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Corazón tan blanco

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19 de septiembre de 2019 a las 05:01

Cada cual tiene en su infancia su momento epocal. No porque hayamos presenciado un gran paso para la humanidad (aunque haya sido pequeño para nosotros), sino todo lo contrario: porque fue enorme para nosotros y sólo para nosotros.  En el otoño-invierno de 1967, tuve yo el mío.

He recordado recientemente que la primera vez que entré en un estadio de fútbol, fue para ver a Peñarol, en el viejo San Mamés, en Bilbao, quizás en 1964. Yo tendría cosa de 8 años. Miramos el partido desde el palco oficial. San Mamés estaba lleno y llovía bastante y el Athletic, acostumbrado a jugar bajo lluvia torrencial, venció 4-0 a los aurinegros. Debo decir, en un intento abiertamente populista de congraciarme con la mitad del país, que en un par de ocasiones, con mis hermanos gritamos con toda la potencia que permitían nuestras jóvenes gargantas, emulando el mítico aliento de la afición bilbaina, unos “¡Aupa, Peñarol!” que se perdieron en la noche. En las malas es cuando se reconoce a los amigos.

La segunda vez, fue en el Bernabéu, hacia fines de 1966, nada más ni nada menos que la final Intercontinental entre Real Madrid y Peñarol. Pero esta vez Peñarol lució su extraordinaria calidad, con goles de Pedro Virgilio Rocha (de penal) y Alberto Spencer. Mis hermanos y yo no estábamos ahora en el palco oficial, sino en el equivalente al talud de la Colombes, y rodeados de madridistas muy enojados, así que reprimimos los gritos de gol y juzgamos prudente que nuestra orientalidad quedara, por una vez, en estado latente.

No conozco a muchos hinchas de Nacional que hayan crecido siguiendo y alentando al eterno rival, como yo lo hice. Además, el arte está por encima de casi todo y mi padre nos enseñó a apreciarlo, aunque se escondiera debajo de una camiseta aurinegra: ¡cuánto hemos admirado al Tito Gonçalves o al Pardo Abbadie!

Por eso recordaré siempre aquellos partidos por la Libertadores de 1967, mis primeros clásicos. Estábamos recién regresados de muchos años en el exterior y en Montevideo todo era nuevo para nosotros. (Todo menos Peñarol, a quien habíamos visto coronarse campeón hacía pocos meses).

Confieso que yo sentía un poco de miedo y cierto complejo de inferioridad ante Peñarol. No acertaba a entender de qué manera aquel cuadro excepcional podía llegar a ser vencido. Y vivía con una sensación de derrota anticipada.

Los hechos, por momentos, daban razón a mis miedos. En el primer clásico, aunque empezamos ganando 1-0, por un gol de tiro libre de Celio Taveira Filhio, Peñarol dominaba en el juego y Nacional apenas aguantaba. El momento más dramático fue, ya en el segundo tiempo, cuando Abbadie picó la pelota por arriba del arquero de Nacional y el defensor Manicera sólo in extremis pudo sacarla en la línea con una casi imposible chilena.

Llegamos al segundo clásico con esa pequeña ventaja y, aunque también éste lo empezamos ganando, Peñarol lo dio vuelta rápidamente y otra vez la entrada de Abbadie fue determinante. Por diferencia de goles, Peñarol pasaba a la siguiente fase.

La luz de la tarde se iba apagando, las tribunas estallaban de euforia aurinegra y en la cancha había un solo cuadro: Peñarol. Al punto que cierto jugador (algún día supe cómo se llamaba) detuvo la pelota y se sentó sobre ella, demostrando así su menosprecio y su supremacía.

Mientras, en algún lugar de la Olímpica, yo moría bajo el peso de la inevitabilidad del destino y de la humillación, como esos guerreros de la Ilíada a los que les sobreviene la negra noche.

Pero entonces, alguien de Nacional pellizcó una pelota en la media cancha y metió un pase largo hacia la izquierda. Pepe Urruzmendi corrió por la punta desesperadamente hacia la esquina de la América y la Colombes (como si en ese lugar lo esperara la respuestas a todas las preguntas). La luz era ya mala y había que adivinar lo que pasaba. Y lo que adivinamos fue a Urruzmendi levantando un centro “a la olla”, y a Celio mandando de cabeza aquella pelota imposible al fondo de la red.

Decir que nunca he sido tan feliz en mi vida es una exageración. Pero cuando al terminar el partido miles de personas sacaron sus pañuelos y los agitaron para celebrar la victoria tricolor, sentí cuán inmensamente alegre, original, civilizado y elegante era aquel gesto. Y me hice de Nacional para toda la vida.

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