11 de junio 2022 - 5:02hs

Estamos a mitad de camino de un gobierno que se inauguró a pura pandemia. Es una mitad de camino que se hace cuesta arriba por muchas razones, entre ellas el hecho de que la campaña electoral ya se percibe en casi todas las declaraciones, ataques y defensas del sistema político. Es válido entonces preguntarnos cómo se juzga a un gobierno que casi casi nació al ritmo de la urgencia, y que adquirió personalidad por el manejo de esa emergencia, ahora que la pandemia pasó, al menos en los papeles. 

Es indiscutible que la segunda mitad del gobierno de cualquier administración, sin importar su color político, suele ser más difícil de transitar.

Esta vez, a diferencia de otros períodos, la primera mitad, la de la luna de miel, fue pandémica y logró dejar como resultado positivo para el gobierno y su conductor, una buena aprobación del manejo de una emergencia que nadie veía venir y para la que no existían planes ni previsiones. 

El presidente Luis Lacalle Pou emergió de la pandemia con buena nota, sobre todo si se considera que fue electo con escasos votos de diferencia y que al promediar el peor momento del virus en Uruguay tuvo una oposición dura pero algo desorganizada, que pedía medidas más severas a la hora de limitar la movilidad para bajar el nivel de contagios. La buena nota se cimentó en una comunicación personal y constante de la situación que se vivía, un manejo atinado de las medidas sanitarias y económicas y un término medio que nunca llegó al confinamiento obligatorio que se vivió en múltiples países de todo tipo de color y desarrollo. 

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Pero las consecuencias igualmente fueron y son severas. Si bien lo peor de la pandemia parece haber pasado, los coletazos siguen pegando fuerte a los rubros más afectados; la economía logró evitar la recesión y mantener controlado el déficit fiscal -una de las promesas de campaña de Lacalle Pou-, pero esta segunda parte del gobierno se caracteriza por la incertidumbre del enfermo recuperado que sale de nuevo a la intemperie, pero camina despacio y con problemas respiratorios. El enfermo en recuperación debe enfrentar las consecuencias de la inestabilidad internacional, que hace que la inflación no ceda y el precio de los combustibles se haya disparado.

Así es que se arma ese mejunje de temas en los que el gobierno dice A y la oposición B, y viceversa. ¿La inseguridad está peor o mejor que antes (que antes de qué)? ¿El panorama de inversiones viene repuntando luego de anuncios como el de la instalación de un laboratorio de inteligencia artificial por parte de Microsoft, o de los contactos que el gobierno logró con grandes nombres tecnológicos, desde Netflix hasta Meta? ¿Se logró contener la pobreza aunque las ollas populares están llenas?

Ninguna de estas preguntas tiene una sola respuesta, pero todos estos temas centrales son analizados de forma diametralmente opuesta por gobierno y oposición. Para profundizar tomemos uno solo de esos meollos dialécticos: la seguridad. Esta semana el ministro Luis Alberto Heber fue al Parlamento convocado por el aumento de los asesinatos, luego de meses en los que el gobierno tomó a la reducción de los delitos como un caballito de batalla potente. 

En el Senado el ministro se dedicó a comparar la gestión actual con la del Frente Amplio y el Frente Amplio hizo lo propio. Cada uno eligió las cifras que le servían para construir “el relato”, una expresión de moda entre los jerarcas políticas de todos los colores, que se refiere a la construcción de la opinión pública. Así, Heber dijo que si comparaban los primeros 27 meses de gobierno frenteamplistas con el mismo período de esta administración, se redujeron delitos tales como rapiñas, hurtos, abigeato y violencia doméstica, y también los homicidios.

Según cifras oficiales, que en principio no son contestadas por la oposición y que provienen del mismo organismo que midió durante los gobiernos de izquierda, los homicidios bajaron 23,7% si se compara 2019 contra 2021, el abigeato 36,4%, los hurtos 19,9%, las rapiñas 18,8% y la violencia doméstica 1,3%. 

Igual de cierto que todo lo anterior es el hecho de que en mayo los asesinatos se dispararon. ¿Con respecto a qué? Al propio período pandémico que para la oposición es la razón más fuerte de que no haya aumentado el delito. “La oposición no está viendo la realidad. Hubo un total de 741 homicidios en estos 27 meses de nuestra gestión, el Frente Amplio en los últimos 27 meses tuvo 905 homicidios”, dijo el ministro.

Más allá de contradicciones que no siempre son tales pero que forman parte del juego democrático, el gobierno sabe que la pandemia ya no es una prioridad para el ciudadano y que, incluso si fue la razón por la cual la primera mitad de esta gestión se abocara casi exclusivamente a la administración de la emergencia, no se le perdonará si en la segunda mitad no logra anotar puntos de peso. Tal vez por eso el secretario de la presidencia, Alvaro Delgado, dijo en estos días “que el gobierno se resetea para apretar el acelerador en una cantidad de temas y, sobre todo, para aterrizar una serie de proyectos de inversión que generan empleo y trabajo, que es lo más importante”. Lacalle Pou ya había dicho algo similar, con otras palabras.

Al mismo tiempo, el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, dijo que “la gente entiende que tiene que haber cambios” en el país y subrayó lo que ya había expresado el Plenario del FA: que existe “una emergencia económica y en materia de seguridad”. 

El relato del gobierno se juega en cifras y en anuncios de inversiones de las que se conocen a veces los nombres, pero no los montos ni alcance en el empleo. El relato de la oposición se centra en lo que anda peor que antes, un “antes” que difiere según la conveniencia de esta campaña electoral que ya está en marcha. 

Todas las semanas nos enteramos de hasta qué punto los uruguayos simpatizan más o menos con el presidente. La encuesta de mayo de aprobación de gestión del gobierno realizada por Opción demuestra que las cosas no son tan diferentes a lo que pasó en otros gobiernos.

“Cumplidos 27 meses de gestión, el gobierno nacional registra un 46% de evaluación favorable”. El relato de la oposición enfatiza que hay una caída de 5 puntos de la aprobación y un incremento de 7 puntos de la desaprobación, y los datos son correctos. El oficialismo recuerda que si se compara esta cifra de aprobación con la que tuvieron gobiernos anteriores, la gestión encabezada por Lacalle Pou “se asemeja a los ciclos de mejor posicionamiento relativo”. Tal como señala Opción, “solo el primer gobierno de Tabaré Vázquez y la administración de José Mujica tenían a esta altura del ciclo de gestión, una brecha de aprobación positiva, tal como sucede con el actual gobierno”. La aprobación en el segundo gobierno de Vázquez fue muy inferior; en junio de 2017 un 24% aprobaba la gestión de su administración y un 43% la desaprobaba.

Los relatos tienen demasiado peso y le ganan, en medio de algunas confusiones, a la realidad que, como es sabido, en la política suele ser un chicle. Al final el único relato que vale es el que acepta o construye cada ciudadano. 

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