Para Hollywood, el Partido Republicano, esté o no en la Casa Blanca, representa el mal. Para Hollywood (como para un presidente de la región) un republicano como George W. Bush es “el diablo”.
Por el contrario, el Partido Demócrata es la fuerza política de hombres sinceros, “humanos”, “progresistas” y “liberales” (que en Estados Unidos significa ser de izquierda). Demócrata era Kennedy, con su jopo, eterna sonrisa bonachona, su injustificado y horrendo asesinato; demócrata era el joven Jimmy Carter, cuando asumió luego del escándalo de Watergate; demócrata es Bill Clinton, el saxofonista macanudo; demócrata es Barack Obama, el primer negro en llegar a la Casa Blanca.
No importa que la historia política de Estados Unidos durante el siglo XX se ocupe de enrostrarle a la industria cinematográfica que la entrada en la primera guerra mundial la produjo un demócrata (Woodrow Wilson), que la entrada en la segunda guerra mundial la dio otro demócrata (Franklin D. Roosevelt), la orden de tirar las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki la dio un nuevo presidente demócrata (Harry Truman), el desembarco masivo en Vietnam fue fruto de las decisiones de un demócrata más (Lyndon Johnson).
Si bien es cierto que en plena época reaganeana (un actor segundón salido del propio Hollywood) las pantallas se llenaron de Rambos, Chucks Norris y Steven Seagals, que masacraron todo tipo (más allá de la raza y la nacionalidad) de enemigo de la bandera de las franjas y las estrellas, Hollywood siempre, en el tuétano, fue demócrata.
El rostro más patente de esta tendencia, tanto actoral como directriz, lo representa en la actualidad George Clooney.
Haciendo reverencia a esto, la Mostra Internazionale de Venecia inaugurará su edición 2011 a finales de agosto con la última producción dirigida y protagonizada por Clooney, llamada originalmente The Ides of March (Los idus de marzo), aunque habrá que esperar a ver el título con que se estrene por estos lares.
Tomando la posta implícita que le entregó Robert Redford, Clooney ha venido construyendo una filmografía donde los temas políticos se hacen presentes. Con Buenas noches y buena suerte, Clooney dio una mirada crítica a la televisión de los años 40 y 50.
La anécdota electoral para Clooney es cosa cercana. Su padre, Nick, un ex productor de televisión, fue candidato al Congreso por el estado de Kentucky, pero la disyuntiva entre “el padre de le superestrella” y el grisáceo candidato republicano, jugó a favor de este último. El éxito inicial de la candidatura de Clooney padre se diluyó y la campaña culminó con la derrota del demócrata.
Un estado clave
Los idus de marzo, título que parafrasea la novela de Thornton Wilder, retrata el meteórico ascenso de un gobernador del estado de Ohio, protagonizado por el propio Clooney.
La elección de Ohio como contexto electoral no es casual. En 2004, en una reñidísima contienda George Bush terminó aventajando por un leve margen a John Kerry –en un especie de símil a menor escala de lo que fue Florida en 2000–, consiguiendo los votos necesarios para ser presidente. Es lo que se denomina en EEUU un swing state, un estado clave.Pero la ficción se acerca peligrosamente a la realidad.
Personalmente, Clooney se opuso a la guerra de Irak, a las políticas de la Asociación del Rifle y apoyó la campaña del entonces senador Obama en 2008. Luego de ser elegido presidente, Obama se reunió varias veces con Clooney en la Casa Blanca.
El contacto es constante y de cara a una nueva campaña que culminará en noviembre del año que viene, es esperable que el rostro de Clooney aparezca junto a carteles que recen “¡Reelección!”.
Un poco de revisionismo
En El candidato, película estrenada en el electoral año 1972 –cuando Richard Nixon consiguiera su reelección–, Robert Redford es un candadito a senador por el estado de California. El filme muestra cómo se construye un candidato casi desde la nada.
El discurso “liberal” de Red-ford va mutando a medida que la campaña avanza. El cambio en sus concepciones utópicas iniciales logra su triunfo en las urnas y su ansiado sillón en Washington.
Durante la grabación de un spot publicitario, el personaje de Redford está dando cifras de pobreza en un condado y se tienta por algún motivo. Debe cortar sucesivas veces la filmación, porque la risa acomete una y otra vez la cara del candidato, a pesar de la seriedad y la gravedad de las situaciones humanas detrás de esos números que recita como una máquina. El candidato demostró dar un paso más allá de las posturas políticamente correctas.
Es que supo desnudar con dureza la carne del sistema democrático más taquillero del mundo, por lo que el filme sigue siendo hoy, con 40 años, un testimonio vigente.