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De Corrales a Tranqueras, la historia de una canción

Un amor, muchos viajes y una visita que hoy es una parada obligada en Rivera

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10 de febrero de 2020 a las 05:00

Por Guillermo Pellegrino

 

El sol merodea las copas de los árboles y se acerca al horizonte para beber, como todos los días, su vino final. El intenso calor empieza a ceder. Los tranquerenses, poco a poco, ganan la calle y se sorprenden con el motorhome estacionado a metros de la alcaldía, en la plaza principal. Dentro están Adriana y José, dos argentinos que convirtieron un viejo ómnibus en su casa. En Lequetán (“El tanque” al revés, así lo llaman) viven hace más de una década, rodando por Latinoamérica. Testimonio de ello es el mural de fotos al frente -con todos estos años de gente-, otro imán para los transeúntes. La pareja, de La Plata, amantes de Uruguay y sus creadores, llegó a esta ciudad de Rivera atraída por lo que cuenta De Corrales a Tranqueras, la bellísima milonga compuesta por Osiris Rodríguez Castillos. 
 
De Corrales a Tranqueras,
cuántas leguas quedarán...
Dicen que son once leguas:
¡nunca las pude contar!
 

En ambas localidades del norte aseguran que los visitantes constantemente preguntan por la canción: quieren saber cuánto hay de leyenda, cuánto de realidad; quieren conocer los cerros chatos, el camino. Por esto, en Corrales hoy hay varios actores (en la alcaldía, en el hotel Artigas, en radio Real) con la intención de crear un recorrido, marcando algunos puntos referenciales del relato. Tienen buena relación con sus vecinos de Tranqueras y están convencidos de que se sumarán. De hecho en 2014, cuando Tranqueras cumplió 100 años, trabajaron en conjunto y organizaron, a caballo y en bicicleta, la primera marcha “De Corrales a Tranqueras”. 

El principal protagonista de esta historia se llamaba Celier Gutiérrez, un joven que trabajaba como telegrafista en Minas de Corrales. Cada domingo, Celier montaba bien temprano en su bicicleta Augustea y pedaleaba unos 50 kilómetros hasta la vecina ciudad de Tranqueras. Llegaba antes del mediodía, para almorzar en casa de los padres de su novia, Llusara Soto, a quien había conocido en 1955. 
 
Las hice con agua y viento,
escarcha de luna y sol,
pero entonces no contaba
¡porque iba rumbo al amor!

 
Con su reconocida estatura poética, Osiris pinta el panorama que en invierno veía el novio mientras desandaba leguas en su birodado. La tierra roja, típica de esta zona, simbolizada por el sol; y la helada al costado del camino, representada por la luna.
Entre uno y otro domingo, le enviaba un telegrama diario a la muchacha. Durante los tres años de su noviazgo faltó a la cita semanal nada más que dos veces, en las que tuvo que viajar a Tacuarembó para presentarse en radio Zorrilla de San Martín, porque también tenía su corazoncito cantor.
 
Entonces, todo era canto:
agua, tierra, viento y sol;
entonces todo cantaba
porque iba cantando yo

 
En algún punto intermedio de ese amor puro -que tal como lo plantean las dos anteriores cuartetas llevan a que todo lo que rodea al enamorado se tiña de tonalidades vivas-, Osiris llegó hasta Minas de Corrales para visitar a su hermano Horus, entonces administrador del hospital local. Mientras charlaba con él, vio pasar a un muchacho en bicicleta que despertó su curiosidad. Su hermano le contó la historia del noviazgo entre Corrales y Tranqueras, y luego se lo presentó. Osiris y Celier hablaron unos pocos minutos, pero al poeta le bastaron para empezar a escribir, mentalmente, unos versos. “Voy a hacer una canción con tu historia; pero como no existen las bicicletas en la poesía, te voy a poner a caballo”, le dijo. Y cumplió. 
 
Mi flete era parejero
mis años de domador
y los caminos… cortitos
¡pa’l trote del corazón!

 
Llusara contó en varias ocasiones que se emocionaron mucho cuando la escucharon por primera vez y que después de eso, cada fin de año, Osiris les mandaba una tarjeta de saludo y, en su momento, también el disco con la canción grabada, en la que describe el paisaje con lirismo. 
 
¡Vigilante! ¡Miriñaque!
cerros de mi soledad
repechaos por mis cantares,
sombra de toro y chilcal.

 
La pareja tuvo siete hijos y un matrimonio que se prolongó durante 25 años, vividos entre Minas de Corrales y Rivera, hasta la repentina partida de Celier, en 1983. Llusara recién fue a su encuentro en 2016.  Pero esa es otra historia. Una bella historia de amor que claramente trascendió aquel camino que los unió para siempre.   

 

Zitarrosa y la palabra cambiada
De Corrales a Tranqueras generó también un episodio de tensión entre Osiris y Alfredo Zitarrosa. Para Osiris, Zitarrosa no había dado con la cadencia de la canción, le parecía que “cabalgaba” de más, recordó Enrique Estrázulas, amigo de ambos. Pero lo que más le molestó fue el cambio de una palabra. En las cuartetas originales se lee (y escucha): “Camino de mis recuerdos! / tierra roja y pedregal, / bordeao de cerros parejos / que se empinan al pasar”. Zitarrosa convirtió la última línea en “que se ‘inclinan’ al pasar”; y así, de acuerdo a la evocación de Estrázulas, metió su dedo en la llaga siempre abierta del rigor de Osiris. “Esos cerros no se inclinan, ¡se empinan!”, le explicó. “Esos cerros son orgullosos”. 

 

Una confusión
Un adolescente se acercó al escritor que daba una charla en Rocha sobre la canción uruguaya de raíz folclórica. “Yo de niño pensaba que esa milonga se refería a un estanciero millonario”, le dijo. “¿¡A un estanciero millonario!? ¿Por qué?”, recibió como respuesta.  “Creía que hablaba de los corrales de los animales y la tranquera de la estancia, entonces me decía: si entre ambos hay 11 leguas (más de 50 kilómetros) este tipo debe ser unos de los más ricos del Uruguay”. Al poeta Lucio Muniz, admirador de la obra de Osiris y partícipe de la breve charla, un esbozo de sonrisa se le dibujó en su cara. Hasta su partida, en abril de 2017, recordó aquella graciosa anécdota. 
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