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Debates políticos y destellos del genio nacional

El plebiscito de 1980 y otros duelos verbales memorables

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27 de septiembre de 2019 a las 10:19

En la noche del 14 de noviembre de 1980 centenares de miles de uruguayos presenciaron un debate extraordinario.

El coronel y abogado Néstor Bolentini, portavoz del gobierno dictatorial, y el abogado Enrique Viana Reyes, un colaborador civil del régimen e integrante del Consejo de Estado, defendían en Canal 4 el proyecto de Constitución que se plebiscitaría dos semanas después.

En cierto momento se mencionó la posibilidad de un divorcio entre las Fuerzas Armadas y la población civil. Uno de los críticos del proyecto en ese debate, el blanco Eduardo Pons Etcheverry, quien lucía nervioso y fumaba un cigarrillo tras otro, comentó: “[En un régimen autoritario] no va a haber nunca un divorcio entre las Fuerzas Armadas y los civiles porque siempre hay civiles que aceptan la supremacía. O sea, recordando la pieza de teatro de Ionesco, siempre hay rinocerontes”.

Pons Etcheverry —quien llegó tarde al debate por haber estado de juerga en la noche en el Jockey Club— se refería a la obra teatral “Rinocerontes” de Eugène Ionesco, una alegoría ubicada en tiempos del nazismo en la cual los personajes se transformaban en rinocerontes a medida que aceptaban el totalitarismo.

El coronel Bolentini, sorprendido, le dijo: “Me resisto a admitir el calificativo de ‘rinoceronte’ para todos los civiles que han entendido que su función patriótica era colaborar con las Fuerzas Armadas”.

Mientras Viana Reyes parecía resignado, Enrique Tarigo —aliado de Pons Etcheverry en ese duelo— comentó, con una sonrisa maledicente: “Si los políticos son corruptos [como afirmaban reiteradamente los voceros del régimen], los colaboradores pueden ser rinocerontes, coronel, no hay que enojarse por eso”.

Ese debate, a la vez frontal y tan alto, visto en blanco y negro en medio de una nube de humo de tabaco, hizo temblar las columnas del Cielo. Por primera vez desde 1973 el gran público, habituado a la voz monopólica del régimen, comenzó a comprobar que el dique tenía grietas y podía caer.

Pons Etcheverry, de 65 años, era abogado, empresario que presidió el Banco Comercial y político del Partido Nacional de larga trayectoria, incluso como ministro de Instrucción Pública: un “dotor” entre pituco y mundano, criado en las luchas internas contra el caudillo Luis Alberto de Herrera. También presidió el Club Nacional de Football entre 1964 y 1968, inmediatamente antes del largo ciclo de Miguel Restuccia.

Enrique Tarigo, un abogado, periodista y docente universitario de 53 años, afín al Partido Colorado, se había hecho célebre ese año por su audaz opinión opositora a través de la revista Noticias, que dirigía Danilo Arbilla.

Ocho días antes Tarigo había iniciado su propia publicación: el semanario Opinar. Ese hombre valiente y malhumorado, fumador empedernido, que conducía un VW escarabajo, vestía trajes anticuados y era fanático del Club Nacional de Football, sería vicepresidente de la República a partir de 1985.

En ese fantástico debate —una minúscula ventana abierta en la antesala del plebiscito— Pons y Tarigo tomaron la representación de viejos partidos y líderes que estaban proscritos o en el exilio.

Los voceros de la dictadura agitaban el miedo a un regreso al caos sindical, a la violencia guerrillera, “al comunismo internacional” y a los “políticos corruptos”. Uno de los argumentos de la reforma era que la nueva Constitución incluía una tutela militar para impedirlo.

El abogado nacionalista Gonzalo Aguirre, quien cumplió un papel destacado en el proceso de apertura y fue vicepresidente de la República entre 1990 y 1995, contó años después del debate que por su partido habría de concurrir Fernando Oliú, pero los militares lo vetaron. Entonces el historiador Juan "Pivel Devoto nos convenció de que, dada la personalidad de Pons, su inteligencia y su condición de insospechable en cuanto a debilidades con la izquierda o el comunismo, era una imagen que iba a resultar categórica para algunos sectores de la población”.

