Se sientan en la vereda y apoyan la espalda y la angustia sobre la pared del Teatro Solís. Se paran, caminan, hablan por teléfono, vuelven a sentarse. Lloran, putean, esperan en silencio el fallo del juez. Desean que su amigo, su hermano, su hijo o su esposa logre zafar. Pero a veces la esperanza se derrite cuando ven salir por el portón una camioneta y descubren adentro, con las manos atrás y la mirada triste, al ser querido. Entonces, el mundo se cae a pedazos.
Delincuentes tendrán su "hinchada" en las audiencias judiciales
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