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20 de marzo 2023 - 5:03hs

Para llegar de Colombia a El Salvador es preciso atravesar Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras. En cambio, la vía por las redes sociales es instantánea. Así lo están demostrando por estas horas los presidentes de Colombia, Gustavo Petro, y de El Salvador, Nayib Bukele. Ambos gobiernan sociedades con altísimos grados de violencia. Colombia registra, desde los años ’40, la abismal cifra de 100.000 desaparecidos más las decenas de muertos comprobados por enfrentamientos políticos, narcotráfico, grupos paramilitares, guerrillas y violencia urbana. El Salvador convive desde los ’80 con el fenómeno de las maras, que combinan el desplazamiento hacia la violencia de grupos de jóvenes delincuentes o narcos, producto de una sociedad que se va degradando.

El izquierdista Gustavo Petro, desde antes de llegar a la Casa de Nariño, la sede presidencial, hace nueve meses, prometió avanzar en el diálogo y la pacificación en un país donde los cultivos de coca crecen de modo notable y reflejan la demanda de clorhidrato de cocaína de sociedades más opulentas que los campesinos colombianos que no tienen muchas alternativas para sustituir sus cultivos con esa planta que, laboratorio mediante, se convierte en un producto tan rentable como generador de violencias.

Nayib Bukele va a cumplir cuatro años en ejercicio de la presidencia de El Salvador y su nivel de aceptación de acuerdo a las encuestas creció notablemente, ubicándose entre los 60 y 70 puntos, a raíz de coartar los derechos básicos de las personas detenidas y por haber creado la cárcel –según sus palabras– “más grande del continente”. En efecto, las fotos de jóvenes en pantaloncitos y con el cuerpo lleno de tatuajes, encimados en posición de yoga, recorren el mundo.

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Esa megaprisión que podría albergar, según el mandatario, a 60.000 personas, en un país de apenas 6.000.000 de habitantes, mete miedo a quienes piensan en los Derechos Humanos y concita la adhesión de quienes creen en la mano dura. Hace varios meses que, en El Salvador, la Policía puede detener sin pedido de fiscales. A veces alcanza con que un muchacho esté con el torso descubierto y tenga tatuajes por todas partes para que termine preso y no pueda siquiera tener un abogado.

Hasta hace poco, los colombianos tenían a Álvaro Uribe como el líder de una derecha tan acostumbrada a manejar los asuntos públicos como a hacer la vista gorda con los paramilitares y mandar a las muy entrenadas fuerzas de seguridad y armadas a hacer raides, sea para combatir guerrilleros, sea para terminar con la vida de ambientalistas o líderes sociales.

Pero algo pasa en Colombia que, tras la asunción de Petro, el propio Uribe se reunió tres veces con su oponente de años y dicen querer dar el ejemplo del diálogo ciudadano.

Bukele sustituye a Uribe como inspiración de la derecha en Colombia. La revista Semana, editada en Bogotá y de línea editorial conservadora, puso en tapa un título fuerte: “El milagro Bukele”. El mandatario no deja ya de referenciarse a sí mismo como “instrumento de Dios”. La nota alaba al salvadoreño que llegó a los 37 años a la presidencia y dice que su propósito es ser reelecto, cosa que no permite la constitución salvadoreña. No menciona las denuncias de abusos de las organizaciones de Derechos Humanos, entre ellas Rights Human Watch, que emitió un informe fulminante sobre las detenciones arbitrarias y la situación de las prisiones en el país. Desde esa nota de tapa, cada semana Bukele gana espacio en Semana.

Ya hay referentes de la derecha colombiana que cambiaron su vínculo. Ya no es con Uribe, sino con Bukele. María Fernanda Cabal, senadora del ala más radical del uribismo, publicó en redes sociales: “Presidente Nayib Bukele, Gustavo Petro jamás construyó un colegio y menos una universidad. Lo que sí hizo fue promover centros de consumo de drogas, en vez de rehabilitar adictos”.

Si Uribe busca el diálogo, Bukele se ofrece para visitar a la derecha del país que parecería carecer de liderazgo claro en ese sector. “Creo que iré de vacaciones a Colombia”, tuiteó el salvadoreño. A Petro no le pasa inadvertido ese consenso del presidente que restringe derechos mientras él quiere ampliarlos. En un reciente acto en Bogotá, Petro dijo: “El presidente de El Salvador se siente orgulloso porque redujo la tasa de homicidios a partir, dice él, de un sometimiento de las bandas que hoy andan en esas cárceles, en mi opinión, dantescas”.

Un rato después Bukele colgó el video de la supercárcel en su perfil de Twitter con la leyenda “Los resultados pesan más que la retórica”. Pocos días después, fue el salvadoreño el que tomó la iniciativa: “No entiendo su obsesión con El Salvador. ¿No es su hijo el que hace pactos bajo la mesa y además por dinero? ¿Todo bien en casa?”. Un hijo del mandatario colombiano, Nicolás Petro, está acusado de haberse quedado con fondos destinados a la campaña presidencial del padre y, además, no se privó de gastos suntuarios de ropa y relojes caros.

Petro, siempre educado, acusó recibo: “Estimado presidente Nayib, todo bien en mi casa. Aquí existe la presunción de inocencia, principio universal. Aquí el presidente no destituye ni jueces, ni magistrados; lucha por una justicia más autónoma y fuerte. Aquí en Colombia profundizamos la democracia, no la destruimos”. Cabe destacar que el presidente no movió un dedo por desviar la investigación en curso según la prensa colombiana.

El jueves pasado, en referencia a la megacárcel y otras prisiones salvadoreñas, Petro las calificó como “campos de concentración”. Costa Rica, un país de tradición democrática a ultranza, pero que registra cada vez más fenómenos de narcotráfico y violencia urbana ya dijo que tomará el modelo salvadoreño. En efecto, el presidente Rodrigo Chaves, economista y dirigente del Partido Progreso Social Democrático, destina más fondos para efectivos de seguridad y prisiones.

Una América latina con 600 millones de habitantes, de los cuales un tercio es pobre por ingresos, es el escenario donde izquierdas otrora radicales y ahora dialoguistas disputan discursos y consensos con ultraderechistas como el ex presidente Jair Bolsonaro o el salvadoreño Nayib Bukele.

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