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Cristina Morán: “Si no fuera por mi actitud pasaría a ser invisible; los viejos molestamos”

La actriz y comunicadora, recientemente nombrada Ciudadana Ilustre de Montevideo, habla de su carrera, de lo que significó ser la primera mujer en televisión y de seguir “hasta que el cuerpo aguante”

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16 de febrero de 2020 a las 05:00

El ladrido es ensordecedor. Casi que sorprende que salga de ese cuerpo minúsculo y nervioso que corretea por la sala de estar imponiendo su presencia. Anina –así se llama– quiere ser parte de la conversación y hace todo lo posible por intervenir. Ella tiene su lugar allí: se lo ganó. Dicen que en muchos casos los perros toman actitudes de sus dueños, que se mimetizan o, al menos, homologan las identidades de quienes se ocupan de ellos. De ser eso cierto, Anina es coherente: de su dueña, la actriz y comunicadora Cristina Morán, tiene mucho. En ella hay fuerza a pesar del tamaño, hay presencia, hay ímpetu. Y quiere –no: demanda– que la escuchen. 

Morán también es así. La “primera mujer de la televisión uruguaya” mira su carrera por el espejo retrovisor con la experiencia de alguien que está a meses de las nueve décadas y no quiere parar ni dejar de estar en primera fila. No se le ocurre ni por asomo el retiro porque, dice, no es para ella. Y eso fue lo que, entre otras cosas, la llevó a estrenar recientemente una nueva obra de teatro y a participar de una película, Alelí, que la pone en su primer gran papel en pantalla grande. En esta comedia uruguaya –que se estrena el 5 de marzo y que pasará por el Festival de Cine de Punta del Este–, la actriz interpreta a una matriarca que debe recomponer su familia –o al menos intentar que no se despedacen entre ellos– ante el agujero dejado por su difunto esposo. 

Más allá de que todas estas actividades la han mantenido ocupada por motu propio, las cámaras y los reconocimientos también la siguen por motivos ajenos a su decisión: hace un par de semanas, la Intendencia de Montevideo la nombró Ciudadana Ilustre, algo que la honró y emocionó sobremanera. Sobre todo porque aunque no le crean, no se lo esperaba. Y según ella siempre ha sido así: prefiere no imaginar el porvenir y deja que lo que tenga que venir, venga solo. Así lo hizo en radio, en televisión, en teatro y ahora en cine. Y así lo va hacer mientras pueda. Mientras la dejen. Y cuando no la dejen, también.

¿Le generó una alegría especial que el reconocimiento venga de parte de “la ciudad”?

Sí. Montevideo me vio crecer, y yo la vi crecer conmigo. Nací en el año 30, el mismo año en que se hizo el Centenario. Y la Montevideo que veo ahora es tan bella y arbolada –menos los árboles de 18 de julio, claro–. Se han recuperado muchas cosas que me hacen acordar a mi adolescencia, y lo digo públicamente y a quien quiera escucharme: el gran artífice de este cambio que ha tenido la ciudad fue el arquitecto Mariano Arana. Después vinieron otros que no hicieron tanto, pero el que dio el puntapié inicial fue él. Le estoy inmensamente agradecida, porque amo esta ciudad y me gusta verla linda, me gusta verla coquetear y que la gente la disfrute.

¿Alguna vez tuvo alguna oferta para irse y prefirió quedarse?

Sí, tuve una siendo mucho más joven. Pero siempre fui muy de la familia. Tuve un solo hermano, que murió joven, y vivía con papá y mamá. Y cuando tuve la posibilidad de irme a Argentina, no los pude dejar. Sentía que ellos me iban necesitando cada vez más. No me decían nada, pero lo sabía.

¿Qué tipo de oferta era?

Para hacer televisión. En los comienzos vinieron muchos argentinos a hacer televisión acá, porque no sabíamos nada. Fue en la década de 1950, cuando los galpones de Canal 10 estaban en donde está ahora el Antel Arena. Eran nombres pesados los que venían, y con ellos fuimos aprendiendo. Eran talentosos, no eran oportunistas; venían a trabajar y se les pagaba. Para nosotros era fantástico, si no teníamos idea de nada.  

Durante la entrega del reconocimiento, la directora de cultura Mariana Percovich dijo que “es tiempo de reconocer la actividad y los méritos de las mujeres que en la historia han quedado invisibilizadas”. ¿Alguna vez se sintió así durante su carrera?

