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De no poder escuchar a llevar la bandera: la historia de Morena

Cuando era bebé fue tratada por meningitis y el uso de un antibiótico le hizo perder la audición

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24 de diciembre de 2018 a las 05:03

Era una bebé tranquila pero, de un día para el otro, Morena comenzó a darse contra las paredes. “Mi madre venía a tomar mate a casa y la llamaba por la ventana, pero ella no reaccionaba”. Así recordó Andrea Gil los primeros momentos en los que empezó a sospechar que algo extraño estaba pasando con su hija. 

Morena Da Silva tiene 11 años y es la tercera de cuatro hermanos. Vive en Las Piedras con su familia y asiste a la escuela N° 158 de tiempo completo en Montevideo. Le gusta la gimnasia artística, hacer manualidades y estudiar inglés como a tantos otros niños. Pero detrás de su pelo enrulado y sus ojos marrones se oculta una historia que cambió su vida y la de su familia para siempre. 

Cuando tenía 8 meses Morena fue tratada por meningitis con dos antibióticos: gentamicina y ampicilina. Estuvo internada en aislamiento por 12 días y allí le hicieron tres punciones en la columna. Aumentó dos kilos y creció 3 centímetros. Uno de los medicamentos, la gentamicina, le provocó paulatinamente la pérdida de audición. En la actualidad, Morena es una de los más de 300 uruguayos que cuentan con un implante coclear.

“Un día fuimos al cumpleaños de un primo que tiene la misma edad que ella. Él estaba durmiendo y cuando se despertó la hermana le gritó: ‘¡Alan!’ y él la miró. Ahí me quedé pensando que Morena no hacía eso”. Esta situación fue el detonante para que Gil decidiera hablar con su marido sobre la necesidad de hacer una consulta médica. 
 
Tras algunos estudios el pediatra que la atendió comprobó que Morena no reaccionaba al sonido. Tres meses más tarde los médicos le realizaron una prueba auditiva y confirmaron que Morena había perdido por completo la audición en ambos oídos. “Creí que el mundo se me caía abajo”.

“El otorrino de acá nos habló de implantes cocleares, nosotros no teníamos ni idea de lo que era”. Desde ese momento comenzaron los estudios para saber si la niña estaba apta para la operación. En este proceso los resultados revelaron un dato que la familia no esperaba: Morena nunca tuvo meningitis, y hasta el día de hoy no saben qué fue lo que le pasó. 
 
Cuando Morena tenía 1 año y 8 meses se realizó la operación. La intervención fue financiada por su sociedad médica y el dispositivo por el Fondo Nacional de Recursos (FNR). Al principio, según cuenta Gil, la niña rechazó el implante y hasta “lo llegó a romper”. Pasaron quince días esperando la llegada de un nuevo implante al que finalmente pudo adaptarse.

Pero no todos los niños tienen la suerte de Morena. En el año 1991 se fundó en Uruguay el Programa de Implantes Cocleares (PIC). Desde el año 1998, el FNR financia el dispositivo del implante, que tiene un costo de US$ 19.000, a los niños menores de siete años. Además cubre la calibración del implante y las baterías hasta que cumplen los 21 años. Los niños mayores de siete años no pueden acceder a este beneficio, lo que ha dado lugar a juicios por recursos de amparo para reclamarlo.

Por otro lado, también pueden acceder al dispositivo los adultos que son trabajadores activos a través del Banco de Previsión Social (BPS). La población desocupada y los jubilados quedan por fuera de este beneficio.

El costo de la cirugía, que es de US$ 10.000, debería ser cubierto por las mutualistas, pero no todas lo hacen. Algunas manifiestan que no les corresponde y que el FNR debe hacerse cargo de esto, aunque la reglamentación explique que es un servicio que deben brindar los prestadores.

Todos los candidatos a recibir el implante coclear son evaluados. Es muy importante el acompañamiento que la familia realiza para que el paciente cumpla con la rehabilitación, por lo tanto no demostrar esto es excluyente. 
 

“La llevaba a la Clínica Cipres dos veces por semana porque en Las Piedras no había ningún fonoaudiólogo especialista en implantes cocleares”, recordó su madre. Cipres es un centro de re-educación auditiva que forma parte del PIC.

A los cinco años Morena dejó de asistir a Cipres y comenzó a ir a Centro Caminos, un lugar de rehabilitación y re-educación psicopedagógico que le abrió las puertas en su ciudad. Allí asiste dos veces por semana hasta la actualidad. 

Gil decidió mandar a su hija a una escuela rural porque creyó que cuanto menos niños hubiese en su clase, sería mejor para su aprendizaje. Así fue que la niña comenzó a asistir a la escuela N° 158 de tiempo completo de Montevideo. “Ella es una más. Con sus compañeros se conocen hace 8 años, ya son como hermanos”.

Este año Morena fue elegida como primera escolta de la bandera de los Treinta y Tres Orientales. “Ella me ha demostrado que no hay imposibles”, dijo la mamá con orgullo. “Cada maestra que ha tenido resaltó su fuerza de voluntad para aprender y no rendirse”, agregó.

 

A pesar de las dificultades, su mamá está feliz por el camino que han recorrido juntas. Aunque muchos le han dicho que se viene “la etapa más difícil” con la adolescencia, Gil confía en que su hija podrá afrontarla con entusiasmo y alegría con el apoyo de quienes la quieren. “Porque no se trata solo del implante. Es el implante y la familia”.


 

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