2 de marzo 2020 - 5:01hs

El 1° de marzo, como en cualquier evento político, nos ofreció un conjunto de símbolos cargados de significación. Hubo palabras y gestos, razones y emociones. Notamos presencias y ausencias, de palabras y personas. Repasemos rápidamente algunos de estos símbolos.

El himno. Todos los que vivimos los tiempos de la dictadura sabemos hasta qué punto nuestra identidad como pueblo tiene que ver con el “tiranos temblad” del himno nacional. Ese momento, previo al discurso, contribuyó a dar el tono a lo que vendría inmediatamente después.

Tributo democrático. Las primeras palabras de Luis Lacalle Pou en su discurso fueron un tributo elocuente a la tradición democrática del país. Los uruguayos hemos vuelvo a sentirnos orgullosos de nuestra democracia, y a reconocerla como una dimensión esencial de nuestra identidad como pueblo. El presidente lo subrayó. Su decisión de no invitar a las autoridades de Venezuela, Cuba y Nicaragua, que levantó por buenas razones tanta polémica, es consistente con esto.

La democracia como construcción plural. Lacalle Pou no solamente reivindicó la tradición democrática. Agregó que la democracia es una construcción colectiva. Este punto es tan importante como el primero y debe ser subrayado. El corolario de esta definición tiene una importancia de primer orden: el cuidado de la democracia es tarea de todos.

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La política como servicio y representación. Lacalle Pou también fue muy elocuente al hablar de su visión de la actividad política. Fue enfático al decir que la política es un servicio. Insistir en esto nunca está de más cuando con tanta frecuencia se cree, dentro y fuera de los partidos, que la política es como “House of Cards” y que los líderes son como Frank Underwood.

Las promesas como contratos. El presidente también insistió en que las promesas electorales son un contrato entre representantes y representados. Otro aspecto que se suele olvidar. Es demasiado difícil para los electores creer en la magia de la representación. Si un gobernante no tiene más remedio que apartarse de sus promesas debe pedir perdón de rodillas ante el soberano.

Gobernar para todos. Fue, para mi gusto, un punto alto del discurso. Lacalle Pou desarrolló muy bien un punto realmente muy importante. Dijo, otra vez, que no quiere que la mitad del país venga a desplazar a la otra mitad. Otra vez, se llevó aplausos al pronunciar el verbo “unir”. Dijo querer articular intereses contrapuestos. Desde luego, no es fácil concretar esta aspiración. Pero es muy importante que haya insistido en este punto en su discurso.

Las ideas-fuerza. Una vez más, como durante todo el 2019, Lacalle Pou insistió en las propuestas de las que quiere “hacerse cargo”. No tenía sentido que repasara todo el extenso programa de la “coalición multicolor”. Por eso, aparecieron los énfasis que tendrá el gobierno: la recuperación del crecimiento económico, el combate al crimen, la reforma educativa, la vivienda popular, las relaciones internacionales (defensa y, al mismo tiempo, flexibilización del Mercosur), y las políticas de protección del medio ambiente.

La libertad. Fue un discurso blanco, bien blanco. Aunque dejó aflorar su sensibilidad social (por ejemplo, al hablar de los asentamientos, una de sus obsesiones), no pronunció la palabra igualdad. Los partidos uruguayos tienen tradiciones ideológicas estables y distinguibles. La tradición nacionalista, como la colorada o la frenteamplista, cambio con el tiempo. Pero sigue teniendo rasgos que la distingue de las otras. Lacalle, fiel a su tradición, habló todo el tiempo de libertad. Incluso cuando hizo referencia a las desigualdades, las volcó en el molde conceptual de la defensa de la libertad, un valor supremo para los blancos, desde siempre. La presencia de los gauchos a caballo contribuyó a que se sintiera que la tradición blanca, pese a sus años, está viva.

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El abrazo. Durante el discurso, por tanto, se comunicaron conceptos muy importantes. Pero para mi gusto el mejor momento, el más impactante y valioso desde el punto de vista de los desafíos que se nos vienen en términos de calidad democrática, fue el encuentro entre los dos presidentes, el entrante y el saliente. Cuando estuvieron frente a frente, en la Plaza Independencia, Tabaré Vázquez abrió los brazos. Lacalle Pou se dejó abrazar. Ambos subieron y bajaron del estrado del brazo, apoyándose uno en el otro. Vázquez le puso la banda presidencial hasta con cariño. Lacalle Pou se lo agradeció públicamente.

La democracia es eso. No es solamente competencia por los cargos y disputas ideológicas. La democracia es encuentro, brazo tendido, apoyo mutuo. La competencia vivifica a la democracia. Pero será imprescindible que la “coalición multicolor” y el Frente Amplio encuentren la forma de tener un diálogo constructivo. No depende solamente de uno de ellos. Depende de los dos. La mayor responsabilidad, siempre, la tiene el gobierno. Y como el propio Lacalle Pou afirmó sobre el final, recae en el propio presidente.

Adolfo Garcé es doctor en Ciencia Política, Docente e Investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR

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