No, ¿invisibilizada yo? Jamás. (Piensa) Te diría que si no fuera por la fuerza que tengo, y por mi actitud frente a la vida, si no fuera por mí misma, yo pasaría a la invisibilidad ahora. Porque soy una señora muy mayor de casi 90 años, y al haber doblado el codo de la vida y al estar en la recta final, y en caso de no seguir buscando un lugar, ahora sí sería totalmente invisible. Porque los viejos molestamos. Y esta sociedad está muy avejentada; hay que empezar a tener niños, a formar gente. Hay que poblar este país. Después no se puede chillar, ¿eh? Y aún así nada está pensado para los viejos. Los lugares para sentarse en la sala de espera de una mutualista, por ejemplo. Te tienen que sacar con la grúa de la intendencia. Recuerdo que hace un tiempo, después de una operación, preferí quedarme parada en la sala de emergencias y mi hija me insistía en que me sentara. Pero si lo hacía no me levantaba más, me sacaban con la grúa. En ese momento lo dije fuerte, porque quería que me escucharan. Porque el gran problema de los uruguayos es que no hablamos, y las cosas hay que decirlas en el momento. Si pedís un entrecot jugoso y te lo traen cocido, lo tenés que devolver. No te lo tenés que comer por gusto. Decilo y que te traigan lo que pediste. Es tan simple, pero no lo hacemos nunca. Los uruguayos tenemos la manera del silencio; yo no. Quiero que me escuchen. 

Se la llama “la primera mujer de la televisión uruguaya”. ¿Esa actitud le sirvió para abrirse camino cuando llegó allí?

Sí, porque era un mundo mayoritariamente masculino. Me voy a adelantar a algo que siempre me preguntan: nunca tuve problemas de acoso laboral  o sexual, pero no porque los hombres fueran maravillosos, sino porque yo misma no lo permitía. De repente con esta voz fuerte o con mi presencia marcaba determinada autoridad, o determinada fuerza. 

Había como una advertencia tácita, digamos.

Claro. Toda la vida, desde que el mundo es mundo, el hombre se tiró un lance con una mujer. Y hoy las cosas han cambiado y sucede de los dos lados, algo que está bárbaro. Porque sirve para abrir las cabezas y dejar de decir “acá está el macho, acá la hembra”. Pero en aquel tiempo te invitaban a tomar un café, y después cuando ibas a tomarlo era un trago o un whisky, y ahí dependía de ti si querías tomar el whisky o decirles “mirá, me invitaste a tomar un café, yo voy a tomar un café”. En fin, es un tema urticante y da para mucho. Y tengo una forma de ver las cosas que quizás no coincide con otras.

Lo que está claro, entonces, es que su actitud marcaba la cancha incluso en aquel momento.

Por supuesto. Tuve algún encontronazo en la parte profesional, eso sí. Me querían llevar por delante. Ahí me tenía que poner firme, porque si los dejaba, lo hacían. Había que pisar firme y decir “acá estoy yo, y después yo, y después, si hay lugar, estás vos”. Ahí era una leona. Sacaba las garras. Porque, en primer lugar, era un medio muy competitivo. Y además cuando yo empecé tenía apenas 17 años y tenía que hacerme valer. Imponerme entre todo eso. 

¿Cree que ayudó a pavimentar el camino para las mujeres de la televisión?

Sí, fui punta de lanza, por supuesto que lo sé. No es que lo diga yo, lo dicen las propias mujeres que trabajan allí. Y no ando pregonándolo, pero ¿cómo no lo voy a saber? Han pasado los años pero no soy tonta y tengo conciencia de lo que fui. Sé que soy un referente para muchas mujeres, no solo para las que trabajan en televisión o en el mundo cultural y artístico, sino para mujeres de cualquier rubro. Porque los que estamos en los medios de comunicación, sean orales o escritos, somos referentes. Lo que decimos, lo que escribimos u opinamos, es tomado en cuenta. ¿Cuántas veces un niño repite algo que dicen en la tele, por más que no esté bien? Tiene mucho peso tener un micrófono, una computadora en la que volcar lo tuyo. Tiene mucha fuerza. Por eso hay que tener tanto cuidado. Vamos a cometer errores, por supuesto, pero tenemos que tratar de cometer la menor cantidad posible cada día y cuidar nuestras actitudes, posturas, nuestras formas de expresarnos. Fijate lo que pasa hoy en día con los youtubers, con los influencers. ¡Nosotros somos influencers! Los primeros, quizás. Lo hicimos de otra manera, claro, pero estuvimos en ese lugar. 

