2 de mayo de 2014 19:02 hs

Sucede últimamente que es difícil encontrar un libro de ficción parejo de la primera a la última línea. Más que por la calidad de los autores, el problema viene por el lado de la extensión de los textos, gruesos ladrillos que terminan atentando contra la eficacia de lo narrado, que aburre con tangentes inútiles y reitera conceptos.

Ni siquiera la estupenda Canadá, de Richard Ford, uno de los mejores libros publicados el año pasado, se salvaba de esa falta de criterio o valentía editorial para decirle a un autor que sobran 150 páginas, que hay que cortar. La novela decaía inexorablemente sobre el final y opacaba la soberbia primera parte. Por todo esto, resulta curioso el caso de este último trabajo de Giorgio Faletti, Tres actos y dos partes, con el que sucede exactamente lo contrario: peca de ser excesivamente breve y el lector se queda con ganas de más.

Es como si el autor hubiera estado apurado por terminar la historia o no tuviera energía para contar algo más sobre la psicología del personaje principal, un pintoresco exboxeador y exconvicto de 60 años, reconvertido en utilero de un club de la segunda división del fútbol italiano, viudo y distanciado de su hijo, un hábil jugador número 9 con bastante capacidad goleadora pero al que solo le interesa el dinero. El exboxeador lucha contra la mafia del fútbol al tiempo que busca una salida para su vida.

Narrada en primera persona, la novela se cuenta en tiempo real pero recurre a un par de muy buenos flashbacks para explicar el pasado de Silvano, momentos que el autor aprovecha para señalar las diferencias entre el mundo de otrora y el moderno; la vida de los pobres y la de los ricos; y cómo una carrera deportiva se puede torcer por una mala jugada del destino y una decisión juvenil irresponsable.

La meteórica carrera como boxeador se viene abajo en un santiamén por un arreglo deportivo, por esa escena ya contada mil veces del boxeador que acepta ser noqueado, que acaba en este caso con el púgil en la cárcel, de donde sale cambiado para siempre.

El problema es que este y otros pasajes logrados se reducen a dos o tres páginas, y se vuelve rápidamente al presente y a la trama del amaño deportivo, que no agrega mucho al carácter del personaje ni le da mayor profundidad.

Por suerte Faletti, como ya demostró en Yo mato, escribe bien y con eso salva el libro. Cuando tiene que describir la deteriorada relación padre- hijo, escribe: “Entre nosotros siempre se ha interpuesto la sombra de mis antecedentes penales, a veces tan grande y oscura que ha resultado un eclipse total. Vivíamos en la misma casa, hablábamos, hacíamos lo que suelen hacer un padre y un hijo. Pero siempre nos veíamos como desenfocados, como si estuviéramos envueltos en plástico. Por mucho que lo intentamos nunca conseguimos agujerear aquel plástico y mirarnos a la cara”.

También hay una interesante descripción de la vida de provincia en oposición a las grandes ciudades, ejemplificada con el trato cercano y humano que tiene Silvano con un kiosquero y con el dueño de un bar, mientras que apenas cruza una palabra con el dueño del equipo de fútbol donde trabaja, que suele llegar en helicóptero para ver los partidos desde el palco.

En el plano amoroso, donde se cuenta cómo Silvano intenta relacionarse con una camarera tan vieja como él, la novela tiene las mismas virtudes y los mismos defectos: la historia interesa, pero el autor no la profundiza, limitándose a reflotarla en el último capítulo para lograr un final feliz.

Un libro sobre la segunda división del fútbol y de la vida al que le faltan unas cuantas páginas, pero que entretiene.

$ 560

Es el precio de este libro editado por Anagrama,
de 145 páginas.

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