Precisamente en ese clavo ardiente, en tiempos de “Guerra Fría”, pegó Tarigo cuando dijo en el debate: “Esta Constitución [se parece] a la de los países comunistas, porque establece lo que ellos llaman ‘centralización del poder’, o ‘centralismo democrático’. [...] Y tiene ese concepto de seguridad que tiene la Constitución de la Unión Soviética. [...] Yo diría más. Si yo fuera comunista, yo votaría por esta Constitución […]. Esta es una Constitución totalitaria, esta es una Constitución apta o para un partido fascista, o para un partido comunista”.

Luego de las habituales referencias de Bolentini a la rápida victoria de las Fuerzas Armadas contra la guerrilla urbana, Pons retrucó: “Los felicito pero no les agradezco, pues es su obligación. ¿Para qué están? No habían visto una bala desde 1904. Pasaron generaciones de militares, ¡y siempre en el presupuesto!”.

Hasta Tarigo lo miraba con asombro: pocos se habían atrevido a tanto. Pons parecía el Negro Jefe en Maracaná con la pelota bajo el brazo, rememoró años después Hugo Alfaro en el semanario Brecha.

Lincoln Maiztegui cuenta en su serie “Orientales”: “Cuando finalizó el debate, uno de los policías que actuaba como guardaespaldas de Bolentini, se acercó a Tarigo, y éste pensó que venía a detenerlo, máxime cuando lo tomó del brazo; en vez de eso, le murmuró al oído: ‘Doctor, no se preocupe, que les dieron un pesto’. ‘Entonces, yo me dije —recordaría mucho más tarde Tarigo—: Pero escuchame, si hasta los tiras están en contra de esto, tenemos que ganar’”.

A pesar del miedo, el 30 de noviembre de 1980 el proyecto fue rechazado por 57,2% de los votos válidos contra 42,8%. El plebiscito de 1980 fue un auténtico gozne sobre el que giró la historia, y una página de gloria para la mayor parte de los orientales.

El debate internacional más reconocido y clásico, el primero televisado de la historia, lo cumplieron el 26 de setiembre de 1960 dos aspirantes a la Presidencia de Estados Unidos: el republicano Richard Nixon y el demócrata John F. Kennedy.

Suele afirmarse que Nixon, pálido y feo, con su cara de galleta, habría perdido la elección en ese debate, ante un Kennedy joven, rico y héroe de guerra, quien daba inicio a una leyenda tan glamorosa como Camelot. Pero bien puede ser una interpretación ex post facto: con el diario del lunes.

Kennedy sería asesinado tres años después. Nixon finalmente ganó las presidenciales de 1968 y 1972, aunque debió renunciar en 1974 tras el escándalo Watergate para evitar su destitución por juicio político.

Entre los debates más significativos en Uruguay se cuenta el muy picante del 3 de diciembre de 1986 en Canal 10 entre el colorado Antonio Marchesano, el frenteamplista Líber Seregni y el blanco Wilson Ferreira Aldunate, sobre la inminente ley de Caducidad. Otro, muy duro en los conceptos, lo libraron Julio María Sanguinetti y Tabaré Vázquez el 8 de noviembre de 1994, en vísperas electorales; seguido el 22 por un amable intercambio entre Vázquez y el blanco Juan Andrés Ramírez. El pasado 13 de junio, antes de las elecciones internas, el colorado Ernesto Talvi y el comunista Óscar Andrade intercambiaron puntos de vista en Canal 4: un pacto de mutua conveniencia entre dos candidatos que no competían entre sí, con electorados muy diferentes, pero necesitados de difusión.

Una nueva ley obliga ahora a debatir públicamente a los dos candidatos que lleguen a un balotaje o segunda vuelta.

Pero antes, este martes 1º de octubre, debatirán Daniel Martínez, del Frente Amplio, y Luis Lacalle Pou, del Partido Nacional, los dos candidatos que encabezan las encuestas para la primera ronda del 27 de octubre, o elecciones parlamentarias. El colorado Ernesto Talvi intenta romper esa polarización, que lo deja fuera de juego, y sostiene que esta competencia es un ménage à trois.

No es para nada cierto que un debate público incida decisivamente en esta elección, que ciertamente es muy pareja. Pero será mejor que nada.

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