¿Cómo nota que ha cambiado la televisión hoy? ¿Han cambiado las ideas de lo que la gente quiere ver?

¿Cómo sabemos lo que la gente quiere ver? Yo escucho las promociones de los canales y más o menos todos van por el mismo camino. Y uno supone que eso es lo que los espectadores buscan. Pero, ¿no son los medios los que van dando contenido hasta que el telespectador se acostumbra y lo acepta? No es tan sencillo. Hay cosas que no sé cómo pueden estar, pero están. Y además no hay creatividad. Están muy bien los formatos, pero compran todo y no agregan nada nuevo. No le ponen nada de cabecita para ver qué se le puede agregar dentro de los límites del formato. Nada. 

De hecho, usted participó en una serie de ficciones y tiras uruguayas que se cortaron de un día para el otro. Es una muestra quizás, de esa falta de ideas o de creatividad.

Nunca más hubo, es cierto. Pienso que todo pasó por un tema comercial. Está claro que es más fácil comprar algo afuera que hacer ficción acá. Sale muy caro. Y, que yo sepa, no existen muchas posibilidades de vender al exterior. Todos los canales hicieron de esas ficciones, pero voy a hablar solo de Canal 10. Allí hicimos Hogar, dulce hogar, y después hicimos dos temporadas de Porque te quiero así. Después vinieron un par de unitarios y después se terminó. Todo cayó en el olvido absoluto. De vez en cuando hay gente que se acuerda y me comenta, pero es como si nunca hubiesen existido. Pero bueno, sé que es caro hacerlo, que es muy complicado. El otro día me preguntaban en una entrevista si sería gerenta de programación de un canal. Y la verdad es que no, porque no sabría qué hacer. Es muy difícil estar de ese lado del mostrador. Yo paso; no me interesa ni nunca me interesó. 

¿Hoy mira televisión?

Poco. Escucho mucha radio. Prendo el televisor para mirar el informativo de Canal 10, porque me gusta mucho Blanca Rodríguez. Es creíble, es seria. Y me parece fantástico que haya encarado ella sola el informativo, que demuestre que una mujer puede hacer lo mismo que un hombre, que puede ser tan capaz o más que un hombre. Y después si está Ahora Caigo, el programa español, lo miro. El tipo que lo conduce es excelente. Es completo. A veces me despierta curiosidad Escape perfecto, pero las preguntas son tan insulsas que ni siquiera aprendo.  

Cambiando de tema, ¿cómo afrontó el rodaje de la película Alelí?

Fue genial, pasamos muy bien, pero los madrugones fueron mortales. Es muy lindo hacer cine, pero tiene su cuota de sufrimiento y rigor. Tenía que levantarme a las cinco para poder filmar de mañana con la cara despejada. Pero las esperas entre escena y escena eran muy divertidas, llena de gente joven, con buena onda. Empezando por la directora Leticia Jorge, que es una algo fuera de serie. Pasé muy bien, sacando esos madrugones, aunque también eran divertidos. Yo me daba contra las paredes y me decía “Cristina, ¿por qué te metés en esto si ya pasó la época de los sacrificios?”. Pero me encanta. No lo puedo evitar, no puedo con mi genio. 

Alelí, además fue su primer papel importante en pantalla grande.

Sí, porque en Anina (película animada del 2013) puse la voz. Y había rodado hace años Curro Jiménez, aquel éxito español que se filmó en parte acá. Después hice una especie de locura galopante que se llamaba La despedida con Diego Delgrossi, Coco Echagüe y Maxi de la Cruz. Pero el papel verdaderamente importante es este.

¿Y era una cuota pendiente?

No, porque nunca espero nada. Las cosas se dan. Vienen. Y si vienen y me satisfacen, las acepto. Lo que vino, en el caso de Alelí, me dejó muy contenta. En ese sentido, soy un bicho bastante raro. 

Y por lo que escucho, el retiro no se le pasa por la cabeza.

No, porque todo esto me da vida. Esto es lo que me nutre, lo que me da energía. Es la savia que me corre por las venas. Si me retiro, la quedo. Me viene el viejazo. Voy a seguir, como decía Luis Sandrini, hasta que el cuerpo aguante. Voluntad me sobra. Dios lo decidirá. Cuando él se avive y se dé cuenta de que sigo por acá, ahí terminará. Pero antes, no. Que lo decida él. Y si otros lo quieren decidir por él, voy a atropellar. Si alguien quiere invisibilizarme, voy a atropellar.
 

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