igual”, recuerda Florencia. Y agrega: “Nos gustó eso de estar en la calle, jugar con la arquitectura y hablar con otras personas, conocer sus historias”.

La cosa fue fluyendo y su trabajo se empezó a hacer cada vez más y más visible. Aunque el verdadero punto de quiebre llegó en marzo de 2013, cuando los dos abandonaron la carrera de diseño y emprendieron juntos un viaje de seis meses que los llevaría por algunos países de América Latina. “Ahí empezamos a conocer la realidad de otros artistas que nos mostraban cómo se podía vivir del arte. En Montevideo nosotros no teníamos amigos artistas. Eran ilustradores que vivían del diseño gráfico, actores que hacían tareas de gestión en un teatro, o cosas así. Ninguno vivía verdaderamente de su arte”, explica Camilo.

Durante esos meses conocieron creadores de todas partes del mundo que ya venían trabajando en murales hacía un buen tiempo. Les contaron todo acerca del mundo de los festivales, de los fondos de incentivo cultural que financian murales de US$ 20 mil y de los intercambios artísticos. “No teníamos ni idea”, dice Florencia.

 

Un día tocó volver a Montevideo. “Tuvimos que definir si esto era lo que de verdad queríamos hacer con nuestras vidas. Y en caso de elegirlo, teníamos que poner toda nuestra energía en eso”, relata Camilo.

La respuesta fue que sí, que la cosa venía por ahí. Con los pocos pesos que les quedaban ahorrados alquilaron, a principios del 2014, una oficina en un cowork y se metieron de lleno con el proyecto del colectivo. Pero faltaba un nombre, una identidad. Si hubo algo que les enseñó la facultad es que todo debe tener un sentido. “Antes en una misma pared nosotros pintábamos cada uno algo diferente, pero si queríamos formar un colectivo, un equipo, el resultado tenía que poder ser el mismo, que no se notara quién pintó cada cosa. En ese sentido, ahora nuestro trabajo es un licuado: cada uno va y pone fruta”, explica Camilo.

Todos los caminos llevan a Montevideo

El 2014 fue un año de concentración en Montevideo. Ya en el 2015, Licuado estaba listo para salir al ruedo y lo hizo en las ligas mayores del muralismo: Europa.

La gira duró varios meses. Pintaron algunos murales y establecieron una rutina de idas y vueltas desde Montevideo al mundo que el colectivo repetiría cada año, incluso hasta hoy. Un poco de eso fue gracias a ese portfolio abierto en el que se convirtieron las redes sociales, como Instagram, y que les darían la visibilidad que siempre necesitaron para tener éxito en un país pequeño como el suyo. 

 

El estilo de su arte –enfocado más que nada en los retratos– nació a partir de la experimentación y se dio de forma natural. Sobre esto, Camilo dice: “Lo que cada uno aprende personalmente lo lleva al equipo y vemos qué funciona y qué no. Nuestro estilo siempre va evolucionando”.

Su proceso creativo, empieza con un disparador que suele agarrar a los artistas de improviso. “A Camilo, por ejemplo, le gusta la mitología griega, entonces a veces tiene una historia en la cabeza y nos basamos en eso y lo transformamos en una pintura”, explica Florencia. Por lo general intentan que haya un punto en común entre la obra y el lugar en el que van a pintar, más allá de que algunas veces es una marca o una empresa la que da los lineamientos porque ellos también trabajan por encargo.

 

“Tratamos de no ir a lo obvio ni a lo típico, pero que la gente del barrio se sienta identificada al menos un poco con la obra de arte”, explica Camilo. Para lograr ese grado de conexión –y cuando los tiempos alcanzan–, el colectivo suele pasar unos días en el pueblo o la ciudad donde van a pintar, hablan con los vecinos, sacan fotos y pierden el tiempo. Eso, dicen, se transforma en una suerte de “activismo cultural local” en donde el objetivo siempre es encontrar lo bello y lo positivo de lo cotidiano. “Pero no en los estereotipos de belleza clásicos, sino en los gestos, en las sutilezas”, dicen.

Por lo general, prefieren los lugares pequeños porque allí es donde se da la magia. “Uno en su mundo se mueve en determinados círculos y no tiene esa instancia de compartir mucho con gente distinta, con otra realidad, con otras edades y con otro tipo de experiencias. La calle te da esa oportunidad”, cuenta Florencia. Ambos explican que trabajar a la vista de todos rara vez implica experiencias negativas, más allá de una bocina o un grito desconsiderado. “Los vecinos te agarran de psicólogo, hacen catarsis contigo y se genera una relación muy linda”, dice Florencia. Algunos incluso les preparan comidas o los dejan descansar en sus casas. Camilo lo resume así: “Hay algo con la pintura en la calle que rompe muchos esquemas”.

 

Oportunidad de pintar a lo grande en Uruguay ya tuvieron –muchos recordarán el afamado mural de Cinemateca en 2017 sobre la avenida 18 de Julio–, pero falta el edificio. Ese es el sueño: un edificio grande como el que pintaron en Polonia. Porque más allá de los viajes, de las ciudades impecables en Europa y los pueblos místicos de la India, Montevideo sigue siendo la ciudad refugio a la que siempre se vuelve.

Ya lo dice Camilo: “En ninguna ciudad del mundo encontramos lo que tenemos acá. Lo bueno y lo malo. Nada se compara con Montevideo”. 
 

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